Iglesia y Estado, asuntos separados
Iglesia y Estado, asuntos separados
El feminismo es así: vamos por todo y de eso no hay dudas. Repetimos como mantra “somos las nietas de todas las brujas que no pudiste quemar”, y cierto es que encontramos a través de la historia de nuestros cuerpos cercenados, de nuestros derechos reducidos, de nuestras identidades vulneradas la resiliencia de aquéllas que estuvieron antes y que pelearon nuestras mismas batallas.
 
De la inquisición a la “guerra justa”, desde las imposiciones cotidianas y la veneración a la sumisión que pregonan instituciones en nombre de una fe, desde las llamas de las hogueras con mujeres calcinadas por ser libres hasta estos días, aún duelen esos rosarios en nuestros ovarios y las cruces en nuestras gargantas para imponer el silencio sepulcral. Sí, ante todo calladas nos necesitan.  
 
Hace más de 63 años, Delia Parodi, la primera diputada mujer, tomaba por primera vez la palabra en el Congreso. Una mujer disputando política pública, en el seno de una institución donde se ha llegado a discutir el peso de nuestro cerebro en relación al de los hombres como excusa para no soltar privilegios. 
 
Por supuesto la fuerza política revolucionaria de nuestra historia, el peronismo, llegó para discutir todo. Cuando nadie las oía, Evita, armó una plataforma de mujeres que en red a lo largo de toda nuestra Argentina atravesaron lagunas caminando para llegar a las otras. Para incluirnos a todas arrojando una ley en 1947 que nos permitió votar y ser elegidas para representar. 
 
El partido peronista femenino, así se llamó. Si nos corremos de la discusión semántica, podríamos decir el partido peronista feminista por su práctica emancipatoria, por el quiebre de sentidos patriarcales, pero ante todo por la batalla irrenunciable que llevó a cabo ante los privilegios sexo genéricos en materia de representación y derechos políticos, sociales, económicos. 
 
¿Qué discutían las peronistas feministas en el Congreso? El 18 de mayo de 1955, Delia Parodi se paró ante una cámara llena de diputados, con O, todos varones, a decir lo que nadie se había animado antes. Fue una mujer peronista la que fundamenta con el tenor que se requiere la ley de Culto en Argentina. Sin pañuelo naranja o verde, sin marco teórico, sin otra vocación que suprimir los privilegios materiales y el sectarismo, dice en su banca: 
 
“Las iglesias deben sostenerse con el alma de sus fieles y no con el dinero del pueblo (...) La historia prueba que las grandes religiones han sido campeonas de la idea de tolerancia pero al oficializarse fueron los núcleos más regresivos e intolerantes. (...) El culto oficializado siempre ha convertido al Estado en un instrumento para subsistir ante todo adelanto y renovación de ideas”
 
Si hubiese sabido Delia que en un mes esa misma iglesia de la que habla junto a aliados militares y oligarcas estaría bombardeando Plaza de Mayo, a 10 cuadras de su banca. Si hubiese sabido que por supuesto metódicamente la institución católica va a negar cada uno de los derechos que la ciudadanía proclama: divorcio, matrimonio igualitario, ley de educación sexual integral, hasta llegar hasta nuestros días: la interrupción voluntaria del embarazo. Si hubiese sabido ella la lucidez y actualidad de sus palabras. O quizás lo supo y de ahí su osadía. 
 
“Usar la fe como escudo para meter las manos en las arcas del Estado” acusa, con dureza. “el día que se desnuden de joyas el altar, de lujos el templo y de ostentación mundana sus ministros, la impureza de los profanos no contaminará más la pureza de lo sacro.” 
Lo justo, ni más ni menos. Que todos los cultos valgan lo mismo, que seamos libres de creer y también de decidir. Que el presupuesto clerical que hoy paga sueldos a funcionarios de la iglesia católica sea asignado, como reparación histórica, a prevenir y erradicar la violencia de género, la trata de personas, los femicidios. Que los presupuestos ínfimos de hoy, y cada vez más chicos en este contexto macrista sean finalmente ejecutados y no letra muerta. Que sean cada vez más dignas nuestras vidas. Nos lo deben patriarcado y religión. 
 
Fuimos, y somos miles las que a través de la historia hemos denunciado las injusticias y arrancándonos el velo de la culpa católica hemos gritado nuestra verdad. La historia, aunque sutil, nos une como constelaciones en la noche. Fuimos Juana, Eva, Delia. Fuimos Diana Sacayán, Vero Marzano, y cada una que aunque entre las cuatro paredes de su hogar pudo decir: basta. Somos nosotras oponiéndole a la siempre vetusta casta de privilegiados la resistencia de quienes creemos que esta puede ser una realidad mejor para todos y para todas. Justicia social lo llamamos las peronistas.
 
Nadie mejor que Delia hoy para expresar en una frase escrita hace 63 años lo que hoy seguimos pidiendo: 
“Señor presidente, señoras y señores diputados, pido a todos los diputados que sancionen la reforma auspiciada por el pueblo: para que en la Argentina se consagren la igualdad de cultos y para que nuestra iglesia tradicional se enorgullezca de mantenerse por sí y de perdurar incólume. Multitud de jóvenes argentinas venideras rendirán a esta reforma el más fervoroso de los tributos de agradecimiento.”
 
Que sea ley
 
Andrea Conde es legisladora porteña (Unidad Ciudadana – Nuevo Encuentro) y Presidenta de la Comisión de Mujer, Infancia, Adolescencia y Juventud.