El piropo callejero es una de las formas más naturalizadas de la violencia de género. El acoso callejero vivió muchísimos años entre las sombras, oculto y naturalizado bajo la forma de "piropo" y enmascarado en la falsa creencia de que se puede distinguir entre que nos digan cosas lindas (con las que se supone que deberíamos sentirnos a gusto) o cosas feas, que no nos gustan pero que callamos, por vergüenza, por miedo o simplemente porque nos enseñaron que "no hay que contestar porque se ponen peor".

Hay que decirlo de una vez: los piropos callejeros son siempre acoso, no puede distinguirse entre buenos y malos. Aceptar esta diferenciación es continuar avalando una práctica que reproduce y profundiza la desigualdad de género. Los "piropos lindos" en la calle no existen. Se trata siempre de una manifestación unilateral basada en la desigualdad de género que califica nuestros cuerpos, nuestra ropa o expresa las intenciones sexuales de quien lo emite, y que quienes lo recibimos no pedimos ni deseamos escuchar.

Independientemente de su contenido, el acoso callejero nos invade, nos cosifica y continúa reproduciendo a diario un sistema de dominación patriarcal en el que mujeres, tortas, putos, trans y travestis cumplimos un rol subordinado como receptorxs pasivxs de una violencia que nos disminuye en relación a los varones.

La Universidad Abierta Interamericana (UAI) realizó un estudio donde entrevistó a 1576 personas sobre acoso callejero. Ocho de cada diez mujeres reconocieron haber sufrido acoso en la vía pública, y una mayoría absoluta (98.7%) dijo experimentar sensación de "bronca, rabia, asco, miedo, inseguridad y angustia" y que si se paraban a contestar, un 40.5 % se burlaba de ellas. Sin embargo de los varones que contestaron la encuesta, el 45.4% piensan que decir cosas en la calle nos halaga y un 64% opinó que la forma de vestirse tenía que ver con la reproducción de esta práctica violenta.

"El cuerpo de las mujeres se convierte así en el soporte privilegiado para escribir y emitir el mensaje violento y aleccionador"

El año pasado logramos aprobar en la Legislatura Porteña una ley que sanciona el acoso callejero. Es un gran avance porque permite iniciar el camino de la desnaturalización de esta práctica. Pero sabemos que no es suficiente. Debemos poder contarlo, debemos poder hablarlo y expresar nuestro malestar para que sea cada vez mayor la condena social a este tipo de práctica tan arraigada en nuestro país.

Rita Segato, antropóloga feminista, nos explica que el cuerpo de las mujeres se convierte así en el soporte privilegiado para escribir y emitir el mensaje violento y aleccionador de quienes detentan el poder en una sociedad machista hacia los más débiles, para recordarles quiénes mandan y quiénes son los que deben someterse.

¿Qué significa esto? Que este opinadero que parece ser nuestro cuerpo para lo que está bien, lo que está mal, lo que debe ser, lo que no alcanzás a ser nunca, no es más que el territorio, el soporte, en donde se escribe la historia de las violencias vividas cotidianamente. Donde se escribe la impunidad de los asaltos en la calle, el “qué tenía puesto” y una gama de justificaciones a las que recurre una sociedad machista que se resiste a la transformación, que sigue pensando que la solución es que las mujeres usemos 5 centímetros más de pollera en lugar de educar a los varones para no violar. Y sí, digo violar, porque todas las que caminamos las calles sabemos que la distancia es muy corta entre el acoso verbal y el físico.

La reflexión sobre esta práctica se hace urgente porque tal como pudimos develarlo, es mucho más que una palabrita al pasar, es mucho más que una cabreada con un guarango. Se trata de la configuración política del espacio público y de nuestros cuerpos.


Andrea Conde es Legisladora Porteña por Unidad Ciudadana y Presidenta de la Comisión de Mujer, Infancia, Adolescencia y Juventud.