Masacre Marjory Stoneman Douglas.
Masacre Marjory Stoneman Douglas.

Era libre, sí. El múltiple asesino era libre. Libre para comprar armas en un supermercado. Eso es la libertad en el mundo capitalista: consumamos sin obstáculos, límites ni fronteras.

No importa si llenamos el changuito de fusiles y balas o de manteca y fideos. La máquina del consumo no debe detenerse nunca. Y por sus movimientos se juzgarán el bienestar y la felicidad. Compro mucho, estoy bien; tengo mucho, soy feliz.

Ya no compran ni tienen qué juntar los 17 alumnos de la escuela de Florida, Estados Unidos. El país libre se devora la vida de sus hijos. Se cubrirán los ataúdes con la misma bandera que flamea sobre la tierra de los sueños y oportunidades.

¿Qué sueños? ¿Qué oportunidades?

Nos enseñaron que el pez grande se come al pez chico, que solo sobrevive el más apto, que el que no se adapta desaparece, que la naturaleza es sabia y así dicta sus reglas. Imponen sus discursos sin descanso, ¡ah, la libertad! como respuesta a todo.

Pero el argumento es débil: el hombre es el único animal que acumula. El león tiene hambre, caza a su presa, se la come y duerme la siesta.

No caza diez mil venados para presumir ante los suyos. Los que tienen asegurada la comida diaria se dan el lujo de evaluar azares y destinos según cuánto se posea. Nos convencen que sin este celular o aquél auto, nuestra vida está vacía. Si algún excluido quiere colarse en la fiesta e intenta ingresar como sea, los mismos que armaron el show y cerraron las puertas del salón le prenderán una vela a San Chocobar.

“Pertenecer tiene sus privilegios”, era el slogan sincericida de una de las más importantes tarjetas de crédito.

La resistencia al consumo será la revolución del siglo XXI, porque en esa lucha se pondrá en juego la verdadera libertad. ¿Qué doy, qué cedo, qué regalo, qué me quitan?

Somos esclavos jugando a que un ratito al día (o al mes, o al año) el mundo nos incluye. Hasta que se corta el wifi, se rompe la pantalla o pagamos el mínimo de la tarjeta.

Levantar la mirada del propio ombligo, ampliar el horizonte de la vista, sintonizar el corazón con otros corazones (sobre todo los más desprotegidos), trabajar para que lo que uno desea para sí esté al alcance también de los demás. Eso es enamorarse de la vida.

Seamos libres, que lo demás no importa, recomendaba San Martín. Pero sí importa: importa si compramos el último iPod.