El presidente Macri está en apuros. Se apuró, apenas asumió, en quitarle las retenciones al campo y en derogar puntos clave de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Hoy la prensa oficial destaca el carácter equitativo de la reforma impositiva porque se araña unos puntitos a la timba del LEBAC y las operaciones en dólares. Olvidan la transferencia de ingresos al sector rural, que acaba de estrenar CEO en el ministerio. Se calculó (a julio de 2016) en $ 128.000 millones. Apurado también se lo vio al ministro de Economía, que aclaró que el impuesto a las Ganancias no se toca.



“Ya le mostré todo a Lilita”, dijo el jefe de Estado el mismo domingo en que estalló el caso de los Panamá Papers. Se apuró luego Marcos Peña en negar la existencia de las cuentas y los vínculos del mandatario con el escándalo. Parece la prehistoria. Los hechos y las pruebas lo desmentirían, pero estamos en épocas de la post verdad y, habrá que asumirlo, de la post justicia. Por las dudas, en trámite exprés se exculparía luego a Gustavo Arribas de lo que más pruebas y dichos de testigos habían señalado. La propia situación procesal del primer mandatario, incómoda y embarazosa, había sido resuelta de apuro en Tribunales apenas se calzó la banda celeste y blanca. Se habían apurado en la Casa Rosada para decretar la asunción de dos miembros de la Corte Suprema. Cuando vieron que no hacía falta el desatino legal, esperaron. Finalmente cumplieron.Hoy violan a la señora de ojos vendados y disfrazan el abuso bajo el amor a la República.

Días previos a las elecciones legislativas, el coloquio de IDEA apuró al Gobierno. “Hay que acelerar”, ordenaron. Y les hicieron caso. Apuraron la suba de combustibles, decidida por otro de los CEOs, porque para muestra basta un botón. Y en pocos días lanzaron la “reforma permanente” con la consigna de que todos tenemos que poner el hombro para pasar el invierno. Los cambios en el sistema laboral son un atentado a la dignidad del trabajador.

Facilitan con las pasantías la precarización y la multitarea; inauguran el “banco de horas”, para que el préstamo sea el del obrero y la ganancia, del empleador; modifican el cálculo de la indemnización para reducirla entre un 25 y un 50% y, por si acaso, lanzan el “Plan Raje”, para que uno mismo se pague su propio despido. Se habían apurado en tildar de “mafiosos” a los abogados laboralistas, como para que la carrera no tenga obstáculos. La CGT, en ruinoso papel, solo se muestra preocupada en conservar sus privilegios, no los de sus representados.

Apenas conocido el veredicto de las urnas, regresaron al negacionismo, insistieron con el “curro” de los Derechos Humanos ante la CIDH, instalaron la revisión de juicios por delitos de lesa humanidad y la prisión domiciliaria para los pobres ancianos condenados. Se habían apurado en negar la existencia de Santiago Maldonado, se apuraron en mostrarlo en Entre Ríos, se apuraron el acusarlo de matar a un puestero, se apuraron en ubicarlo en Chile, se apuraron para mostrarlo “sacrificado” por la causa mapuche, se apuró el juez en aclarar –a 24 horas de los comicios- que el cuerpo no tenía lesiones. El apuro es la manifestación más evidente de lo que esconden. Tres meses después, queremos saber qué pasó con el (des) aparecido.

Habrá que responder con apuro al apuro. A la calle, antes de que nos manden ellos. No es el cuentito del lobo, la jauría tiene hambre. Llegó el tiempo de mostrar los dientes.