Esta Navidad Papá Noel me cumple el sueño de ver a Lio Messi. Aterrizo en el aeropuerto El Prat de Llobregat de la ciudad de Barcelona y tengo que recoger mi equipaje. Me encuentro con toda la señalética en catalán y en castellano. El choque lingüístico me sacude la modorra del vuelo y me geolocaliza en Cataluña.

Al salir a la calle, la situación lingüística resulta llamativa para un visitante primerizo. La cajera del supermercado me ve cara de local y me lanza un saludo catalán: “¡Bon dia! ¿Vols una bossa?”. Respondo con cara de extranjero asustado: “¿Qué?” La chica se sonríe y su lengua cambia automáticamente al castellano: “Que te pregunto si queréis una bolsa”.

En ese momento me doy cuenta de que estoy en un lugar muy particular en el mundo. Parece un lugar de frontera. Un lugar de paso. Pero no. Aquí nadie está de paso. El castellano y el catalán están instalados y conviven muy cómodamente en esta tierra. El bilingüismo es parte de la cotidianidad de los casi 8 millones de habitantes de las cuatro provincias catalanas.

Aquí en Cataluña las paredes hablan. Mejor dicho, las paredes gritan.

De hecho, han sido la historia, la cultura y la lengua las que han hecho de Cataluña una de las nacionalidades históricas españolas.

He aquí Cataluña, una de las naciones de España. Sigo paseando por la Rambla y los balcones me confunden. De un balcón cuelga la bandera de la República Independent de Catalunya, con el triángulo azul y la estrella blanca. El mismo balcón tiene un listón amarillo atado a uno de los barrotes y un cartel que dice: “Llibertat presos politics”. En el balcón de al lado flamea con orgullo la bandera de España junto a la bandera de la Unión Europea.

En Argentina dicen que las paredes oyen. Aquí en Cataluña las paredes hablan. Mejor dicho, las paredes gritan. Y los gritos de las paredes también me confunden. Algunas gritan en catalán: “¡Sin desobediencia no hay independencia!”, “¡Unidad por la independencia”, “¡República ya!”.

Otras paredes gritan en castellano: “¡Viva España!”, “¡Catalanes y españoles!”, “¡155 ya!” en referencia al artículo de la Constitución Española que debería aplicarse con las comunidades autónomas “que atenten gravemente al interés general de España”.

Hasta ahora no entiendo nada. Me dicen que para interpretar esos balcones y esas paredes contradictorias tengo que retroceder a 1714. Según cuenta la historia, el 11 de septiembre de ese año, la ciudad de Barcelona se rindió ante las tropas borbónicas de Felipe V. Actualmente el 11 de septiembre es fiesta nacional catalana.

Ahora entro al Camp Nou. He venido a ver a mi compatriota, Lionel Messi. El Barça juega su último partido del 2018 por la liga española. El equipo local salta al campo de juego con el himno oficial del club. La canción parece una marcha de guerra en defensa del pueblo blaugrana.

En el minuto 17 y en el segundo 14, la hinchada local alza sus banderas esteladas y comienzan a gritar “In-Inda-Independència!”. El ritual se repite exactamente de la misma manera en el segundo tiempo, en el minuto 17:14, en conmemoración a aquel 11 de septiembre de 1714. La lucha por la independencia está futbolizada. El número 1714 me retumba en la cabeza más fuerte que el gol que acaba de marcar Messi.

¿Qué pasa hoy en Cataluña? La historia medieval me aburre. Decido saltearme 300 años de historia. Ya no reina Felipe V. Hoy reina Felipe VI. La Generalitat de Catalunya constituyó la república catalana, como Estado independiente y soberano, de derecho, democrático y social, después de la consulta popular del 1 de octubre de 2017.

Todo “el procés” fue reprimido violentamente por las fuerzas de seguridad del gobierno español. Ese 27 de octubre el presidente Mariano Rajoy anunció la destitución del president de la Generalitat, Carles Puigdemont, la disolución del Parlament y la convocatoria a elecciones autonómicas para el 21 de diciembre de ese año.

Ya estamos a un año de esas elecciones El flamante presidente del gobierno español, Pedro Sánchez y el president de la Generalitat, Quim Torra, se reúnen en Barcelona. La reunión es confusa. ¿Es un encuentro entre el presidente del gobierno con el presidente de una comunidad autónoma? ¿O es una cumbre entre dos jefes de estado? Esta confusión genera protestas y disturbios que paralizan la ciudad en vísperas de la Navidad. En un día así resulta imposible transitar por la Ciudad Condal.

Este 2018 concluye con el mensaje navideño del rey. El discurso no menciona la palabra Cataluña en ningún momento. Sin embargo habla de “una convivencia que exige el respeto a la Constitución”, en una referencia muy clara a la cuestión catalana. El rey se despide muy ceremoniosamente con unas “felices fiestas” en castellano, vasco, catalán y gallego.

Estas Navidades, “el Pare Noel” no sólo me ha cumplido el sueño de gritar un gol de Messi, también me ha regalado tres grandes lecciones.

En primer lugar, entiendo que no hay justificación para la violencia. Y la peor de todas las violencias, es aquella ejercida abusivamente por agentes y funcionarios del Estado. Eso es inaceptable en Cataluña y en cualquier rincón del mundo.

En segundo lugar, entiendo que el pueblo catalán es un pueblo diverso. No podemos hablar de una sola lengua ni de una sola cultura, cuando Cataluña, al igual que toda Europa, ha recibido una oleada de inmigrantes sudamericanos, africanos y asiáticos en los últimos años.

Por último, entiendo que los catalanes sólo quieren vivir en paz, tener trabajo, y darle el mejor futuro a sus hijos y a sus hijas. ¡Feliz Navidad! ¡Bon Nadal!