DIOS LOS CRÍA... Esmeralda Mitre y Darío Lopérfido, dos negacionistas del terrorismo de Estado junto a Macri.
DIOS LOS CRÍA... Esmeralda Mitre y Darío Lopérfido, dos negacionistas del terrorismo de Estado junto a Macri.

Imagino, de haber existido entonces, un televisor en una pulpería.

Los gauchos distrayéndose de los naipes para espiar lo que dice la pantalla, sin sonido. “El relato M”, escupe el zócalo, y los criollos que todavía no comprenden lo que está naciendo: el viejo Bartolomé, escribiendo la Historia hacia atrás con sus libros y moldeando la Historia presente con el Diario La Nación. Así fue todo. El sistema se perfeccionó de tal manera que en pleno siglo XXI la opinión pública –en teoría, más formada e informada que aquellos bárbaros de ginebra y facón- deglute sin masticar mentiras y canalladas de toda especie.

Y Esmeralda Mitre, para no traicionar su linaje, regresa a la teoría del negacionismo. Pero actriz como se define (¿actriz?), sabe lo que otra de las suyas predica, eso de que “el público se renueva”. Y le agrega una visión de CEO a la cuestión del genocidio. Como se falsea la cifra de 30.000, se derrochan (sic) nuestros impuestos en gente que está de más. Los desaparecidos como déficit en las cuentas públicas, vaya abordaje novedoso. El enfoque Mitre invierte la carga de la prueba: son las víctimas quienes deben dar cuentas. Podrían preguntarle a los genocidas, podrían colaborar –si tanto les interesa la certeza de la aritmética- pidiéndoles desde sus editoriales que digan dónde están los desaparecidos y quiénes fueron los matadores. La señorita de las tablas también relativizó los seis millones de víctimas del Holocausto, como quien busca ser coherente en su miseria.

El trasfondo es qué niegan los negadores, qué olvidan los olvidadores. Los negadores –los prolijos, no los ignorantes como la doña Esmeralda- no se atreven a decirle a un sobreviviente de Auszwitchque “tenga memoria completa y escuche también la versión de Hitler”. Los olvidadores no se suben al escenario de la calle Pasteur al 600 en un aniversario del atentado a la AMIA a pedirle a  las víctimas del ataque terrorista, a la comunidad judía y a la sociedad argentina toda que “dejen de mirar al pasado, miren para adelante, porque si no la Argentina no avanza”.

La negación de la dictadura cívico militar es el intento de olvidar la miseria planificada (el término es, acaso, el mayor tesoro que nos legó Rodolfo Walsh) que impusieron los genocidas. Como no pueden repetir su máquina de muerte, por lo menos no a gran escala, abogan por regar la semilla que sembraron a partir de marzo de 1976: aumento de la deuda externa, estatización de la deuda privada, destrucción de la industria nacional, fomento a la “timba” financiera, eliminación de toda oposición periodística, sindical y laboral decentes.

Hay una cosa que los negadores no pueden negar: que el olvido está lleno de memoria.

DIEGO PIETRAFESA