Hasta hace un tiempo, no sabía bien qué era un “troll”, aunque sí podía reconocerlo. Desconocía el alcance del término que se utiliza para hablar de esas cuentas que atosigan con maldad, descrédito y humillación constante sobre todo lo que hacemos en las redes sociales. Que surgen de la nada; que aparecen aún sin ser parte de los contactos asiduos que frecuentamos; que tienen un discurso estandarizado contra nuestras convicciones, y que se aferran con tanta saña a la descalificación. Que amparándose en el ejercicio de la libertad de expresión, salen solos o en patota a batallar contra cada postura, opinión, tema o planteo que se hace, aún en los casos en que lo hacen contra contenidos realmente muy interesantes. Parece entonces que estas cuentas no transitan fluídamente por las plataformas virtuales, aunque no hay dudas que son parte de la comunidad digital. Todo en su existencia radica en una cuestión básica: imponer sus posiciones; el fundamento es desacreditar, voltear, problematizar, generar malestar. 

El feminismo en redes sociales se ve objeto de trolling de una manera preferencial, y ni hablar las feministas como representantes, individualmente. 
 
Los trolls contra nosotras son especialmente peligrosos: al descrédito de la postura que sostenemos, le adicionan inmediatamente el ataque a nuestras calidades personales, a nuestra imagen, a nuestro trabajo diario y a cualesquiera sean nuestras luchas. ¿Qué pasa si una feminista es acosada por trolls? Rápidamente nuestra guardia se alza, y acto seguido nuestra reacción es el temor. No es simplemente una molestia para nosotras. Es una cuestión mucho más profunda, ya que los trolls no son solo cuentas creadas para pulular en oposición a nuestras voces sino que su impacto en nosotras es sin más, la reminiscencia de la violencia que sufrimos desde siempre por expresar nuestras ideas y sostener amplios frentes de batalla contra el machismo. Incluso fuera del mundo digital.
 
Por eso el “machitroll” – como llamamos en la jerga-, o “troll machista” no es un troll más. Es un personaje que refuerza la horda de subjetividades hegemónicas que nos quieren callar; otra voluntad detrás de una cuenta que quizás tenga un nombre falso o no, pocos o muchos seguidores, líneas partidarias marcadas o inidentificables, pero tan lesivo como cada macho que apunta certero a restringirnos en todo ámbito de nuestras vidas: en el trabajo, en una conferencia, en una cena familiar, en una reunión con amigxs, en un programa de televisión, en la calle. 
 
La violencia hacia nosotras está presente desde que se instala en la sociedad el uso de Internet para la vinculación interpersonal. Por eso el machismo en el plano virtual es tan lesivo y tiene tintes tan disciplinadores como en cualquier otro espacio. Ojo con esto. Un troll contra una feminista no es lo mismo que un troll contra la movida vegana o contra un político. Un troll contra una activista por los derechos de las mujeres es la forma más manifiesta de ver que también en Internet debemos cuidarnos, y que el mundo virtual es un lugar muy peligroso para nosotras también. 
 
Encontré hace muy poco la mejor definición de “troll” que había leído, y la comparto: “Troll: un usuario que se distingue por publicar contenido que cause malestar, sea grosero, provocador, discordante, irracional e incluso agresivo y hostil. Algunas veces lo hacen por dinero, y otras por placer.” Porque me hizo pensar. Y me hizo dar cuenta que no importa si la cuenta lleva un nombre apócrifo, falso, un seudónimo o un nombre verdadero. Importa la conducta que lleve esx usuarix para calificarle o no de “troll”. Todo ello tiene tanta relación con la “posverdad”, que me llevó a un planteo mucho más serio de la problemática. Y me dediqué a analizarla, como todo lo que hago, con perspectiva de género. 
 
Porque antes notaba el nivel de incidencia que estos comentarios -día a día y de decenas por hora-, causaba en nosotras. Pero me preguntaba a mí misma si este impacto se daba porque queríamos cuidar nuestra imagen, o si era porque nos daba vergüenza. Me preguntaba si era una cuestión de exageración propia el tomármelo a pecho, el que me duela. Me cuestionaba si era parte inexorable, inevitable de la interacción en la comunidad digital. Y siempre llegaba a la misma conclusión: “Es nuestro derecho no padecer estos embates; tenemos derecho a desenvolvernos en Internet sin violencia”. Y todo esto me llevaba directamente al artículo 2 inc. B de la Ley 26485 (Ley de Protección Integral a las Mujeres), que reza que tenemos derecho a una vida libre de violencia (machista). 
Y un razonamiento lleva al otro, y de repente me veo intentando darle un marco normativo y obviamente de forma correlativa, intentando encontrar el fundamento racional de nuestra necesidad de no sufrir todos los santos días de nuestro activismo online, tamaño arsenal de ataques como si fueran balas que nos lastiman, pero que no podemos evitar. 
 
Ello es exactamente lo mismo que hacemos respecto de cualquier otra situación de violencia machista en nuestras vidas: nos preguntamos ¿por qué a mi? Y luego ¿es un derecho de la otra persona en algún sentido? Por supuesto que la respuesta es NO. No es su derecho. Pero sí es nuestro derecho no padecerla; en otras palabras, que lxs demás no arremetan contra nosotras porque sí, porque les pinta, porque son libres y porque lo quieren hacer.

¿Cuál es el límite?
 
Entre expresar una opinión contraria e infundir miedo, hay una delgada línea cuya delimitación puede trazarse con perspectiva de género sin dificultades: cuando a una de nosotras nos imponen visiones disímiles en que se adiciona el componente autoritario y silenciador, sabemos que poco dista de ello el inicio de la persecución en cualquiera de sus formas. 
 
La persecución online no implica el mero hecho de recibir comentarios agresivos, no caigamos en simplismos; se sabe perfectamente cuando ello se transforma en acoso ya que se transgreden deliberada y dolosamente los límites de la libertad de expresión para pasar a una instancia en la que intentan sofocarnos pretendiendo la exclusión de nuestra presencia online, y dejando muy en claro que la eventualidad de ataques personales por fuera de Internet, no es lejana. Sin ir más lejos, y hablando en primera persona –siendo una activista full time online y offline por los derechos de las mujeres-, yo misma fui objeto de un trolleo preocupante hace poco más de un mes.
 
El inicio del mismo fue un twit en el que yo celebraba el cierre de la cuenta de un personaje equis en la red social Twitter (y otros componentes que para evitar las represalias nuevamente, me limito a referir someramente), que fue rápidamente recogido por el cuestionado personaje (a pesar que como lo tengo bloqueado de antes, no podía leerme).
 
Su técnica para acallar mi expresión y desacreditar lo que sostenía en dicho postulado, y lejos de mostrar la diferencia entre lo que yo manifesté, la reforzó: no sólo amenazó públicamente con iniciar acciones legales – frente a lo que como mínimo, es una forma útil de silenciar-, sino que instó a todos sus seguidores a expresarse contra (no mis palabras sino) mi persona. Si, contra mí. Por ser feminista. Por decir lo que no quería leer. Por encontrarse en una posición incómoda; que es justamente el respeto a la libertad de expresión que él mismo se jacta de llevar como bandera. Claro, la libertad de expresión es siempre para el macho. Qué osadía que la pretenda ejercer alguien que no ostente el privilegio del poder patriarcal. Qué poco feliz de mí decir lo que quiero decir en el ejercicio de mi libertad de expresión! 
 
No terminó acá la experiencia; instar hábilmente a un rebaño de seguidores tan machos como él al azote , llevó a que no sólo empiece una catarata de comentarios descalificadores hacia mi persona –ya ni siquiera hacían alusión a mis palabras en el twit-, sino a recibir mensajes privados con tintes amenazantes – de cuentas apócrifas que quién sabe de dónde habían salido, con pocos seguidores, sin fotos y llamativamente ensañados-, capturas de pantalla de tuits de mi autoría anteriores con encabezados insultantes y lo que es peor, e irremediablemente configurador del acoso referido que trajo aparejado un temor cierto de otras acciones de mayor calaña lesiva, la búsqueda de las personas con las que trabajo en la Fundación que presido, las capturas de pantalla de los perfiles en las cuentas de redes sociales de ellas, y una clara arenga a sus seguidores a mantener el frente de ataque hacia el bloqueo de nuestras cuentas; ello fue certeramente recogido por los respondedores circenses, y en breve la lluvia de alertas inundó nuestro equipo de trabajo. Nos obligó a reforzar la seguridad de nuestras redes sociales, mails y al bloqueo masivo de trolls que continuaban descargando contra nosotras las acciones sugeridas por el “macho disciplinador”.
 
El que además se aseguró no quedar expuesto y hábilmente –procurando el cuidado hasta de las palabras que utilizó-, se colocó en una situación de “víctima de un ataque”; la realidad es que las que debimos soportar el efecto traumático fuimos nosotras, casi a lo largo de una semana entera. Hasta llegamos a recibir mensajes de contactos y articulaciones de otras organizaciones expresando apoyo, ya que también nos enteramos que alguno de los seguidores del macho incitador, nos había buscado en el padrón de abogadxs, publicando nuestros datos profesionales (domicilio laboral, teléfonos, matrícula). 
 
Así funcionó a la perfección el trolleo. Y el efecto se cumplió a rajatabla: una semana recibiendo agresiones online, preocupadas por cualquier embate que pudiera tener por fuera de las redes, y vislumbrando la posibilidad de accionar judicialmente. Lamentable por donde se lo mire. Y peligrosísimo: no fue solamente el intento de ejecución pública. También fue la deshonra a nuestro trabajo, acompañado del mote “fascistas”, “fascista de género”. En definitiva, no sólo la configuración de injurias sino la existencia de amenazas online. En un claro posicionamiento “adoctrinador” del que se mostró en situación de `damnificado´ en primer término.
 
Eso, gente, es el machismo. Y en Internet ocurre tanto como en la vida analógica. Se infundió el miedo, se logró callarnos, se advirtió maquiavélicamente sobre las consecuencias para el caso de desafiar al poder hegemónico, se apretó nuestra libertad de expresión por el cuello: con manos de hombres, múltiples, que brotaron para accionar enérgicamente a favor del “atacado”. Atacando. Reprimiendo. Exponiendo. Censurando. Amenazando. Avasallando. 
 
El límite es, en definitiva, la violencia. Y ninguna de nosotras, las mujeres que padecemos violencia por ser mujeres -proferida por el machismo recalcitrante que sólo quiere conservar su poderío en el exceso que se le de la gana-, desde que somos niñas y a lo largo de toda nuestra vida, dudamos en reconocer. La violencia en síntesis es eso que sentimos cuando sabemos que si nos movemos por fuera del espacio que el machismo nos otorga –como una concesión que debemos agradecer-, recibiremos sin prefacios: el golpe moralizador para retornarnos a aquél reducto en el que no deberemos existir, si no es para su estricto placer y servicio.
 
Con motivo de este episodio y de todos los que padecemos a diario por librexpresarnos en Internet, desde Fundación Activismo Feminista Digital hicimos un video. Tan crudo de ver como de escuchar. Con comentarios reales, que recogimos y seleccionamos durante casi dos meses. Las voces del video son de nuestros padres, hermanos y amigos. Pero los mensajes provienen del machismo en que estamos inmersxs. Una forma de visibilizar, una vez más y con la esperanza que esto sea al menos el puntapié para el autoreplanteo de cada macho que cree que las palabras son libertad de expresión. Repudiamos firmemente dicha excusa utilizada para encubrir la violencia simbólica, verbal, psicológica y mediática. El machismo en Internet es censura. 
Y nosotras, también en Internet, queremos ser libres. 
 
Basta de violencia de género digital! Te invitamos a ver el material de nuestra nueva campaña. 

La Dra. Marina Benítez Demtschenko es Abogada. Especialista en Derecho Informático con Perspectiva de Género  Presidenta de Fundación Activismo Feminista Digital.