Nélida Domínguez de Miguel tiene 92 años, pero la bravura de su voz está intacta, como si todavía fuese esa joven veinteañera que se animaba a desafiar al propio Ramón Carrillo, secretario de Salud Pública y uno de los hombres más leales a Juan Domingo Perón de los que se tenga memoria. Fue gracias a Carrillo que, en 1946, empezó a trabajar junto a la mujer que admiró y admira, y por la que aun hoy se emociona cada vez que la nombra: María Eva Duarte de Perón.

¿En qué circunstancia conoció a Evita?

La conocí, sin hablar con ella, cuando fue la colecta del terremoto de San Juan, en 1944. Fuimos mandadas por el secretario de Salud Pública, el doctor Ramón Carrillo, para juntar fondos. Cada secretario había mandado a su gente para recaudar. Y ahí, en la Plaza de Mayo, estaba María Eva Duarte con un grupo de artistas, entre ellas Pierina de Alessi y Juanita Larrauri. Ahí la conocí pero no hablé con ella. Era la nueva actriz de novelas de radio, que eran muy buenas.
Yo lo seguí a Perón desde muy chica. Cuando él era todavía Coronel, desde los balcones de la secretaría de Trabajo arenagaba al pueblo, y mi papá, que era socialista, me llevaba para que lo escuche. A ella nunca la vimos ahí. Se movilizaba pero no tenía el lugar que tendría después.
El 17 estuve en la plaza, pero tampoco la ví, porque eso era tan bullicioso... En esa época la mujer no se movía, y yo me había sumado a una columna de empleados del gas que venía por la calle Entre Ríos. Había pedido en casa que me cuidaran a la nena, me calcé una bandera. No sabía a dónde iba, pero yo me fui con ellos a la Plaza de Mayo. No conocía a nadie, no había mujeres, nada. Pero a mí me gustaba, me gustaba estar cerca de Perón. Él llegó, tarde, y después me volví caminando a mi casa, sola.

¿Y cuándo empezó a trabajar con ella?

El 24 de febrero del 46, cuando fueron las elecciones, yo trabajaba en el Instituto Malbrán, y me preparaba y aprendía en un club a escribir a máquina y en la Pitman hacía un curso de dactilografía y taquigrafía. En el Malbrán, con 20 y pico de años, yo ya era jefe. Había 460 empleados. Era un mundo aparte.
Un día, me manda a llamar el director y me dice que me saca de la jefatura de personal y me dice que voy a ir a trabajar a administración. No fui y le dije: “Deme el conmutador”.
Yo quería estar cerca de la gente, tratar con la gente. Y yo pensaba: “De ser jefe pasé a ser una subalterna”. Un día llegué a mi casa y llamé a una amiga, secretaria del doctor Carrillo y le comenté esto. Mi amiga le contó a Carrillo y él le pidió verme. Le dije: “Yo le voy a decir algo que no le va a gustar: esta es la primera injusticia del peronismo”. Es que yo había pasado de jefa a administrativa. “¡No diga eso!”, me retó, y me hizo llevar a Perú 160. Y ahí estaba ella: la única, la grande, la que amo. Ahí estaba Evita, atendiendo al público, y yo la miraba, cómo resolvía las cosas, con el amor que lo hacía . Cuando me tocó a mí me acerco y me dice: “Señora, no me diga nada, lo sé todo. Usted se queda a trabajar conmigo”. En ese momento tuve la sensación de que Dios me estaba encaminando. Me mandó a trabajar a la Ayuda Médica Integral que se llamaba María Eva Duarte de Perón. Ese organismo, que había formado Carrillo, vino mucho antes que la fundación.

¿Qué trabajo hacía allí?

Nuestro trabajo era escuchar los problemas de la gente, anotarlos en un papelito con los datos de la persona y llevárselos a ella. Después íbamos a la casa con la solución. Se llamaba “células mínimas”.
Con el tiempo la AMI se fue agrandando, pasamos a tener incluso una salita ahí mismo, y la gente prefería eso que el hospital porque era “de Evita”. Terminábamos de trabajar muy tarde, como a las 2 o 3 de la mañana. Perón la llamaba para que al menos fuera a comer con él a veces. Era una organización impresionante. Todo aprobado por ella, claro. No va a haber otra igual.

¿Compartió con ella otros espacios?

Claro, después de eso empezó a tomar importancia el partido, y se empezó a trabajar para la sanción de la ley 13.010 (de voto femenino). El día de la aprobación, el 23 de septiembre de 1947, estuve acompañándola desde el palco. Ella tenía fiebre pero se quedó hasta que terminó todo. Se quedó ahí estoicamente hasta que se sancionó. Ver en la calle, abajo, a las mujeres de overol al grito de “Evita”, fue emocionante.
Después seguí trabajando en la AMI, llevando enfermos de acá para allá sin preguntarles si estaban afiliados o no. Ella le tendía la mano, no le rpeguntaba quién era ni de dónde venía. Un día me manda a llamar y me dice: “De Miguel, usted trabaja mucho acá”. “Claro, me gusta lo que hago, lo que aprendo”, le respondí. Y ahí me dijo: “La voy a mandar a La Rioja”. Yo me iba a ir a Chapadmalal con mi familia, y cuando se lo dije me respondió: “Pero De Miguel, La Rioja es igual que Chapadmalal”. Me fui en el año 1949.

¿Qué le pidió que hiciera allá?

Hicimos la campaña del 51, que ganamos de punta a punta. Hasta las fiscales votaron al peronismo. Ahí me empezaron a pedir que ayudara a afiliar gente, pero no me gustaba. Me gustaba hablar, hacerles entender que había un nuevo despertar, un nuevo camino, algo que nos daba Perón, que teníamos que fortalecerlo. Pero no afiliar. El día de carnaval llamé por teléfono a Bs. As. para avisar que me vuelvo. Dije: “Yo trabajo mucho pero me cuesta entender esto”. Era la política. Yo quería trabajar mano a mano. Y ahí agarró ella el teléfono. Para qué... “Hola, De Miguel, ¿cómo le está yendo?”, me preguntó. Y fue la única vez que le mentí. “Todo perfecto, señora. Me voy a Chilecito a poner una Unidad Básica”, le contesté. Yo me quería volver porque no entendía, pero ahí la comprendí.

¿Y se quedó?

Después me mandó a Tucumán, a los cañaverales, y ahí sí viví la política en crudo. Entonces entendí todo, me hice más pícara que nunca. Fue poco antes de su fallecimiento, en el 52. Ahí no había caminos, no había rutas, nada. Había que patear y patear, y dormir en camas calientes donde levantaban al borracho en un hotelucho y nos acostaban a nosotras. Lo que yo hice lo hicieron todas, de alguna u otra forma. Lo hacíamos con mucha disciplina y siempre pensando en ella. Porque cuando nos hablaba nos inyectaba de esfuerzo (llora) y siempre decía: “Trabajar, trabajar, trabajar”.

¿Y estaba en Tucumán el día de su muerte? ¿Cómo vivió ese día?

Ella trabajó, trabajó, trabajó, siempre por nosostros, hasta el final. Y se murió por nosotros. Por no atenderse, porque los médicos no le gustaban. Nunca preguntamos qué tenía. Era tal el respeto que no preguntamos. Pero cuando nos quedábamos a acompañarla, ay, cómo hablaba... Daba indicaciones desde la cama, era un luz, sabía todo lo que hacíamos. Sabía todo de cada una de nosotras.
Cuando se murió fue muy triste. Yo estaba en Buenos Aires, en la Secretaría de Trabajo, donde el pueblo aportaba para el monumento. Ella me había designado para eso. Yo estaba con Juanita Larrauri y le dije que en la radio estaban diciendo que la señora no estaba bien, que nos vayamos. Cuando se anuncia el deceso de Evita, estábamos agarradas a la verja de la calle Agüero 2502 para ver si era verdad o si era mentira. Nos quedamos ahí hasta las 5 de la mañana.
Cuando la velaron, nos dieron el privilegio de limpiar el vidrio donde estaba ella con un algodón. Hasta que la trasladaron al Congreso y del Congreso a la CGT, donde estaba todo dispuesto como un laboratorio donde la embalsamaron. Ese día tuve como un desprendimiento, sentí que se me fue el alma. Y me juramenté, como ella decía, levantar su nombre y llevarlo como bandera a la victoria. Señora, descanse en paz, porque yo cumplí con lo que usted pide.

Luego de la muerte de Evita, Nélida fue dos veces diputada nacional. La primera, en 1955, por unos pocos meses, ya que en septiembre de ese año un golpe de Estado derrocó a Perón y proscribió al movimiento durante, al principio, siete años. Durante ese tiempo, se infiltraba en las huelgas para darle jugo a los trabajadores, que se encadebaban. “Me encantaba, porque lo hacía en nombre de ella, siempre”, cuenta.

El 18 de marzo de 1962, de la mano de la fórmula Framini-Anglada, el peronismo volvió a ganar una elección, de manera abrumadora, con el nombre de Unión Popular. De Miguel fue la única mujer por la Capital que volvió a ser elegida. Pero el golpe de Estado del 29 de marzo, que proclamó presidente a José María Guido, anuló el Congreso. Sin embargo, ella se las ingenió para sentarse en su banca de todos modos. “El pueblo, por la calle Rivadavia, pedía a Perón y Evita. Era como que volvíamos al gobierno. Y me encontré en el tumulto a una amiga que estaba embarazada y con una venda en la pierna. Entonces le dije que hiciera como si se desmayara, y yo empecé a los gritos a pedir que nos dejaran pasar para salir del tumulto. Abrieron el Congreso y me senté en la misma banca que me habían usurpado. Siete años atrás, los que no pensaban como yo me habían arrebatado eso”.

Después de toda una vida ligada al peronismo, ¿cuál cree que es la mejor manera de recordar a Evita?

Imitando lo que hacía ella, dando amor. Ella era todo amor. Que no inventen nada. No me gusta la comparación que se hace con Cristina. Yo la respeto porque es la presidenta elegida por el pueblo, pero Evita fue única. Y quiero decir algo que capaz haga enojar a algunos: Perón la quería, pero ella lo amaba. Ella nos decía: “Chicas, cuiden a Perón, porque Perón los cuida a todos ustedes”.