Ph: aRGra
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Si José Hernández los hubiera visto en la noche de los Martín Fierro a la Radio, bien podría haber vuelto a escribir que “Muchas cosas pierde el hombre/Que a veces vuelve a encontrar/ Pero les debo enseñar/Y es bueno que lo recuerden/Si la vergüenza se pierde/Jamás se vuelve a encontrar”.

Han perdido la vergüenza. Por eso culpan a los despedidos de los despidos: son fuertes con los débiles y débiles con los fuertes.
No usaron jamás sus plumas ni sus micrófonos para replicar los conflictos que los trabajadores de prensa venimos afrontando desde hace más de dos años.

No se acercaron a una marcha, a una radio abierta, a una conferencia, a una charla. No llevaron ni un puñado de yerba a la calle Amenábar, donde 800 familias no cobraban su sueldo desde hacía un año. No colaboraron ni con un pañal: había mujeres que acababan de parir o dieron a luz durante el conflicto. No movieron un dedo para conseguirle una obra social a la compañera que enfermó de cáncer en medio de la crisis. No pasaron por la feria americana que en la calle Oro hicieron unos amigos un día, vendiendo sus libros usados, sus jeans, sus remeras y camperas para juntar algo de dinero.

No le contaron a su audiencia ni a sus lectores cómo evolucionó el estallido del Grupo 23, cómo se conformaron las cooperativas de Tiempo Argentino e INFOnews. Tampoco abrieron su boca cuando el Presidente Macri trató de usurpadores a los periodistas que defendieron su lugar de trabajo ante la irrupción (con la complacencia de la Policía Federal) de una patota al mando de Mariano Martínez Rojas, prolijamente “lavado” ahora con entrevistas complacientes al –todavía- prófugo. No señalan la protección de la que hoy goza Sergio Szpolski gracias a vínculos (¿y negocios?) que lo unen al Gobierno, agentes de la ex SIDE mediante.

Tampoco dieron cuenta de los casi 180 puestos de trabajo que se perdieron delante de sus narices, en el diario Clarín. Ni se molestan en denunciar –con el mismo ahínco y (supuesta) tolerancia cero a la ilegalidad- que en la señal de noticias en la que trabajan se incumple con la legislación vigente, no hay paritarias desde hace 25 años, se pagan aumentos discrecionales, no se respetan las horas extras ni otras obligaciones que prevé el convenio colectivo en plena vigencia. No se conocen sus opiniones sobre los 350 despidos de la planta AGR-Clarín: hasta donde se observa, la revista Viva y otras publicaciones que allí se imprimían continúan saliendo. No echaron porque AGR era mal negocio, echaron porque era mejor negocio realizar la tarea con obreros tercerizados.

Y no han expresado nada de la situación en la agencia DyN, cuyos accionistas mayoritarios son los diarios Clarin y La Nación. El 23/11 en ADEPA se reunirán (sic) a liquidar la empresa y a sus cien trabajadores. Tampoco destacan que la enorme mayoría de trabajadores de Radio Del Plata (en situación de extrema fragilidad) y de la señal C5N (en dificultades notorias) están en sus puestos desde antes que Electroingeniería y Cristóbal López se hicieran cargo de ambas empresas.

Los trabajadores somos eso, trabajadores. Nada nos divide, nada debe dividirnos, porque enfrentamos a un mismo enemigo: dueños de medios que nos despiden, nos ajustan y precarizan para maximizar sus ganancias; el Estado que no nos defiende y busca limitar o negar nuestros derechos. La única división que tenemos es con aquellos que nos dejan sin libertad para expresarnos, con aquellos que dejan a la sociedad desinformada.

No hace falta ser semiólogo o analista de renombre para advertir lo que ocurre: cada vez hay menos voces que se oponen al discurso oficial hegemónico. Eso no es una interpretación, es un hecho. La pluralidad de pensamiento y opinión está herida de muerte, le faltan 2.500 periodistas. Se le adjudica erróneamente al poeta cubano José Martí esta cita: “Si no luchan, tengan al menos respeto por los que sí lo hacen”. Agrego: puede que estén ganando e incluso que hayan ganado para siempre; la memoria es, sin embargo, un castigo del que jamás podrán librarse.