Después de 3 años ya nos conocemos las mañas. El macrismo juega con la sorpresa del campo popular frente a la ferocidad con la que arrasa cada derecho que (mal) pensamos adquirido. Tiene el quirófano listo con las operaciones programadas de acá a diciembre 2019 y además, por las dudas, siempre algunas fotocopias de fotocopias extra que perite un amigo de turno para armar una mega causa sin pruebas y muchos presos.

Foto: Alelí Alegría Cuba
Foto: Alelí Alegría Cuba



Reflotar mártires suicidas, seguir rutas de dinero que terminan en sus propias offshores, poner cara de inocente, el chiste tonto  y hablar de un “problemita como un escape de gas” o en su defecto fenómenos meteorológicos. El manual Durán Barba. Y así nos tienen jugando en la cancha que ellos planifican, dentro de sus métricas, mientras entre el control casi absoluto de los medios hegemónicos y el delivery de causas en Comodoro Py nos dejan sitiados.

La máscara del macrismo tiene fisuras irreparables, con el tiempo se evidencia, pero nos urge encontrar un armado político, una consigna universal y transversal que permita saltear las barreras partidarias de cara a la unificación del campo popular pero que ante todo ponga sobre la mesa una nueva manera de hacer política y de reconstruir lazos sociales. Que sea símbolo de justicia, que renueve el contrato y la confianza entre quienes representamos y quienes son representades.

Esa “nueva” forma de hacer política y reconstruir lazos sociales existe. Sorpresa para el macrismo. Se llama feminismo. Ha logrado una fractura del macrismo en su base política, el establishment conservador y los segmentos populares que responden al orden conservador eclesiástico. Ha logrado la única victoria (media victoria en realidad aún) en la que, alineados partidos de todo el arco político de la Argentina bajo la bandera verde, reactivan la maquinaria de los grandes consensos.

Pero ante todo hay que decir que el peor error del macrismo fue subestimarnos, fue oxigenar una llama pensando que “la cuestión de género” no era para tanto.

Desde Troya hasta nuestros días, unos tras otros los grandes estrategas advierten el peligro inminente de subestimar al enemigo. Históricamente, nos asignan el rol de subsecretaría de alguna oficina de Desarrollo Social, en el hogar nos mandan a lavar los platos, en las oficinas a llevar café y sin embargo y subterránea nuestra lucha recoge más de 15 años preparándonos para este momento.

La campaña por el aborto, las consejerías de aborto con misoprostol, las redes que tejimos entre compañeras fomentando cuidados, facilitando información, aprendiendo de todas con la única premisa de “nos necesitamos todas” fueron el puntapié inicial que habla mucho más que una nueva manera de hacer política y que lejos está de perseguir tan solo nuestro derecho a elegir sobre nuestros cuerpos.

El feminismo es transversal porque hablamos de una justicia que comienza en el hogar y está dispuesta a cuestionar todo, funcionando como puente para que arriben siempre nuevas compañeras. Las opresiones hacia nuestros cuerpos son múltiples, paralelas y cotidianas, por eso la clase social no es el único motor y nos permite encontrar aliadas incluso en las filas enemigas capaces de dar el salto. Por eso el feminismo también es esperanza.

Nada puede detener la potencia que generan las miradas en las calles cuando vemos en la mochila de al lado un pañuelo verde. Nos sabemos compañeras y eso derrumba la base del patriarcado.  No hay una sola referente que puedan encarcelar para acabar con el movimiento de mujeres,  ni lugar a donde dirigir operaciones, somos miles. Un movimiento orgánico a sí mismo, oblicuo, popular y de base que no tiene miedo de aprender de la compañera ni de crecer con ella.

Actualizamos la consigna de justicia social incorporando una dinámica nueva que viene a refundar los pactos. Porque el feminismo se sabe un movimiento cuya fuerza reside en la solidaridad, en la unión, en la convicción profunda por enderezar la balanza para el lado de la igualdad.

Nosotras, las subestimadas y locas, como aquellas otras locas de la Plaza, también pensamos que “Sí se puede”. Sí se puede hacerle un paro a Macri y se lo hicimos las mujeres. Porque el feminismo es un movimiento que vino a redistribuirlo todo. A liberarlo todo. A romper con los mandatos, a conquistar derechos para las mujeres y también para todas las identidades que han sido históricamente discriminadas, ignoradas, invisibilizadas.

La convergencia de las bases populares como estrategia y antinomia macrista ya tiene cuerpo y también fecha: el 8 de agosto. Millones en la calle haciendo lo que mejor nos hace, recuperar la capacidad de proyectar un futuro: una ciudad, y un país que tendrá que ser feminista, inclusivo e irreverente ante lo estanco. El 8 de agosto, por supuesto, es el comienzo. Que no queden dudas: recién estamos empezando. 

* Andrea Conde es legisladora porteña (Unidad Ciudadana – Nuevo Encuentro) y Presidenta de la Comisión de Mujer, Infancia, Adolescencia y Juventud.