La mano que arrancó el cartel con la cara de Maldonado, que estaba pegado con cinta adhesiva en el poste de luz.

La voz que gritó a un grupo de chicos de 15 años que iba caminando a la marcha del viernes en la Plaza de Mayo, “¿No tienen otra cosa que hacer?”.

El comentario en el subte: “En Estados Unidos, la policía tampoco usa uniforme a veces, no viste la serie esa, ¿cómo se llama la serie?, la del pibe ese, que en la otra serie es el hijo del marine que estuvo en Vietnam…”.

Somos los padres del próximo “yo nunca me enteré de nada, che”. Sucederá dentro de varios setiembres y será tal como Pablo Neruda decía de la primavera: inexorable.

Si en el principio fue el verbo, el Poder (que es Dios y por eso también tiene a sus fanáticos profetas que redactan a diario su Biblia) construye su libreto con solidez semántica: la guerrilla parió al guerrillero, el guerrillero fue un extremista, el extremista se jodió por meterse donde no lo llamaban y el errorismo de Estado admite ahora un exceso. La película es vieja y sabemos cómo termina.

Pero hay una novedad. Una hermosa novedad, una novedad llena de luz en medio de la podredumbre y de la negrura interminable. Que se sepa: el periodismo autogestionado y comunitario torció la agenda oficial y hegemónica. El trabajo profesional y comprometido de cientos de trabajadores de prensa instaló, sostuvo y sostiene el caso de Santiago, a contramano de los intereses y estrategias del Gobierno y sus aliados mediáticos.

Ustedes (cito de memoria), amigos de Infonews, de Tiempo Argentino, de La Vaca, de la revista Cítrica, de los sitios web de Nuestras Voces, de la Garganta Poderosa, de Socompa; ustedes golpéense el pecho, díganlo fuerte sin vergüenza ni modestia, relaten el tremendo piñazo que le asestaron al campeón. Y si les incomoda el auto elogio, déjenme a mí: cada una de sus palabras y fotos fue un golpe a la tecla de aquella máquina de escribir que quedó en San Vicente y en la memoria de los periodistas honestos.

Walsh sabía que su carta no sería publicada en ninguno de los emporios comunicacionales bendecidos por la Dictadura. Pero la escribió igual. Y salió a repartirla en el doble fondo de su maletín. Allí están ustedes, martillando la pared.

Se los admira, colegas. Pienso en el tesorero de la cooperativa, discutiendo en asamblea cuánta plata destinar a la cobertura en el sur. Imagino que el pasaje y la estadía saldrán de la misma cajita de la que a fin de mes ustedes repartirán sus retiros. Pienso en los periodistas que redoblan las horas en la redacción, que vuelven a casa y siguen llamando desde su celular al contacto que les dirá, como les dijo, que sí había testigos, que había un Unimog, que había un desaparecido.

Dejemos, por un rato, la enumeración de miserables. Pero sepamos que preguntamos hoy #DondeEstaSantiagoMaldonado con los datos, elementos y pruebas de ese colectivo de trabajadores. Hay que fortalecerlos, pues. Hay que asociarse, hay que aportar, hay que comprar las publicaciones. Estamos a tiempo de saber, enterarnos también depende de nosotros.