Lula Da Silva y el contexto geopolítico
Lula Da Silva y el contexto geopolítico

Condenado y encarcelado sin pruebas. En Brasil el establishment nacional e internacional busca proscribir al hombre que sacó a más de 30 millones de ciudadanos de la pobreza, colocara al país dentro del top ten de las economías del mundo, y fuera catalogado por la revista Time como el líder más influyente del mundo en 2010 -por encima de Obama y otros-. Esto se enmarca claramente en el golpe de Estado parlamentario que comenzó hace dos años teniendo como víctima a Dilma Rousseff, desplazada de la Presidencia y una de las dirigentes locales que no ha podido ser acusada de corrupción. A partir de allí, se implantó un gobierno ilegítimo junto con una batería de políticas contra la ciudadanía y que debilita la fortaleza de Brasil en los asuntos mundiales.

Michel Temer, apoyado en un sistema judicial y mediático cooptado por intereses concentrados locales con apoyo foráneo, impulsó un plan neoliberal de ajuste y privatizaciones que debilita al gigante sudamericano, al tejido social y al mismo sistema de poderes. Un Presidente sobre el cual sí existen pruebas de su participación en actos de corrupción y que continúa en el cargo. El apoyo a su gestión es el más bajo de la historia del país, menor al 3%.

La realidad de Brasil muestra hoy una Democracia débil, con una justicia altamente cuestionada por amplios sectores –apoyada por la derecha conservadora- y un pueblo ajeno a las decisiones del Sistema. Millones de brasileros dejados a un lado, víctimas de esas decisiones. “Nos han robado la Democracia”, es una frase escuchada a muchos ciudadanos desde agosto de 2016, más allá de los errores del gobierno de Rousseff y de la falta de capacidad para hacer frente a la crisis económica y de los escándalos de corrupción en el oficialismo y oposición que destapó el Lava Jato, con Odebrecht y Petrobrás involucradas.

Hoy predomina el ajuste, el congelamiento del gasto, los planes de privatización de varias empresas, entre ellas las emblemáticas Embraer y Petrobrás (vale destacar que a 2 meses de haber sido desplazada Rousseff de la Presidencia, se modificó la ley de hidrocarburos dando una mayor participación a empresas extranjeras en la explotación del petróleo en yacimientos brasileros). También se puso un freno al desarrollo del aparato militar-industrial que el gobierno de Lula había impulsado para defender los recursos, la soberanía y dotar al Brasil de una política exterior independiente de los centros de poder mundial, sea EEUU, la UE o mismo China.

Buenas relaciones y socios, sí. Vasallos, no. Esa era la idea del hoy ex Presidente encarcelado sin pruebas por un juez instruido en EEUU, país que ha intervenido históricamente en la política y economía de América Latina, con diversas herramientas (militar, mediática, económica, financiera, judicial, a través de ongs., etc.) y acusado en los últimos años de fomentar y respaldar diversos golpes blandos en la región. ¿Es la ley norteamericana de Prácticas Corruptas en el Extranjero (FCPA) otra herramienta de injerencia? Haría falta un debate profundo.

Brasil había llegado a ser con Lula da Silva la 6ta economía del mundo, superando a potencias europeas. Su rol de liderazgo en América Latina, en el marco del Mercosur, UNASUR y otras organizaciones era clave. Los avances económicos, culturales, educativos y sociales fueron históricos. Crecimiento a tasas récord y reducción notable del desempleo. Logró también llevar al país el último mundial de fútbol y los Juegos Olímpicos.

El gobierno de Lula había descubierto hace unos 10 años los yacimientos de petróleo y gas más importantes del mundo en lo que va del Siglo XXI, el Presal. Hecho que había llamado la atención de Washington y de las multinacionales energéticas, sin dudas. Otro fue el lanzamiento en 2009 de la Estrategia Nacional de Defensa (END) del país, que comprendía un fortalecimiento y modernización de las FFAA, su reorganización y el desarrollo integral de una industria militar propia de última generación. Esto significaba para Brasil tener un complejo militar-industrial nacional, incluyendo submarinos nucleares para custodiar, por ejemplo, las cuantiosas reservas petroleras. Además, claro está, la iniciativa de Lula para crear el CSAD (Consejo Sudamericano de Defensa) y otros instrumentos financieros para fortalecer económicamente a la región. Para los intereses hemisféricos de EEUU, eso es casi una amenaza y a las claras un peligro para la Seguridad Nacional. Por lo pronto, Kenneth Franco, un miembro del Departamento de Justicia norteamericano, afirmó el año pasado en un discurso que el caso Odebrecht directamente representaba una amenaza a la Seguridad Nacional de su país.

Vamos de lo general a lo particular. Más allá de los escándalos de corrupción, que son ciertos y han puesto en jaque al sistema político brasilero y a varios funcionarios, ex funcionarios y empresarios, la geopolítica y los intereses extranjeros siempre están a la orden del día. No fue casualidad el otro escándalo destapado en 2013, cuando se conoció la red de espionaje de Washington contra el gobierno de Dilma Rousseff y empresas como Petrobrás.

Tampoco se puede dejar a un lado la disputa entre Occidente (más precisamente EEUU) y los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Debilitar a ese grupo de países –que ponían en jaque al imperialismo norteamericano- era un objetivo claro de la política exterior de los últimos presidentes de la primera potencia mundial, incluidos Bush, Obama y Trump.

Un Brasil fuerte en franco ordem e progresso como describe su bandera, liderando la región con decisiones independientes debilitaría aún más la posición de EEUU, que ya está perdiendo por diversas razones el rol de líder mundial, más allá de sus centenas de bases militares ubicadas en todo el mundo. La hoy debilitada potencia sudamericana había escogido hace años a Rusia para la compra de armamentos por más de mil millones de dólares. Con Lula en el poder China se convirtió en el principal socio comercial del país, y primer destino de las exportaciones brasileras. Hoy Trump, que acaba de suspender su participación en la Cumbre de las Américas por la guerra en Siria y en medio de la guerra comercial con Xi Jinping, pide a las naciones del hemisferio que prioricen la relación con EEUU y se alejen del gigante asiático.

El objetivo de Trump es “recuperar América Latina”, a sus “socios” en la región (otros le llamarían “sometimiento”), su “patio trasero”, continuando con mayor agresividad en lo que ya venía trabajando Obama de manera más disimulada. Uno de los asesores de política exterior norteamericana, Prof. Hal Brands, aconsejó con firmeza: “…reforzar el gasto militar, y reunir a los antiguos amigos y nuevos socios contra la amenaza que plantea el expansionismo ruso y chino…”. Las elecciones presidenciales de este año (en Brasil, Paraguay, Colombia, México y Venezuela principalmente) definirán el destino del Subcontinente en los próximos años.

La intervención norteamericana en la región vuelve -con más presión que diplomacia- aunque para muchos sea difícil de identificar o de creer. Como ya existió durante la Guerra Fría del siglo XX y su relación con las dictaduras latinoamericanas, así como también en etapas anteriores. Estos nuevos golpes blandos, Democracias debilitadas, guerras judiciales y mediáticas tienen sin dudas como uno de los jugadores a EEUU, que opera junto a las elites conservadoras locales. Por interés ideológico y geopolítico, nada personal. De hecho, nadie espere que los presidentes que atacan al gobierno venezolano por “falta de Democracia” a pedido de Trump, digan algo en defensa de Lula da Silva. Sería una sorpresa, contradictorio a la visión geopolítica que asumen, la de Washington.

En parte, la fortaleza hemisférica y global de EEUU depende de la permeabilidad de la soberanía de los países de América Latina y de la desunión de la región en términos de evitar conformar un bloque con intereses propios.

Sin dudas Brasil es el eslabón más importante de la región y Lula da Silva es quien mejor representa esa posición independiente, soberana y de fortalecimiento de un bloque que puje por intereses comunes en los asuntos mundiales. Otro dato no menor es que el gobierno venía impulsando en el marco de debates en la ONU un proyecto para convertirse en miembro permanente del Consejo de Seguridad de la Organización, al lado de las potencias nucleares. Hasta allí venía creciendo la influencia brasilera en los últimos años.

En lo particular, se mezclan en el país casos ciertos y reales de corrupción con elementos de Lawfare (guerra judicial) que puede observarse por lo menos con respecto a Rousseff y Lula da Silva (con amenaza de golpe militar incluida por parte de generales brasileros, algo gravísimo). Sí es cierto que hay muchos condenados y algunas investigaciones siguen su rumbo, pero justamente los casos que ponen en cuestionamiento las decisiones judiciales son los de la Presidenta derrocada en un golpe parlamentario y el candidato progresista con mayores posibilidades de ganar las elecciones de octubre próximo, encarcelado sin pruebas. Hemos visto más de ello en Paraguay, en Ecuador y en Argentina también. Destituciones y encarcelamientos forzados, sin pruebas, fuertes ataques mediáticos, descontextualizando o directamente inventando información. Posverdad.

En la operación Lava Jato fueron acusados y condenados tanto ex miembros del PT como de la oposición. Tengamos en cuenta que históricamente el sistema político brasilero tiene graves sombras y hoy está más debilitado que nunca, empapado de casos de corrupción. La diversidad de partidos en la representación parlamentaria es otro elemento que complejiza las alianzas y apoyos. Pero en síntesis, se mantiene hoy lo más importante para la elite nacional e intereses extranjeros: el rumbo económico y social (ajuste, privatizaciones, desregulación laboral, desmantelamiento de sectores claves de lo que se considera una potencia regional y mundial, etc.).

Por lo pronto, con respecto a la situación de Lula, aún en la cárcel el PT mantiene su candidatura y ya comenzó a hacer campaña muy activamente en las redes y se realizan actividades en las calles. El panorama es incierto, y la movilización de la sociedad en su apoyo puede ser un factor de presión importante. El ex Presidente tiene aún instancias judiciales a las cuales acudir, como también otras causas en las que sigue siendo investigado.

Podría ser candidato desde la cárcel como no (con un 40% de intención de voto frente al 18% del segundo más fuerte ganaría sin dudas en 1ra o 2da vuelta), podría ser liberado como no, también ser candidato y que entre la 1ra y 2da vuelta quede inhabilitado, y puede hasta llegar a ser Presidente y una vez en el cargo ser destituido. La otra carta, que el PT se niega por ahora mostrar o jugar, es presentar un candidato apoyado por Lula. Hipótesis de lo que puede ocurrir hay varias, pero habrá que seguir día a día para conocer el desenlace.

Todo está por verse y no es prudente hacer futurismo. Sí podemos tratar de comprender y analizar la situación del país, del sistema político y judicial y el contexto en el que suceden los hechos. Recordemos que nada de lo que pase o ha pasado en América Latina -y más a un gigante como Brasil- está desconectado de la puja geopolítica mundial, de las jugadas hemisféricas de EEUU y el interés por los recursos naturales de la región. Fue así durante la Guerra Fría y lo es también ahora. Verlo y comprenderlo sería una acción ciudadana positiva para conocer quiénes son y a quienes representan los distintos sectores políticos que compiten por el poder.