Primero lo primero, lo más fácil: los cínicos no sirven para este oficio. Robo el título de una recopilación de textos del maestro Ryszard Kapuscinski, material que entre sus páginas atesora otra cita demoledora: “Para ser periodista hay que ser buena persona”.

¿Cómo aplicar ese registro en algo tan intangible e inabarcable como “ser bueno”? Ni la menor idea. Supongo que hay una coincidencia humana básica frente al dolor. O debería haberla. Ante un hombre tirado en el piso, sufriendo, ¿qué hacer? No esquivarlo, notar su presencia, advertir que eso que le pasa le está haciendo daño y luego actuar para siquiera darle ánimo, un abrazo o un plato de comida. Ponerse en el lugar del otro es un mandato irrenunciable.

En cada avalancha de micrófonos, grabadores y celulares, tendríamos que anteponer un planteo antes de cada pregunta: ¿Y si el entrevistado fuera yo? Evitaríamos obviedades, indiferencias y maltratos y, sobre todo, dejaríamos el altar de nuestra propia (y falsa) superioridad moral. 
 
Desde el punto de vista profesional, vale plantearse qué estuvimos informando durante ocho días si –como ahora se sabe- la embarcación sufrió una explosión el día 1 de su desaparición. Señales, balsas, objetos, balizas rojas o blancas, ruidos, alertas de radio aficionados, ¿de dónde salieron? Tales hipótesis ocuparon los titulares a contramano de todo indicio del más mínimo criterio. Como antes fuimos expertos en baños cerrados y agentes de la SIDE (o comandos venezolanos iraquíes) ahora fuimos expertos en asuntos de desmesurada complejidad bélica. Reservamos sí –poco- espacio a expertos en la materia. Fueron la única luz en la tiniebla, aún despojados de elementos certeros para el análisis.
 
Como ocurriera con el Caso Maldonado, el gobierno volvió a ponerse detrás de –cierta- corriente mediática. El ministro de Defensa hizo suyas versiones periodísticas jamás comprobadas, las validó por su propia investidura. Y eran mentiras. Ya supimos cómo el poder dictaba sus contenidos a los escribas de turno, ahora son los escribas los que le dictan al poder, en la más concreta evidencia sobre –valga el juego de palabras- quien realmente tiene el Poder. 
 
Nos estamos precarizando. Es gratis seguir a un par de divos en las redes sociales y justificar en la “viralización” de esos mensajes el hecho de convertir un chimento anónimo en noticia. Resultaría tal vez simpático si se tratara del galancito de turno o de la nueva serie de Netflix, es siniestro si afecta la vida de 44 personas. Esta precarización de nuestra terea tiene costos. No de las empresas, claro. Un trabajador mal pago, sobre ocupado, amenazado con la espada del despido, no es alguien capaz de resistir la tormenta. Mal augurio en tiempos de naufragios.