A pesar de la tregua verbal por el azote del huracán Irma, las reiteradas amenazas y ejercicios militares que enfrentan a Estados Unidos y Corea del Norte no cesan. Trump no hace más que seguir la línea histórica de confrontación de la política exterior norteamericana hacia el régimen de las tres generaciones de líderes norcoreanos (Kim Il Sung, Jong-il y Jong-un) que conocemos desde la creación del país que acaba de cumplir 69 años y reafirma su “derecho” a convertirse en potencia nuclear “invencible”, al anunciarlo durante los actos conmemorativos. La última prueba, la sexta y esta vez termonuclear con una bomba de 160 kilotones (10 veces más poderosa que la de Hiroshima), es muestra acabada de ello.


 
Se trata, sin dudas, de una confrontación bastante desigual si observamos las capacidades militares de ambos países y sus gastos militares. Es decir, si fuera un enfrentamiento uno contra uno. Pero claramente no es así, ya que China no permitirá que Estados Unidos se salga con la suya, de la misma manera que -salvando las diferencias entre un conflicto y otro- Rusia lo viene haciendo en Siria frente al interés norteamericano de derrocar a Bashar al-Ásad y colocar un delfín de Washington en un nuevo gobierno “democrático”.
 
El objetivo de Corea del Norte es claro: convertirse en miembro selecto del club nuclear-aunque no le den la membrecía- y evitar así ser el próximo Irak, o Afganistán, Libia o mismo Siria. Hoy más que nunca, se ve en el blanco de la política exterior norteamericana, tanto por su plan nuclear como debido a la disputa por la hegemonía entre Estados Unidos y China, más intensa que nunca.
 
El gigante asiático sigue siendo el principal sostén económico de Corea del Norte, y las amenazas de Trump de sancionar a países que comercien con Pyongyang choca directo contra los intereses de Beijing. Y si bien tanto China como Rusia o los BRICS en su conjunto han condenado la nueva prueba nuclear norcoreana, niegan de manera rotunda una solución militar al conflicto y llaman a resolverlo de manera diplomática y reclaman también a Occidente bajar la tensión en sus acciones y ejercicios militares.
 
Tampoco Estados Unidos desea una solución militar, siempre y cuando la tensión se mantenga para seguir sosteniendo un elevadísimo gasto militar y su presencia en el Asia-Pacífico, por donde transita el 40% del comercio mundial y hacia donde se viene traspasando el centro del poder mundial o, mejor dicho, donde está regresando después de unos siglos. Bien conocidas son las bases militares que Estados Unidos tiene apostadas en la región, sumadas las dos nuevas bases que este año el Departamento de Defensa norteamericano anunció construirá en Corea del Sur, con una inversión de más de 130 millones de dólares para “defender a nuestro pueblo y aliados”.
 
Informes de especialistas estiman que Corea del Norte ya tendría entre 15 o 20 bombas nucleares, y se habría convertido así en potencia nuclear. Las últimas sanciones impuestas, a principios de agosto, le significaron al régimen una pérdida de mil millones de dólares, cifra comparada, vale mencionar, al perjuicio que significa para la Argentina la interrupción del ingreso de biodiesel a suelo norteamericano. Mientras China sostenga el comercio con Pyongyang, nada cambiará.
 
Por estos días, Trump insiste con nuevas sanciones, aunque ya Putin señaló que ese camino no lleva a ningún lado, y que "los norcoreanos están dispuestos a comer hierba antes que sacrificar su plan nuclear".
 
Podríamos preguntar en Cuba o Venezuela, si las sanciones, bloqueos y diversos boicots han logrado derrocar a los gobiernos o hacerlos tomar un rumbo más afín a los intereses de Washington. Claramente, no.
 
A fin de cuentas, nadie quiere realmente que estalle una guerra en la Península coreana. Salvo que Estados Unidos patee el tablero y haga volar todos por los aires para intentar mantenerse en primer lugar del poder mundial y desnaturalice la transición de esa cumbre del podio hacia China. Creo que eso, ni con Trump en el poder, sucederá. Y si es así, que dios nos ampare a todos.
 
Otra opción es que comprobada la capacidad nuclear de Corea del Norte, Estados Unidos vuelva a colocar arsenal del mismo tipo en Corea del Sur, como lo hizo durante la Guerra Fría y lo había retirado en los '90.
 
China, en tanto, apuesta a la “suspensión por suspensión”. Estaría dispuesto a presionar más a Kim Jong-un para interrumpir las pruebas nucleares, mientras que Estados Unidos detenga sus ejercicios militares que amenacen a Norcorea. Asimismo, ya estaría probado que el escudo antimisiles THAAD tiene alcance hasta territorio chino, algo que preocupa bastante a Beijing.
 
Por el momento, no parece vaya a desencadenarse una confrontación directa, lo único que avanza es el plan nuclear de Pyongyang.
 
Por otro lado, Estados Unidos y China son socios y a la vez competidores, y desde el entorno de Trump han dicho textualmente: “Estamos en guerra comercial con China”. Desde el gobierno de Obama y desde antes también, se advertía sobre los peligros del gigante asiático para la hegemonía norteamericana.
 
El temor –y quizá certeza- de Estados Unidos a perder el podio en manos en Beijing fortalece la posición de Kim Jong-un y lo envalentona. La pregunta es ¿dará alguno el paso en falso que podría reiniciar el conflicto suspendido en 1953? Las consecuencias serían catastróficas y todo parece indicar que no. Siempre se espera que finalmente predomine la cordura y responsabilidad, pero el posmoderno e incierto mundo actual no ha dejado de sorprendernos en los últimos decenios, así que todo puede ser posible.