La sororidad en el "Día del amigo"
La sororidad en el "Día del amigo"

Desde una luz brillando en la oscuridad, hasta quien dice que puede tener un millón. Una mentira. Cada 20 de julio florecen los clichés, tazas y llaveros que nunca nadie va a usar. A cada día comercial en que el mercado intenta inmiscuirse en la intimidad y normativizar nuestros vínculos, podemos oponerle verdad.

A veces, un día para recordarnos y festejarnos no está mal. Lo triste es que sea un solo día, una sola vez al año, bajo la dictadura del 2x1 en Las Cañitas o las rosas que parecen de pronto florecer. Pero las rosas florecen todo el año y nuestros afectos también. Es nuestra la decisión de hacernos el espacio, de regar con ternura, de llenar de cuidados cada vínculo que podamos generar con el otro, la otra.

Día de la mujer, de la madre, de los amigos, día del novio y de la novia, del hermano, y hasta de la mascota. Nos llenan la góndola de vínculos en oferta para vaciar de sentido lo más significativo que tenemos: sentir por otro, con otro, estar juntos. Capitalismo le dicen. Vacía el mundo de nuestros sentidos para llenarlo con otros que nos son ajenos, foráneos, sólo funcionales a su sistema. Patriarcado le dicen.

Miércoles: Ladies night. Jueves: día de machos. Quienes no entramos en esas categorías nos quedamos sin fiestas, sin superpromo y con la astilla punzante de nunca pertenecer. También quienes no son madres biológicas, y sin embargo maternan generando vínculos maravillosos. Y quienes no te acompañan al boliche, pero están ahí para acompañarte la noche en que tomás misoprostol para abortar. Quienes te cuidan en la calle aunque no se conozcan y vos nunca te enteres.

El desafío, entonces, es no opacar nunca la multiplicidad enorme de vínculos que generamos y que de ninguna manera entran en los casilleros de un calendario. Mucho menos en categorías. Reconocer que las maneras de relacionarnos mutan, se expanden o contraen, cambian su dinamismo. Que son diversas sus calidades: de lo sexoafectivo a lo puramente afectivo, de lo maternal al compañerismo, de vernos todo los días a dos veces por año y que tengamos la capacidad de que todo siga igual.

"Uno a uno pelear los sentidos y las jerarquías de los vínculos que establecemos, para descubrir que al fin y al cabo el patrón común es la solidaridad"

¿Cuándo es que “te convertís” en “amiga de”? ¿Mandás una solicitud? Y a partir de allí, ¿qué nos debemos? Lo revolucionario en esta época de likes y amistades a distancia de click es dar la batalla de los sentidos y los sentimientos. Dar la batalla de poder sentir sin que el significante opere sobre el significado. Amar pleno y después, en todo caso, inventar un nombre que pueda representarlo.

Sororidad fue el nombre que le pusimos a este fenómeno hermoso de reconocer alianzas, puentes, manos tendidas en donde sólo se nos pretende imponer competencia. De tender redes transoceánicas que nos unen.

Lesbianismo prefieren llamarle algunas al proceso político en que las pibas aman a las pibas y entienden que eso es potencia revolucionaria.

Compañerismo, sentirse juntos, aunque nos encuentre por primera vez una plaza y una causa, y sin embargo, poder comprender nuestros tránsitos como similares. Como decía un grande: aunque no seamos parientes cercanos, temblar de indignación ante cada injusticia nos vuelve compañeros.

Uno a uno pelear los sentidos y las jerarquías de los vínculos que establecemos, para descubrir que al fin y al cabo el patrón común es la solidaridad. Que al fin al cabo la patria es la otra. Que al fin y al cabo, poder amar sin casilleros es lo que nos merecemos.

Ojalá el viernes que pasó y cada viernes, cada día, nos encontremos para abrazarnos e inventar nuevas formas de querernos y sostenernos en tiempos neoliberales. Pero eso sí, que nunca dejemos de festejarnos.

Andrea Conde es legisladora porteña (Unidad Ciudadana – Nuevo Encuentro) y Presidenta de la Comisión de Mujer, Infancia, Adolescencia y Juventud.