"El día en que una mujer pueda amar, no desde su debilidad sino desde su fuerza, no para escapar de sí misma sino para encontrarse, no para rebajarse sino para afirmarse -- ese día será para ella, como para los hombres, una fuente de vida y no de peligro mortal".

Simone de Beauvoir

Soñar con encontrar tu alma gemela. Esperar que aparezca el príncipe azul que nos rescate y si no aparece, buscarlo donde sea para cumplir con uno de los mandatos más fuertes del siglo pasado: estar en pareja. En la sociedad en la que todavía vivimos, una mujer en pareja vale más que una mujer sola, una máxima brillantemente expresada en la frase “no seré feliz, pero tengo marido”, que además nos muestra hasta qué punto las mujeres tenemos internalizado ese mandato. ¿Encontrar el amor de nuestras vidas vale incluso nuestra propia vida?

El problema muchas veces empieza cuando se cree que ese amor se ha encontrado. ¿Por qué? Porque aparece el miedo a perder algo que consideramos “nuestro”. Revisarse el celular en busca de alguna traición. Controlar a quién o quiénes le ponemos like o seguimos en las redes sociales.

En el imaginario social patriarcal, el amor romántico es un ideal que sirve para pavimentar el camino capitalista de la división del trabajo y del individualismo. La idea del amor romántico es monogámica, heterosexual y en ella, la pareja tiene que ser para toda la vida, es propiedad privada y la mujer cumple un rol muy claro: debe ser objeto de deseo masculino que debe ser casto y puro, pero nunca deseante. Y este problema de la propiedad del otrx es también el germen de algo contra lo que luchamos hace mucho tiempo: la violencia de género.

Cada 14 de febrero es bueno recordar que más del 70% de los femicidios son cometidos por parejas o exparejas de las víctimas. Y que esos femicidios tienen como cimiento de base una idea equivocada y peligrosa sobre el amor, decorada con flores y bombones y el color rosa del amor romántico: la idea de la posesión.

Ayer la Casa Rosada amaneció con una gigantografía del beso entre Julieta y Romeo, un símbolo muy fuerte que sostiene al ideal del amor romántico. Una pareja que “se ama tanto” que muere por amor. Nada más claro para ejemplificar lo que desde el feminismo combatimos hace siglos. Morir por amor no es algo para reinvindicar, es algo para rechazar con todas nuestras fuerzas. El deseo es una construcción social: deseamos lo que podemos, lo que imaginamos, lo que entendemos que es el amor según lo que nos cuentan. Deseamos a quienes y como nos dicen que debemos desear.

El desafío es tirar abajo a las Julietas y a los Romeos del mundo y concebir un amor libre, no binario, construir vínculos que contagien libertad, que se forjen al calor de la igualdad, de la diversidad y del respeto por el o la otra.

Amar sin poseer, acompañar sin invadir, vivir sin depender. No queremos morir por amor. Que esa sea nuestra nueva utopía.


*Andrea Conde es Legisladora Porteña por Unidad Ciudadana y Presidenta de la Comisión de Mujer, Infancia, Adolescencia y Juventud.