El domingo pasado, en respuesta a las abrumadoras manifestaciones en favor del legalización del aborto que están dándose en las calles, en los medios y en las redes sociales, se realizó una marcha denominada “pro vida” en Palermo en contra de este derecho. La marcha tomó un estado público enorme, no tanto por la cantidad de asistentes, sino por el estandarte con el que marchaban: un feto gigante sin ojos de cartón y papel pintado.

foto: Twitter
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Un feto gigante que nos remitía de manera grotesca a “el bebito” de Mariana Rodríguez Varela, una de las caras más visibles contra el aborto, hija del abogado defensor de Jorge Rafael Videla. Un feto gigante, al que le faltaba algo fundamental para poder estar allí: el útero materno, sin el cual no podría existir y al que desde los altos tribunales de la moral se pretende domesticar a toda costa.

“Es peor el aborto que la pedofilia”, han expresado en varias ocasiones miembros de la Iglesia, en una especie de sincericidio eclesiástico atroz. ¿Será para eso que la Iglesia quiere que los niños nazcan a toda costa? Que un miembro de una institución manchada para siempre en todo el mundo por el horror de la pedofilia emita semejante comparación no puede ser casual. La Iglesia, además, se opone a la educación sexual integral e incluso al uso de anticonceptivos.

¿Cuál es la conclusión? Que las mujeres nunca tenemos opción. Nuestra función más importante es ser madres, sea como sea, queramos o no queramos. Ahí está una vez más la bota del patriarcado sobre nuestras cabezas y nuestro deseo. Las mujeres no podemos elegir. No podemos planificar cómo ni cuándo formar una familia. Todos tienen más derechos que nosotras, incluso aquellos que no habitan todavía este mundo. Así lo expresó de modo grotesco también Esteban Bullrich, escribiendo un poema como si fuera un feto mágico que sabe leer y escribir.

Los antiabortistas argumentan que la vida comienza desde la concepción. Pero nada dicen en relación a la gran cantidad de embriones fecundados que son “asesinados”, según sus propios términos, en las clínicas de fertilización asistida como sobrantes de ese procedimiento médico al que recurren miles de mujeres en el mundo.

¿Por qué unos embriones valen más que otros? ¿No será que el verdadero objetivo de quienes militan fervientemente en contra del derecho a abortar es la domesticación de las mujeres, la sumisión de sus voluntades, su cuerpo y sus deseos a una idea de mundo ya vetusta y polvorienta, en la que el único rol válido de una mujer es procrear? ¿Cómo es posible que muchos de quienes se pronuncian en contra de legalizar el aborto sean los mismos que luego se expresan en favor de la pena de muerte o en contra de que el Estado entregue planes sociales?

Si se embarazan para cobrar un plan, la solución que propone este sector es que tengan el hijo como sea y después lo mantengan como puedan porque “no quieren mantener vagos con sus impuestos”. En la marcha “pro vida” también estuvo presente un ex legislador fueguino, Luis Velázquez, condenado por haber matado a sacudones al bebé de 7 meses de su pareja porque no dejaba de llorar.
 
Este tipo de contradicciones, que harían estallar la cabeza de cualquier estudiante de retórica, debería hacernos reflexionar profundamente en quiénes son y qué es lo que realmente quieren aquéllos que se pronuncian en contra del derecho al aborto, algo que es una realidad hace muchos años en Argentina y que hoy sabemos que se expresa en el significativo número de 500.000 abortos anuales.

El debate sobre la legalización del aborto es un tema de salud pública, pero también es político. Es fundamentalmente político. Porque no se trata solamente de que dejen de morir mujeres a causa de abortos clandestinos. Se trata de sacudirnos de encima la pesada bota del patriarcado, que nos quiere seguir sometiendo a voluntades e intereses ajenos, aplastando nuestro deseo y nuestro derecho a ser autónomas, libres y soberanas de nuestros cuerpos.

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