Política

El silencio del dictador

Con testimonios del historiador y periodista Germán Ferrari, autor del libro "1983. El año de la democracia", en esta nota se repasan el rol del genocida Reynaldo Bignone en la transición democrática y su tarea en post de la impunidad.

“¿Cuánto nos hemos perdido las generaciones futuras en poder conocer el destino de detenidos-desaparecidos, la organización y la llevada en práctica del terrorismo de Estado? Esto es responsabilidad directa del último dictador”, afirma el periodista e historiador Germán Ferrari.

El pasado 7 de marzo murió Reynaldo Bignone, quien fuera el último mandamás de la dictadura cívico militar de 1976. Durante mucho tiempo la imagen más asociada a él fue el momento en que le ponía la banda presidencial al radical Raúl Alfonsín. Sin embargo, durante su mandato tuvo como principal tarea borrar los rastros de la represión clandestina desplegada a la largo y ancho del país. Ferrari, autor del libro “1983. El año de la democracia”, repasa aquellos meses frenéticos donde recuperamos la democracia.

Pensar en el papel de Bignone en aquellos tiempos implica retrotraernos a los días posteriores a la derrota en la guerra de Malvinas. La debacle se precipitó desde entonces. El consenso social con el que había contado la dictadura prácticamente se había esfumado. Las denuncias internas e internacionales por las flagrantes violaciones de derechos humanos cada día eran mayores y las dificultades económicas no cesaban. Dos semanas después que el militar Mario Benjamín Menéndez firmara la rendición argentina ante los ingleses, Reynaldo Benito Bignone asumió el mando del gobierno y llevó adelante la misión que definió en sus memorias como “la liquidación del Proceso”.

Ferrari propone recordar dos imágenes para pensar el rol del último dictador. La primera es la destrucción de documentación vinculada al terrorismo de Estado. Días antes de abandonar el gobierno firmó el decreto confidencial 2726/83 donde ordenaba destruir todo el material de archivo sobre a los detenidos-desaparecidos.

La segunda es la gran manifestación que hubo el 16 de diciembre del 82 en Plaza de Mayo convocada por la multipartidaria, una agrupación que contenía a los principales partidos políticos del momento. Fue multitudinaria. Llegó hasta la puerta misma de la Casa Rosada. La represión policial fue tan brutal que se cobró la vida de un manifestante, el obrero metalúrgico Dalmiro Flores.

“Fue una pulseada muy fuerte entre los partidos políticos y la dictadura, que hasta ese momento sólo tenía la promesa de Bignone cuando asumió que la situación se iba a regularizar hacia una salida democrática a más tardar en marzo de 1984. Pero hasta ese momento todavía no había nada establecido”, señala Ferrari.

Primer discurso del general Bignone como presidente de facto, 1982

Los intentos de impunidad

Bignone no sólo intentó borrar pruebas. El 22 de septiembre de 1983 firmó la ley de Pacificación Nacional, más conocida como “Ley de Autoamnistía”. Allí se declaraba extinguidas las acciones penales contra delitos cometidos desde el 25 de mayo de 1973 hasta el 17 de junio de 1982 “con motivo del desarrollo de acciones dirigidas a prevenir, conjurar o poner fin a actividades terroristas o subversivas, cualquiera hubiere sido su naturaleza o el bien jurídico lesionado”. Fue un tema en la campaña electoral. Alfonsín, a diferencia del candidato peronista Ítalo Luder, prometió derogarla si triunfaba el 30 de octubre de 1983. Cumplió en 1984.

No fueron meses tranquilos. “Durante todo el año 83 hubo situaciones de desestabilización interna, jugadas de los servicios de inteligencia, actos de terrorismo de Estado como fue el asesinato de Cambiaso y de Pereyra Rossi, amedrentamiento a los medios que empezaban a levantar la voz contra la dictadura. No fue tan lineal la salida democrática”, recuerda Ferrari. Sin embargo, la debacle era inevitable y la situación no dio lugar a los sectores más duros de la dictadura que se negaban a entregar el poder.

Archivo histórico - Bignone llamando a elecciones (1983)

Los sueños de estadista que terminaron entre rejas

 Bignone, como el resto de los jerarcas de la dictadura, imaginó que la historia lo recordaría como un estadista y un militar triunfante contra la “subversión apátrida”. Y quiso dejar un legado para las futuras generaciones. En 1992 publicó sus memorias y las nombró de una forma sugestiva: “El último de facto. La liquidación del Proceso. Memoria y testimonio”. De alguna manera, él sentía que cumplió con un ciclo histórico. 

Sin embargo, a pesar de tres condenas a perpetua y cuatro que van de 16 a 25 años de prisión, nunca se arrepintió de sus crímenes ni condenó el terrorismo de Estado. En un carta enviada en 2006 a la Asociación Argentinos por la Memoria Completa arengó a los jóvenes a terminar lo que ellos no pudieron ni supieron hacer. "No arremeten contra molinos de viento, sino contra personas de carne y hueso que cargados de odio deformaron la moderna historia argentina", elogió a la organización pro represores.

Si bien el dictador murió condenado, en prisión domiciliaria y con una tobillera electrónica que registraba cada uno de sus movimientos, surge la pregunta por la vigencia de su discurso y sus pedidos por una memoria completa.

Ferrari advierte que el contexto actual es más amigable a los planteos aggiornados de la teoría de los dos demonios: “Creo que en este contexto actual, donde hay un gobierno en el que tienen algunos de sus funcionarios o aliados políticos que guardan una cierta sintonía con estos discursos, es un tema que está vigente. Que cada tanto hay algún diputado o un funcionario menor que quieren el retorno de viejos falsos debates, si fueron 30 mil los desaparecidos, si fueron dos demonios, o si fue un demonio más grande y otro más chico”.
 

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