Sociedad

El #8M, mi vieja, mi abuela, mis hijas

Diego Pietrafesa

Un relato intergeneracional en vísperas del Paro Internacional de Mujeres que se llevará a cabo en más de 200 ciudades de todo el mundo.

Médica, enfermera, cocinera, personal de limpieza, maestra, sicóloga, organizadora de eventos, contadora, costurera, administradora. Mi vieja tuvo muchos trabajos y ningún título ni sueldo. Título, casi: le faltaban tres materias para recibirse de abogada pero abandonó la carrera para criar a mi hermano mayor. 

No te cansabas nunca, mamá. O eso nos demostrabas. Te despertabas primera que nadie en casa. El mate y las palabras cruzadas eran los únicos espacios tuyos y de nadie más. ¡Y qué poco duraban a veces! Recién ahora entiendo lo que me decías cuando me veías entrar a la cocina cuando todos los demás dormían: “Ay, Diego, es temprano!”.  A la frase le sobran las mayúsculas, creo. Porque no era un reproche ni una queja ni un reto ni un grito. Era un lamento medido, sin intención de dañar. Era la confirmación que ese espacio único y breve había terminado y la rutina encendía el motor de las obligaciones. De tus obligaciones, mamá. De esas obligaciones que nosotros asumíamos como tuyas. Si no había comida preparada, si la cama no estaba hecha, si faltaba leche en la heladera, todos te preguntábamos a vos. Te quiero mucho, viejita. Así, en presente. Porque –y sobre todo- siempre tuviste a mano una palabra, un beso, una caricia, y un abrazo para mí: es por el amor que damos, que recibimos y volvemos a dar, que nuestra vida se vuelve plena. 
 
Cuando te fuiste, todos los días la abuela Beba se tomaba el 105 (una de las peores líneas de colectivos de la historia de la humanidad) y viajaba parada haciendo malabares con un fuentón. Filet de merluza con tuco. Algo que se pudiera comer frío en épocas en que no había microondas y en una familia cuyos integrantes –todos varones- no estaban prácticos en prender el horno. Porque lo prendía mamá. La nona era su suegra. Rosarina, fuerte como el grito de un gol de Central, con un humor inagotable y cierto rigor en algunos gestos, heredados de una infancia donde, entre otras cosas, los golpes reemplazaban las charlas y estaba prohibido que la mujer eligiera otra cosa de lo que otros decían que debía elegir. Un marido, por ejemplo. Y eso que el nono, Don Miguel, nos quiso tanto como ella. Beba nos cortaba el pelo, nos daba leche de magnesio Philips si hacía mucho que no (sic) íbamos de vientre, nos jugaba a la escoba de 15, nos llevaba al corso (¡esos corsos de la Avenida de Mayo!), nos regalaba una vez por mes un postrecito Sandy, hacía la ricota para los ravioles con una media y jamás nos negó nada de su corazón.
 
Mis hijas no conocieron a su abuela ni a su bisabuela. Pero son ellas las que hacen justicia por lo que no hice yo. Son mis hijas las que trajeron a casa ese concepto inabarcable, novedoso, cuestionador y revolucionario que es para mí el feminismo. Son mis hijas las que empezaron y terminaron (si es que alguna vez terminarán) las charlas sobre el tema en la mesa. Gracias a ellas me cuido, pienso lo que digo y si se me escapa una burrada me juramento no repetirla. “¿Por qué rosa para las nenas, pá, por qué siempre rosa?”,  me apuntan si tengo que elegir el color de un regalo. “¿Por qué no me preguntas lo mismo cuando me junto con una amiga?”, me dicen cuando toman un café con un chico y les insinúo si tal vez el pibe busca algo más. “Hijo de puta no, viejo, ¿qué culpa tiene la puta?”, me corrigen cuando se me escapa un insulto. “Feminismo no es machismo al revés, porque las que ponemos el cuerpo y la vida somos nosotras”, me ilustran cuando escuchan tantas pavadas por la tele. Mis hijas tienen primas mayores que les muestran el camino. Y yo debo aprender a caminar. Siempre les dije que las cosas no son así, están así. Y ellas quieren poner patas para arriba este mundo de mierda que hizo sufrir a mi vieja, a mi abuela y a tantas otras. Mujeres tenían que ser.
 
 
 
 

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