Armas en EEUU: el autoengaño de la libertad
Armas en EEUU: el autoengaño de la libertad

Mientras el debate público sobre el control de armas en Estados Unidos da vueltas alrededor de la salud mental, antecedentes, límites de edad, tipos permitidos, la historia, las legislaciones comparadas entre los estados -sin resultados concretos que ayuden a morigerar esta verdadera epidemia en el país-, hay información, ejemplos recientes y algunas reflexiones que debemos tener en cuenta para comprender las dificultades -y posibilidades- que presenta el fenómeno, el cual afecta también a los países cercanos a la Superpotencia.

El debate lleva ya largas décadas, con algunas regulaciones y desregulaciones en el camino desde el establecimiento de la 2da enmienda allá por 1791 (por temor a una invasión inglesa o a una posible derivación en “tiranía” del gobierno federal). Pero tengamos en claro un hecho estadístico reciente: entre 1994 y 2004, Bill Clinton prohibió la fabricación, transferencia y posesión de algunas armas semiautomáticas (entre ellas la AR15 y AK47 con alto poder de fuego), y las muertes en tiroteos disminuyeron un 40%. Al no ser renovada, aumentaron un 180% los decesos, y también se produjeron más masacres. La permisión y uso de armas de guerra adaptadas al uso civil es una de las claves del problema y ningún mandatario quiso o pudo volver a establecer controles significativos, ni siquiera Obama. Y todos conocemos hoy la posición de Donald Trump y el Congreso dominado por los republicanos.

Hay algo también cierto: el negocio de las armas contribuyó a la recuperación económica norteamericana a lo largo de su historia, tanto por las cuantiosas exportaciones como por el mercado interno. El volumen de ventas al exterior supera anualmente los U$S 40.000 millones (USA es el 1er. exportador mundial), mientras que a nivel interno representa más de U$S 8.000 millones. Es un monto aproximado brindado por especialistas ya que no se publican datos oficiales, seguramente la cifra sea superior. Y si se suma el mercado ilegal –también multimillonario- el monto sería mayor a los U$S 10 mil millones (el tráfico de armas a México es enorme, y se roban alrededor de 400 mil al año en EEUU).

Hay más de 390 millones de armas en el país. Más que habitantes. Los locales de venta superan ampliamente los 60.000, son más establecimientos que McDonald´s, Starbucks y otras cadenas populares. Cerca de la mitad de las armas que hay en el mundo están en manos de civiles de EEUU, de las legales. El mercado ilegal y el de fabricación casera (está permitido que uno se confeccione su propia pistola o fusil mientras sea del tipo permitido) suma enormes cantidades. Hoy se pueden encontrar en internet y descargar de manera gratuita diseños para fabricar fusiles en impresoras 3D, aunque recientemente se haya limitado. De todos modos, esta modalidad es difícil de controlar.

El mercado interno es básicamente incontrolable, así como la fuerza de lobby de la NRA y las grandes fábricas de armamento, que aportan millones de dólares a las campañas electorales de congresistas (también candidatos a Presidente) que luego bloquean los intentos de mayores limitaciones. Mientras tanto, más de un 60% de los ciudadanos está de acuerdo con que haya más controles, pero los lobistas tienen mayor poder. No existe aquí el control democrático del problema.

Para los defensores de la 2da enmienda, tener un arma es hacer patria, es ser “responsable”, es “defender el país” y a “los suyos”, es ser “un buen ciudadano”. Existe una conocida admiración por el militarismo y un curioso entendimiento del “heroísmo” en parte significativa de la población norteamericana. De hecho algunas ciudades como Virgin (Utah), Nelson y Kennesaw (Georgia), determinaron como obligatorio para sus ciudadanos tener un arma. Sí, aunque parezca ilógico, es obligatorio para todo el que cumpla con las condiciones legales. Con mayor “timidez”, Spring City (Utah), solo lo recomienda.

Para otros tantos -la mayoría-, detractores de la excesiva permisividad, hay una manipulación perversa del miedo por parte de los intereses creados (económicos y dominantes), a través de los medios de comunicación y otros recursos, del temor al otro en una sociedad individualista, pero mal entendida. No aquel individualismo que promueve el desarrollo personal en libertad, sino uno que aísla, que encierra, que genera una especie de aversión al prójimo que de momento a otro puede tener una actitud violenta o delictiva, y por ello “es necesario estar armado, para defenderse”. Con esta base, las películas, series y videojuegos echan leña al fuego. Uno de los grandes problemas es la combinación entre la cultura de la violencia y el miedo inoculado. Se suman al combo dosis de egoísmo, individualismo, exclusión, racismo (una persona de color tiene mayores probabilidades de recibir un disparo que un blanco), el vacío y la incertidumbre general, el deseo de ser y tener, de Poder, de figurar cueste lo que cueste, la ansiedad y la depresión.

Las interpretaciones de la segunda enmienda (“siendo necesaria una milicia bien regulada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del pueblo a poseer y portar armas, no será infringido”) se fueron pervirtiendo hasta sufrir hoy Estados Unidos una verdadera epidemia de armas, incluidas las adaptaciones de las utilizadas en tiempos de guerra. El rifle AR-15, el más utilizado en las matanzas y que más muertes puede provocar por su efectividad (una semiautomática puede disparar hasta 30 balas por minuto -con dispositivos que aceleran los disparos 100 y más-), proviene de una adaptación del rifle M16 que fue utilizado por el ejército de EEUU en la guerra de Vietnam.

Pero por ahora, y creería que por mucho tiempo más, el negocio está primero, y claro está, antes que la vida de los estadounidenses. Más de 30.000 personas mueren por año por armas de fuego, entre suicidios, asesinatos y accidentes (más muertos que en México). 3 mil de ellos son niños, fallece un menor cada 3 horas. Hay en promedio un tiroteo por día (entre masivos y no masivos). Y lastimosamente, para muchos es algo naturalizado.

Mientras se instala en el país el miedo a lo externo (inmigrantes, Irán, Rusia, terrorismo islámico, etc.) miles de norteamericanos se asesinan entre ellos. EEUU tuvo en las últimas décadas más muertes por armas de fuego dentro del territorio que las sufridas en todas las guerras en las que ha participado en su historia, sumadas las de los atentados terroristas dentro del país. Cuenta aquí, claro, el 11S.

¿Está acaso el país en guerra contra sí mismo? ¿Prolifera el terrorismo doméstico? ¿El sistema ha enfermado a su sociedad con la misma violencia que ha practicado en el exterior a lo largo de sus años de guerras e intervenciones armadas? ¿Es una sociedad violenta, provocado esto por el miedo, la incertidumbre, la presión social, la adicción a los psicofármacos, el vació, una vida sin sentido que experimentan muchos ciudadanos? ¿Es posible esto en el país de la libertad? O será que bajo esa declamada libertad muchos viven encerrados en sus temores que a su vez promueven acciones y reacciones violentas. Pero mientras más del 60% de la población desea un mayor control de armamentos, por lo menos similar al impuesto por Clinton en 1994, los fabricantes, comerciantes y el lobby de la NRA y otras organizaciones -quienes más se benefician de esta realidad- pueden más que la mayor parte de la ciudadanía, tergiversando al sistema democrático.

Mientras tanto, esta breve anécdota grafica en gran parte lo que sucede. A sólo 3 días del tiroteo en la escuela de Parkland(Florida) que dejó en el día de San Valentín (14F) 17 muertos en manos de un ex alumno, se convocaba cerca de allí (en Miami) al “Florida Gunn Show”, una de las 5.000 ferias de armamento que se realizan al año en el país: “entrada U$S 13, menores de 12 años entran gratis”. La vedette y más promocionada, la AR15, utilizada por Nikolas Cruz para atacar la escuela días antes a unos 45 km de allí. Las ventas, un éxito y más del esperado, sobre todo, por si algún presidente insensato quiere prohibir el fusil del momento sólo para cuidar la vida de los ciudadanos.