Sociedad

Mirá qué distintas somos

Basta con googlear “amenazas pañuelos verdes” y el buscador nos presenta una larga y cruda lista de violencias en el marco de un debate tan joven en el caldo de lo masivo como lo es el del aborto.   

Foto: Campaña Aborto Legal.
Foto: Campaña Aborto Legal.

Basta con googlear “amenazas pañuelos verdes” y el buscador nos presenta una larga y cruda lista de violencias en el marco de un debate tan joven en el caldo de lo masivo como lo es el del aborto. Los métodos de disciplinamiento del sector conservador nos retrotraen a nuestra propia historia de miserias en medio de una escalada de violencia conducida que existe y se evidencia en nuestros cuerpos.

Brotaron casos a lo largo y ancho del país de patotas golpeando cruelmente a adolescentes por portar el pañuelo verde, directivos de colegios persiguiendo estudiantes, instituciones médicas dirigidas por autoridades que amenazan con torturar a quienes vayan a “sus” clínicas a abortar. ¿Es que no tiene límites la violencia? ¿No es suficiente con manipular nuestros cuerpos?

Esta semana fue Claudia Piñeiro, la prestigiosa escritora, quien sufrió un ataque extorsivo por parte de quienes dicen “defender la vida”. Le quisieron prohibir entrevistar al escritor Padura por ser “militante abortista” y extorsionaron sin pruritos a la empresa OSDE (quien la habría contratado) con dar de baja su suscripción.

La semana pasada atacaron 3 locales del partido Nuevo Encuentro en la Ciudad y los llenaron de inscripciones que decían “abortistas se las vamos a cobrar”. Rompieron vidrios, marquesinas, pizarrones. Nos amenazaron y se fueron con la sed revanchista que “nos quiere cobrar caro” nuestra construcción desde hace años de consejerías de aborto seguro, que disputa la libertad y la autonomía para las mujeres.

En la calle persiguen y golpean. En patotas te tiran desde los colectivos. Por redes insultan, amenazan mientras se arrogan el derecho y la ternura de “defender la vida”.

Médicos y médicas cabecillas de instituciones y unidades hospitalarias prometen torturar mujeres que pasen por sus manos para abortar. Policías, sí, y también funcionarios públicos, amenazan con “hacer puntería sobre los pañuelos verdes”.

En la calle persiguen y golpean. En patotas te tiran desde los colectivos. Por redes insultan, amenazan mientras se arrogan el derecho y la ternura de “defender la vida”. Como si no fueran ellos quienes censuran y cercenan libertades, quienes nos pretenden máquinas incubadoras y empujan a una niña de 14 años a intentar suicidarse tirándose de la ventana de un hospital por no soportar la tortura física y psíquica de llevar adelante un embarazo no deseado.

“Puta, abortera, hubieras pensado antes, hubieras cerrado las piernas, no quiero andar pagando con mis impuestos tu descuido”. Por supuesto el eje del ensañamiento es siempre la mujer joven que toma sus propias decisiones y a quien se le atribuye la única responsabilidad de la tarea reproductiva. El supuesto “destino biológico” al que Margaret Atwood se refiere en una novela tan cruda como posible como “El cuento de la criada”. Y aparece así el castigo por el pleno ejercicio de sus libertades sexuales. Para los varones, todo sigue igual que siempre.

Esta crecida de violencia es la esencia del patriarcado que busca seguir imponiendo mandatos sobre las mujeres.

Cuando lo que está en juego es ampliar derechos, aparece el odio de quienes portan los privilegios. Y junto a ello, también aparece el modus operandi extorsivo, profundamente misógino y violento con el que tradicionalmente suelen manejarse ciertos sectores de nuestro país. Desde bombardear Plaza de Mayo hasta nuestros días, es la historia de la desigualdad institucionalizada. Es el peso que soporta cada movimiento que se sabe emancipador.

Aunque muchas veces el miedo sea por la seguridad física, lo simbólico del poder que ostentan y sus métodos lo convierte en violencia política. Esta crecida de violencia, que muchas veces parece estar orquestada sobre la base de la intolerancia que comparten quienes se niegan a reconocer derechos y libertades ajenos, es la esencia del patriarcado que busca seguir imponiendo mandatos sobre las mujeres.

El resultado es que rápidamente quienes ejercen la violencia celeste, se van exponiendo con total impunidad. Se manifiestan públicamente aquellos que ocupan lugares de poder, o cumplen una función publica y de este modo se hace visible quiénes son los que hoy por hoy garantizan que un estado laico no sea tan laico, que la medicina jerarquice ciertos cuerpos, y ante todo que si pensás diferente, no tenés derecho a existir.

Pero el movimiento feminista está más fuerte que nunca. Más nutrido que nunca. Porque el feminismo es un movimiento que vino a redistribuirlo todo. A liberarlo todo. A romper con los mandatos, a conquistar derechos para las mujeres y también para todas las identidades que han sido históricamente discriminadas, ignoradas, invisibilizadas. Porque el feminismo vino a construir igualdad y a derribar ladrillo por ladrillo el patriarcado de nuestros cuerpos y nuestra sociedad.

Andrea Conde es legisladora porteña (Unidad Ciudadana – Nuevo Encuentro) y Presidenta de la Comisión de Mujer, Infancia, Adolescencia y Juventud.

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