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Masacre de Tlatlelolco, crimen de Estado

Alejandro C. Tarruella

Todos los 2 de octubre en todo el mundo se exige Verdad y Justicia. Hace 50 años francotiradores de la policia y el ejército de México desataron contra los estudiantes el caos, el terror para dar lugar a un relato oficial de criminalización de la protesta. Los asesinatos prosiguieron con detenciones arbitrarias y tortura.

Tlatelolco
Tlatelolco

La oscuridad engendra la violencia
y la violencia pide oscuridad
para cuajar el crimen.
Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche
para que nadie viera la mano que empuñaba
el arma, sino sólo su efecto de relámpago.

¿Y a esa luz, breve y lívida, quién? ¿Quién es el que mata?
¿Quiénes los que agonizan, los que mueren?
¿Los que huyen sin zapatos?
¿Los que van a caer al pozo de una cárcel?
¿Los que se pudren en el hospital?
¿Los que se quedan mudos, para siempre, de espanto?
Rosario Castellanos “Memorial de Tlatlelolco”

En la última semana de septiembre, cuando la masacre de Tlatlelolco se avecinaba en las agendas de la historia,al cumplirse 50 años de su ejecución, un órgano del Estado mexicano sacudía la modorra del sistema, y establecía que la matanza y represión sufrida por el movimiento estudiantil en octubre de1968,fue un crimen de Estado.

Fue en el coloquio internacional “Ciudadanías en Movimiento M68”, que se desarrolló en el Centro Cultural Tlatelolco, donde el secretario de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV), Jaime Rochín, dio a la luz pública la resolución de la primera reparación colectiva ante un hecho que sacudió al mundo y ante el cual el Estado Mexicano, no actuó y negó la justicia para las víctimas.Y fue crimen de Estado porque se recurrió a francotiradores con el objetivo degenerar caos, terror y dar lugar a un relato oficial que criminalizara la protesta. La masacre prosiguió luego del 2 de octubre en Tlatelolco, con detenciones arbitrarias y tortura, estableció Rochín.

Los hechos se precipitaron el 2 de octubre de 1968 cuando el gobierno del presidente Luis Díaz Ordaz, ordenó disparar contra miles de estudiantes que se manifestaban en la Plaza de Tatlelolco de la capital mexicana, y provocó la muerte de más de 300 muertos.Luis Echeverría, secretario de gobernación y entonces futuro presidente de México, habría sido quien dio la orden de disparar.

“No era tolerable que una verdadera multitud que oscilaba entre trescientas y seiscientas mil personas desfilara por las principales avenidas de México, el Paseo de la Reforma, Juárez, Cinco de Mayo, llevando mantas y pancartas que se mofaban del "principio de autoridad". Había que aplastar la protesta estudiantil que hacía tambalearse el statu quo, el PRI, el sindicalismo charro, la “moimza”, le había expresado Eduardo Valle Espinoza, Buho, delegado de la Escuela Nacional de Economía de la UNAM ante el CNH Comité Nacional de Huelga), que fue preso en Lecumberri, a Elena Poniatowska, quien lo unió a sus testimonios de “La noche de Tatlelolco”, el libro histórico que recorrería el mundo denunciando la masacre.

1968 fue un año de adversidades en diferentes zonas del mundo. Eric Hobsbawm explicó que la revuelta estudiantil de fines de los años sesenta, fue un fenómeno global, debido a que si bien era parte de la tradición del internacionalismo revolucionario, por primera vez el mundo se trataba de un movimiento de carácter global.En París estallaba el Mayo Francés desde una rebelión estudiantil, en agosto, la Unión Soviética invadía Checoeslovaquia. En Argentina nacía una central sindical alternativa, la CGT de los Argentinos, se constituía el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, que solidarizó con las luchas obreras y estudiantiles. En la cultura, los artistas plásticos, rompían con la entidad de vanguardia el Instituto Di Tella, e instalaban respuestas de arte conceptual como “Tucumán arde”, en la sede de la CGTAde los Argentinos de esa provincia. En septiembre, en el segundo aniversario del estudiante obrero Santiago Pampillón, la CGTA, se hizo en Córdoba una semana de protesta que fue brutalmente reprimida. México no era ajeno a ese estado de cosas.

Las Olimpíadas de la muerte

Se esperaba en ese país, la celebración de las Olimpiadas iban a celebrarse en su capital, primera ciudad latinoamericana que las organizaba. Se había inaugurado el tramo mexicano de la ruta Panamericana y el aeropuerto internacional. El pebetero olímpico sería encendido por primera vez por una mujer, la atleta Enriqueta Basilio. En el país, el estudiantado, que vivía diferentes experiencias que se verificaban en el mundo, el Mayo Francés una de ellas como lo había sido unos años antes, la revolución cubana, exigía más libertades para un sistema autoritario, corrupto y además, significativamente violento al punto que adoptaba formas ilegales de organización que se habrían de exponer en toda América en la década del ‘70.

En el gobierno, acostumbrado a resolver muchos de los asuntos sociales sobre la base de la paranoia que abría los cauces de la violencia, observaba los reclamos de las nuevas generaciones de estudiantes, desde la óptica de los represores. Diez días antes de la inauguración de los Juegos, la sangre teñiría las calles de la capital mexicana porque el orden del gobierno, era también el orden de sus esbirros adoctrinados para la muerte. El primer día de octubre, el Ejército había recibidola orden de irse de la Universidad Nacional Autónoma de México, y en la mañana, una delegación del Consejo Nacional de Huelga había dialogado con dos representantes del gobierno de la República, Andrés Caso y Jorge de la Vega Domínguez. Existía preocupación y algunos funcionarios aun apuntaban a conversar y acercar diferencias.

Tlatelolco
Tlatelolco


Hoy se sabe, que en la mañana del 2 de octubre, el presidente Gustavo Díaz Ordaz había refrendado una orden cuyo sello era la muerte de los estudiantes. La responsabilidad de Luis Echeverría, se señalaba como una de las claves del crimen de Estado y sería señalado en varias causas judiciales como el autor intelectual de la masacre. Llamado a declarar en 2002 por la masacre y en 2006 se lo apresó por el delito de "genocidio", y pasó un año en prisión domiciliaria. Echeverría vive aún en su país.

Dos semanas antes, el ejército había tomado la UNAM para perseguir a los estudiantes. “En 1968, el sistema presidencialista conoce su apogeo... Todo es gobierno y casi nada oposición”, analizaría en un escrito Carlos Monsiváis, el reconocido periodista y escritor. Por la tarde, la plaza de las Tres Culturas se encontraba tomada por soldados que había llegado para hostilizar el acto del movimiento estudiantil. Pasadas las seis, los soldados recibieron la orden de matar y comenzaron a disparar contra mujeres y varones estudiantes. La confusión estaba medida como el punto de encuentro con la sangre, el gobierno quería “dar un ejemplo” planificando una verdadera emboscada. Los estudiantes habían planificado el encuentro dentro de la normalidad. Se supone que el 2 de octubre habría poco más de 15 mil estudiantes, cuando hubo movilizaciones que superaron largamente los 150 mil presentes en el Zócalo.

El Ejército y la policía entraron a sangre y fuegoen medio del mitin estudiantil y los estudiantes caían sin enterarse casi de lo que sucedía, algunos fueron secuestrados y conducidos a un campamento militar, sin que jamás se volviese a saber de ellos. Se estableció que operaba en la masacre, un grupo parapolicial llamado “Brigada Blanca”, sostenido por el gobierno, que se identificaba con un guante blanco. Lo curioso es que caían también policías y soldados, a manos de francotiradores de grupos posiblemente parapoliciales. El gobierno precisaba ese escenario para presentar la falsa historia de un enfrentamiento armado. La periodista italiana Oriana Falacci, que concurría a los Juegos Olímpicos, fue a Tatlelolco y resultó herida en una nalga.

Por aquellos días, “Nunca se habían visto en México manifestaciones espontáneas tan grandes y tan extraordinariamente vivas como las estudiantiles. Hubo una, creo, de apoyo a la Revolución Cubana, hace muchos años, pero no tuvo esa envergadura. En realidad, el Movimiento Estudiantil sacudió a la sociedad mexicana y por eso el gobierno empezó a tener tanto miedo”, expresó Félix Lucio Hernández Gamundi, de la ESIME del IPN delegado ante el CNH, preso en Lecumberria Elena Poniatowska, que recogió su testimonio en “La noche de Tatlelolco”.

En el mismo libro, Carolina Pérez Cicero, estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, le expresó que “Más que ningún discurso político, el hecho mismo de la represión politizó a la gente y logró que la gran mayoría participara activamente en las asambleas. Se decretó que en cada escuela habría paros y allí mismo surgió la idea de las brigadas y de los comités de lucha en cada Facultad.

Los brigadistas eran muchachos y muchachas de la base estudiantil que realizaban todo tipo de actividades, desde recolectar dinero hasta hacer mítines relámpago en la calle, en los barrios más alejados, en las colonias proletarias. Las grandes manifestaciones fueron una de las armas políticas más eficaces del Movimiento”.

El diario “Excelsior” del 18 de noviembre de 1968, revelaba que “Un estudiante de 19 años de edad —Luis González Sánchez— 39 perdió la vida a manos de un policía, el 17 de noviembre de 1968, por el delito de ser sorprendido pintando propaganda del Movimiento en una pared, cerca del Periférico”. El poder del Estado alcanzaba uno de los niveles de corrupción por muerte, más alto de los que se conocía en América por esos años.

La reconstrucción de los hechos

Carlos Monsavais trató la masacre en su libro “Días de guardar”, de 1972. Dando su apoyo a las demandas estudiantiles, reseñó los hechos y marcó su compromiso indeclinable con la búsqueda de la verdad.

Un año después, “Tlatelolco 68”, de Juan Miguel de la Mora, mezclaba ficción y documentación inédita en una singular crónica novelada.

En 1977, “Palinuro de Médico”, del notable Fernando del Paso, volvía sobre la masacre y en 1981, Paco Ignacio Taibo II, sumó su novela “No habrá final feliz” a Tatlelolco.

En la dramaturgia, Pilar Retes hizo conocer en 1969, “Octubre terminó hace mucho tiempo”. El arte sumaba su aporte y desenmascaraba en el trajín de los años, una trama que desde aquellos años, atravesó a la América de habla hispana como un chorro de fuego incontenible.

En septiembre de 1993, una comisión de la verdad, independiente del Gobierno, surgida de un grupo de intelectuales, comenzó en México a investigar la sangrienta represión del 2 de octubre de 1968 contra el movimiento estudiantil. Carlos Monsivais, Heraclio Zepeda, René Avilés, Bernardo Batis, Carlos Montemayor y Elena Poniatowska, fueron algunos de los intelectuales que se comprometieron a abrir un cauce para establecer la verdad de los hechos.

Los cálculos de la Comisión de la Verdad indican que entre Tlatelolco y los campamentos militares a los que fueron arrojados miles de estudiantes detenidos, se registraron más de 300 muertes. Octavio Paz, recordó en aquellos años que “The Guardian” estableció que hubo 325 muertos,renunció a su cargo de embajador de su país en la India, porque no aceptaba ser funcionario de un gobierno responsable de semejante matanza.

Gustavo Díaz Ordaz,presidente de México en 1968, hizo una falsa declaración para asumir en 1969, la responsabilidad de los hechos pero jamás esclareció sus raíz y sus ejecutores. Otra organización, el Comité 68, integrada por ex dirigentes estudiantiles del movimiento, trabajan en el esclarecimiento de los hechos.

La escritora y periodista Vilma Fuentes, reveló en una de sus columnas en el diario “La Jornada” de México, que cuando Luis Echeverría fue embajador ante la Unesco, 1977 a 1979, tuvo ocasión de hablar con él una noche en su casa de París. Entonces le preguntó acerca de quién dio la orden de la matanza del 2 de octubre en Tatlelolco. “Lo vi levantarse bruscamente de su silla y caminar de un lado a otro de la pieza, mudo, agitado. Busqué con la mirada con qué defenderme viendo el grosor, la fuerza, de sus manos. Después de unos minutos eternos, volvió a su silla y dio un puñetazo en la mesa. Hizo cimbrar la madera. Dejé de pensar. Se quedó viéndome y me dijo: ‘‘Sentiste miedo, ¿eh? Mira, durante los 12 años que trabajé bajo las órdenes de Díaz Ordaz, como subsecretario y secretario de Gobernación, yo viví ese miedo”. Después soltó una risa amarga de burla quién sabe de qué”.

A 50 años de la masacre de Tatlelolco, falta aún que la verdad preceda a la justicia para iniciar un día nuevo en la historia de un país que, como México, ha sido saqueado, asesinado y postergado por las corporaciones internacionales, el imperio en decadencia de los Estados Unidos, y espera con la asunción del presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, una resurrección de la esperanza. Ese deseo recorre América de norte a sur y tiene el color de un amanecer.

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