“Me paro en la cancha como en la vida”, dice la remera de La Nuestra, fútbol femenino. Las pibas que de la mano de Mónica Santino asoman la pelota al calor de la placita en la villa 31 hace ya más de 10 años. Una pelota que les enseñó que las cosas se defienden poniendo el cuerpo y que la mirada va erguida siempre, en la cancha y en la vida.

Foto Facebook La Nuestra Fútbol Femenino
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Donde sea que vayas, donde sea que llegues, de donde sea que vengas y luzcas, existe un idioma universal. Si sos tímida y no te animás a hablar con nadie, o no sabes, o quizás las palabras no te salen, tranquila. Hay un idioma en el que no las necesitas. Basta tirar una pelota en cualquier plaza del mundo que todo alrededor se ordena. Con palitos, señas y los dos pares de piedras que, como calabazas cenicientas, se convierten en travesaños brillantes erigen duplicados detallistas del estadio del Real Madrid en los barrios más pobres de cualquier ciudad.

Las pibas, aunque nos haya callado la historia, y nos deba la AFA cada año viáticos y sueldos, canchas y fixtures, ya no podemos ocultarlo más: estamos enamoradas de una gorda ruda que nos tiene a las patadas y nos lleva a culminar en los más orgásmicos finales: gol y el abrazo del equipo. Entrenamos en la canchita del barrio, miramos en las vidrieras carteras y botines, nos abstraemos en las clases dibujando jugadas con crucecitas y nuestros hijos todavía se sorprenden si te invade un Tano Pasman y le revoleas algo a la tele el domingo. Bueno, a la hinchada que muestra la tele, porque hasta eso nos recortaron.

El matrimonio entre fútbol y patriarcado es un mito que solo sostienen quienes se piensan dueños. Una mentira que se rompe en pedazos como el arco a la primera patada de Marta Vieira. Las futbolistas, las amantes del fútbol, las hinchas maniáticas que no se pierden la misa del domingo, son la contracara de una industria que explota y abusa de pibes e invisibiliza, como siempre, a los cuerpos feminizados.

Las existencias de las futbolistas son un claro ejemplo de la resiliencia que llevamos en nuestro ADN los sectores populares. Es oponerle a un mercado millonario la picardía de esa mancha redonda y barrosa en el vestido por el cual te van a regañar. Es oponerle a un sistema que te da como destino la cocina o la peluquería, la rebeldía de ocupar el espacio público. De pisar fuerte y amagarle al sistema.

¿Hay algo más revolucionario que decir que Dios nació en Lanús y pateaba en Fiorito? Tuvo también el privilegio de ser varón y gracias a eso se le asignó una pelota como derecho cultural. Yo me pregunto cuántas Messi habría si a cada Dieguita en el jardín de infantes le dieran la posibilidad de soñarse goleadora.

Por eso también es esta una práctica colectiva emancipadora. Primero por la potencialidad de los sueños, que no te exigen más que una pelota y deseo ardiente. Luego los secretos para jugar en cualquier cancha: mirar a la otra, aguantar la marca, poner el cuerpo, y siempre para adelante. Pero fundamentalmente y en especial a nosotras, nos obliga a ser conscientes que tenemos el mismo derecho a habitar, a jugar, y que el deporte es deporte y no sexismo. Nos obliga a arrebatar un espacio históricamente negado, la cancha, a pura fuerza de deseo. Porque queremos y podemos jugar. Igual que en la política. Nos enseña cuán indispensable es la compañera y cuanto necesitamos su asistencia. Nos explica que en equipo somos mejores. Igual que en la política.

* Andrea Conde es legisladora porteña y Presidenta de la Comisión de Mujer, Infancia, Adolescencia y Juventud