Por Sabrina Cartabia y Natalia Garavano

Esta semana el Club Atlético Boca Jrs. tomó una medida que sorprendió tanto a las porristas del Club como a las personas comprometidas a diario con los derechos de las mujeres. La dirigencia decidió prescindir de los servicios de “Las Boquitas” con el argumento de combatir la violencia simbólica contra los cuerpos de las mujeres, evitando la “cosificación” del género femenino en la Bombonera. Entre las justificaciones, apareció la intención de brindar un mensaje de apoyo hacia el movimiento Ni Una Menos.

Esta medida genera, sin dudas, una tensión: se deja sin trabajo a un grupo de mujeres para realizar un aporte a un objetivo colectivo: la lucha contra la violencia de género. Pero, ¿en qué medida esto constituye un aporte a la violencia contra las mujeres cuando se está atentando contra la autonomía económica de un grupo particular? ¿Podía Boca realizar una contribución social que valorice a las mujeres en su conjunto sin dañar colateralmente a mujeres particulares?¿Qué valor cobra la medida en un contexto de inacción del club ante casos concretos de violencia machista entre algunos integrantes de su plantel profesional?
 
Como es de público conocimiento, hace algunos meses, Ricardo Centurión fue denunciado por su ex pareja por violencia. Boca, que en ese momento tenía a Centurión en su plantel, decidió no quedarse con el jugador porque “su vida personal estaba afectando su desempeño profesional”. Pero jamás sentó posición pública al respecto. Se lo sacaron de encima y del tema no se habló más. Distinto fue el caso con el arquero Agustín Rossi. Cuando el jugador llegó al club ya tenía una denuncia por violencia de género. La misma se desestimó, lo incorporaron igual y hoy es titular. Es decir, cuando se trata de un jugador, el compromiso del club con la violencia de género se diluye y aparece como un tema de la esfera privada donde el club no se mete. Siempre y cuando no tenga consecuencias deportivas.
 
Tomando en cuenta este contexto, es necesario reflexionar respecto de cómo, una vez más,las mujeres somos sobrecargadas con la responsabilidad y pagamos las consecuencias de la violencia de la que somos sobrevivientes. En este caso, la dirigencia del Club realiza una ponderación y decide cortar el hilo por lo más fino. Es más sencillo desplazar a Las Boquitas que llevar la reflexión hacia adentro de un grupo de varones donde al menos dos de ellos fueron denunciados por violencia física y psicológica. Y realizando ese cálculo de costos y beneficios, carga las tintas sobre las mujeres en lugar de proponerse trabajar sobre la violencia que ejercen los varones. 
 
Por otra parte,debemosinterrogarnos si la existencia de un grupo de mujeres animando en el entretiempo de un espectáculo deportivo es de por sí un acto de cosificación. ¿Dónde está la raíz de esa cosificación que la dirigencia ha visto? ¿No podrían existir representaciones de los cuerpos de las mujeres en el campo de juego que no sean cosificantes? El problema aquí no son los cuerpos, sino el contenido simbólico que se imprime sobre ellos. Si hubiera una preocupación genuina por el tema hubiera sido sencillo y revolucionario trabajar sobre ese contenido simbólico permitiendo expresiones que se alejen de la censura y permitan la libertad de los cuerpos de esas mujeres.
 
Asimismo, resulta fundamental preguntarnos cómo se tomó esta decisión, pues se ha dejado a las principales afectadas afuera del debate. “En este punto se revela que es la propia dirigencia del Club la que cosifica a las mujeres dado no ha consultado al grupo de animadoras qué pensaban de la medida y las ha sorprendido tomando esta resolución a sus espaldas, alegando por su propio bien.  Es decir, ellas fueron objeto de la medida que tomó el Club: no tuvieron oportunidad de expresarse y pensar una salidaen conjunto a un planteo que podría ser válido, pero que no ha encontrado una resolución que cambie y cuestione la distribución del poder en el campo de juego. Tomar a las mujeres como sujetos implica, en primera medida, darle importancia a su voz, sobre todo cuando las decisiones las afectarán directamente. En este sentido,el qué y el cómo de la medida están muy lejos de beneficiar a las mujeres como colectivo y además han perjudicado a mujeres concretas.Estamos muy tristes, el domingo nos juntaremos en la casa de una de las chicas a ver el partido”, dijo una de Las Boquitas.
 
La dirigencia de Boca esconde los casos de violencia de género puertas adentro y lanza una estrategia comunicacional contra la violencia simbólica para elevar su imagen social, utilizando para ello a las propias mujeres como variable de ajuste. El desplazamiento de Las Boquitas, lejos de aportar a la lucha contra la violencia que sufren las mujeres, la reproduce. Deja sin trabajo a un grupo de mujeres que disfrutaban de entrar cada domingo a la Bombonera a animar a miles de hinchas y a alentar a su equipo. Atenta contra la autonomía económica de estas mujeres a la vez que silencia su voz. Así, Angelici y compañía evidencian y profundizan su machismo aunque, en la superficie,se pongan el disfraz del compromiso con los derechos de las mujeres.
 
“Vivas y libres nos queremos” es una de las principales banderas del movimiento Ni Una Menos. Para ser libres necesitamos trabajo. Para ser libres tenemos que poder alzar nuestra voz para decir y elegir. Para ser libres debemos poder decidir qué queremos hacercon nuestros cuerpos, independientemente de la mirada masculina sobre los mismos. Para ser libres, en definitiva, tenemos que romper con el pacto social entre varones que, hace siglos y todos los días, vienen decidiendo por nosotras.