El orgullo de ser quien soy
El orgullo de ser quien soy

Carlos Jáuregui decía que en una sociedad que educa para la vergüenza el orgullo es una respuesta política. Así daba comienzo a la primera Marcha del Orgullo en Argentina hace 27 años, cuando apenas 250 personas en todo el país se animaron a decir “estoy orgullosx de quien soy”.

Fueron un puñado en 1992 quienes salieron a la calle, con caretas de cartón, para no perder el trabajo y a resguardo de la policía, que si en esa época te veía “medio rarito” se aseguraba de que no te queden ganas de serlo.

¿Qué diferentes estos tiempos, no? Escucho a mis compañeras de colegios secundarios darse debates sobre privilegios heterosexuales y las veo darse también el tiempo para esos procesos tan necesarios en la autopercepción de sus sexualidades. Y si bien 27 años en ese aspecto es nada para un cambio cultural tan enorme, no puedo evitar pensar en todo lo recorrido. En quienes seríamos sin Lohana Berkins, sin Diana Sacayán, sin Ilse Fuskova, sin Jáuregui, sin aquellxs que nos han explicado por qué teníamos que sentir orgullo y cómo es que se lleva puesto.

Nunca falta quien viene y te pregunta, ¿y cuándo es la marcha del orgullo heterosexual? Todos los días, respondo. En el desfiladero de violencias, simbólicas, políticas, institucionales y también físicas que se ejercen contra las existencias disidentes. ¿Cuántas travestis en la universidad pública tuviste de compañeras? ¿Cuántas lesbianas diputadas conocés? ¿Cuántos putos gobernadores?

No es que no sean aptxs, no es que no tengan ganas, no es que no estén formadxs, es que nuestra sociedad sigue excluyendo siempre a lxs mismxs. Recién en 2009, hace 9 años, y tras una votación que terminó 125 a 109 en diputados, y en senadores 33 a 30 con 3 abstenciones se garantizaron los derechos civiles de miles de personas que tuvieron el desatino de pretender amar en las mismas condiciones. Filosa la votación de Matrimonio Igualitario, mediante la cual se anunció básicamente que putos y lesbianas ya no eran ciudadanes de 2da. O como en el caso de la ley de Identidad de Género, cuando se aprobó la locura de pedir que se les permita a las travestis ser personas y gozar de las mismas garantías constitucionales que todo el mundo.

El quid de la cuestión es justamente esa palabra “condiciones”. Las condiciones no son solo sociales y políticas, son económicas también. Y en eso radica la importancia de pedir una ley de Cupo Laboral Trans. Es el no acceso a trabajo formal y digno, es la precarización y desidia a la que está expuesta la comunidad no solo al no tener obra social, sino también cuando por ejemplo en un hospital no hay médicos capacitados para atender personas trans sin faltarles el respeto lo que termina en un promedio de vida de 35 años. Son estas sumadas a las micro-acciones cotidianas y la decisión política de cambiar un “el” por un “ella” nuestras de cada día lo que hace más vivibles otras vidas.

La disidencia es ese lugar agridulce, al que quizás la “diversidad” le limpia un poco la cara. En tiempos de tanto marketing los colores arcoíris venden. Veo iniciativas como “la semana del orgulloBA” hecha por quienes votaron en contra de derechos fundamentales y ahora llenan las veredas de banderitas de colores. No puedo menos que pensar por ejemplo en Cachita y Norma, el primer matrimonio de lesbianas a las cuales hace menos de un par de meses el gobierno de la ciudad echó a la calle y dejó al desamparo provocando la muerte de una de ellas. Esa son sus verdaderas consideraciones con el colectivo LGBTIQ. Ese es el tipo de orgullo que pretenden, el de putos de Megatlon y tortas Dr Martens.

Por eso ante todo el orgullo es por luchar. Este año la subconsigna de la Marcha nro 27 es “Basta de genocidio trans-travesti. No al ajuste la violencia y la discriminación. Macri y la Iglesia son anti-derechos” porque no quedan dudas para quienes luchan que será una fiesta pero con las banderas claras. El orgullo también es la fiesta.

Decir “siento orgullo de quien soy” es decir no tengo vergüenza de no pertenecer a un sistema que asesina pibas cada 30 horas, es decir no me gana el miedo a la violencia que son capaces de ejercer sobre mí para normativizar, es entender que detrás de esa sensación tan liberadora de animarte a ser se esconde toda la declaración de principios de libertad, igualdad de respeto, de amor sin condiciones, de soberanía de la que quieren avergonzarnos.

* Andrea Conde es Legisladora porteña por Unidad Ciudadana. Presidenta de la Comisión de Mujer, Infancia, Adolescencia y Juventud de la Legislatura.