“Se pretende conculcar la libertad de los argentinos y cambiar su sistema de vida por otro a través de la intimidación… (quieren) desapegarnos a eso que nunca debíamos habernos desapegado, que son nuestros valores tradicionales de familia, de patria, de dignidad”.

“Estamos frente a grupos violentos, que no respetan la ley y no reconocen a la Argentina, que no aceptan el Estado, la Constitución ni los símbolos patrios".

Entre una frase y la otra hay exactos 40 años de diferencia. El núcleo argumental bien podría permitir el intercambio de interlocutores y fechas: atribuirle al dictador Jorge Rafael Videla lo que cita la Ministra de Seguridad Patricia Bullrich, y viceversa.

Hay más puentes.

“Creo firmemente en el diálogo como el camino más idóneo para la relación entre los hombres, es a través del diálogo que podemos conocernos; por vía de mejor conocernos, mejor comprendernos, por vía de mejor comprendernos, recién poder amarnos”.

“El Estado está totalmente abierto al diálogo con grupos pacíficos que tengan una protesta o reivindicación".
Las mismas marcas en el almanaque, las mismas voces, la misma herida.

Siguen los lazos.

“El terrorismo no es sólo considerado tal por matar con un arma o colocar una bomba, sino también por atacar a través de ideas contrarias a nuestra civilización occidental y cristiana a otras personas".

“Llevamos adelante una acción legal, legítima, totalmente enmarcada en la le frente una acción ilegal, violenta e inaceptable para la democracia de un pueblo que quiere vivir en paz; (la RAM) intenta convertirse en poder fáctico y tomar un territorio e imponer una ley distinta a la que tienen los argentinos".

Cuatro décadas transcurrieron entre idénticas construcciones del enemigo interno. Sabemos cómo terminó el infierno desatado el 24 de marzo de 1976, no podemos siquiera tolerar que se repitan en democracia la enunciación de conceptos similares. Menos aún, sin el más mínimo respaldo probatorio, con la realidad fabricada a medida por los artesanos de la mentira, los que decían que Santiago nunca estuvo en el río, los que dicen que Santiago se ahogó solo, los que dirán que Rafa era un poderoso eslabón de la guerrilla y no un pibe que murió asesinado por la espalda cuando escapaba de uniformados armados y con balas de plomo.

El detalle parece nimio frente a lo que luego trascendería, pero no se puede olvidar que el “operativo” en la Pu Lof (dígase intromisión ilegal de la Gendarmería) terminó con las pocas pertenencias de los mapuches saqueadas e incendiadas. Ocurrió lo mismo en los precarios campamentos en el Lago Mascardi. Fueron, mataron, arrasaron y huyeron, pero ni registro hubo del supuesto arsenal de las comunidades originarias. Solo plantaron de apuro una foto de martillos, sierras y hachas.

“Nosotros no tenemos que probar lo que hacen las fuerzas de seguridad”, insiste Bullrich. Se entiende: tendremos que esperar que resuciten Santiago y Rafa para que prueben lo que les pasó.