Que hubiese transcurrido un siglo desde la irrupción de Dadá en el arte, sería un dato para una información. Que en realidad se trató de un grupo de agitadores que irrumpían ante la desesperanza de la primera gran guerra europea (aunque con cierto grado de soberbia se continúa denominando “mundial”), le da un tinte de mayor aspereza y actualidad. Dadá era la rebelión en términos de agitación en el corazón de la vida cotidiana, por lo tanto, incomodaba. Dadá desde el liderazgo del rumano Tristán Tzara alucinaba caos o acaso, ponía el términos filosos aquello que sucedía y ante lo cual, la sociedad rehuía por cierto sentido de autoprotección en la ignorancia. El manifiesto dadaísta corresponde a 1918 y sus mentores, suponían que haciendo sentimiento desde el arte aquello que vivía la sociedad, incluso lo destructivo, la desolación de los hechos ante los que se veía expuesta. Hay quienes señalaron que había en un fondo, la idea surgida del benjaminismo, de apoderarse de los instantes de riesgo mayor como puntos de iluminación que alcanzaran a recoger alguna certeza en un camino despiadado.


Como fondo de horizonte, Europa en guerra se disponía a vivir los días de la Revolución Rusa. En 2009, el profesor Dominique Noguez (universidades de Montreal y París), reveló que el máximo líder ruso, Lenin, tuvo un vínculo recientemente descubierto con las razones del movimiento dadaísta lo cual, en principio, no estaba en los planes de nadie a pesar de que en 1920, cuando el Cabaret Voltaire llevaba algunos años movilizando el arte de la existencia, se impusiera una máxima: “Dadá ya no es un juego”. Noguez refería a una suerte de juego histórico, mixtura de realidad y visión artística, por la cual se habían cruzado las vidas de Tzara y Lenin para dar lugar a un movimiento que habría de dejar marcas perdurables en la humanidad.

El juego del ajedrez


La primera gran guerra europea, sacudía las conciencias eliminando a lo mejor de la juventud del continente (en particular británicos, franceses y alemanes) cuando en febrero de 1916, una barra de exiliados, entre ellos activistas políticos en bancarrota, artistas anhelantes de gloria y hasta rebeldes en busca de una causa, crearon el Cabaret Voltaire. Allí estaban su fundador, Hugo Ball, Emmy Hennings, Tristan Tzara, Marcel Janco, Richard Huelsenbeck y hasta Jean Arp. Los dadaístas se expresaron ante el mundo (quienes los querían escuchar en todo caso) como enemigos del arte burgués y esa disrupción generó un revuelo que devino en una revolución artística que se percibe hasta en nuestros días. Jean Arp hizo un trazado del sentimiento que percibían en las calles europeas de aquel tiempo, resumidos entre las paredes del Voltaire: “La gente que está a nuestro alrededor grita, ríe, gesticula. Nuestras respuestas son suspiros de amor, ataques de hipo, poemas, mugidos y maullidos de bruitistas medievales. Tzara menea el trasero como si fuera el vientre de una bailarina oriental. Janco toca un violín invisible y hace reverencias y genuflexiones. La señora Hennings, con cara de madona, se abre completamente de piernas. Huelsenbeck aporrea sin parar el gran tambor, mientras Ball le acompaña al piano pálido como un fantasma de tiza. Nos concedieron el título honorario de nihilistas”. Es posible que ilusionara como lógico hacer semejante juicio cuando el propio Hitler se detuvo a hacer una observación sobre el movimiento. Albert Serra recogió del tirano la siguiente frase: “Pero semejante desarrollo de la epidemia Dadá debía acabarse algún día; el día en que esta forma de arte correspondiera verdaderamente a la concepción general, se habría producido uno de los trastornos de mayores consecuencias en la historia de la humanidad. Habría comenzado el desarrollo al revés del cerebro humano”. Dato interesante para confirmar el valor del movimiento.


El Dadá no dejaría las cosas así y jugando a los sinsentidos (¿remedo de la guerra que los consumía?) expresaba que no quería nada, ni ser nada. Cuando en años recientes se confirmó que en tanto el Cabaret Voltaire hacia revivir a Zurich, en la misma calle donde residían los rebeldes del arte, vivía Lenin, Vladimir Ilich Uliánov, que residía exiliado y con Hugo Ball, que vivía con la actriz y bailarina Emmy Henning, imaginaban como hacer su regreso a Rusia para encarar su transformación revolucionaria.


Fue Nadiedjda Kroupskaïa, la compañera de Lenin quien habló en sus memorias acerca de la casa que compartían en el número catorce de la pequeña calle Spiegelgasse, a escasos metros del Cabaret Voltaire (que estaba en el número uno), sobre el que no hizo referencias. El historiador Willi Gautschi y el escritor Solzhenitsyn, en cambio, no dejaron pasar ese desliz. “Un poco más lejos, cerca de la calle de la Catedral, se encuentra “Die Meierei” (La lechería), donde antaño tuvo el Cabaret Voltaire, en el que a principios de febrero de 1916 nació el dadaísmo”, recordaría Gautschi al evocar la época. Solzhenitsyn reconstruiría que allí “la bohemia armaba jaleo toda la noche…”. Lenin merodeaba la zona junto a Radek y Zinoviev, aseguran. El crítico Hans J. Kleinschmidt aventuraba que “Arp, Ball y Huelsenbeck no conocieron personalmente a Lenin, aunque Tzara declarara después a unos amigos en París que ‘había intercambiado ideas” con él.


Sería Marcel Janco, pintor y arquitecto israelí, quien en una suerte de memoria publicada en 1957, escribió acerca del Cabaret, que “fue el lugar de encuentro de las artes. Allí se codeaban pintores, estudiantes, revolucionarios, turistas, estafadores internacionales, psiquiatras, gente medio mundana, escultores y espías amables faltos de información. Entre el espeso humo, el ruido de las declamaciones o de una canción popular, hubo apariciones súbitas, como la de la impresionante figura de mongol de Lenin, rodeado por un grupo, o de Laban, el famoso bailarín, con su barba asiria”. Las revelaciones de Noguez en “Lenin Dada”, habrían de dar con un aspecto inédito y enriquecedor de la figura del revolucionario ruso.


Lenin y Tristán Tzara, se cuenta, jugaban al ajedrez en el café de la Terrasse, cercano al Cabaret y otro vecino de ellos, era el escritor irlandés James Joyce, un líder de la experimentación en la literatura que había surgido desde los aportes de Segismund Freud y su compromiso con la palabra. La negación absoluta del dadaísmo, habría de sacudir la cansina Suiza porque en realidad, era la negación sin términos del mundo burgués que estaba haciendo estallar el viejo continente. Si bien muchos refieren una alianza incomprensible la que sostuvieron Tzara y Lenin desde la concepción revolucionaria, de raíz europea, no aparece en el tiempo que tal unidad fuese traída de los pelos sino apenas, una consecuencia casi natural en un escenario histórico nada natural, de cierto oxigeno humanista que producían una visión y otra. No hay revolución sin una concepción artística que de los contenidos de la transformación que se plantea. Hasta James Joyce podría coincidir en una repulsa a un mundo en decadencia y en su reformulación, el lenguaje es un océano en pleno movimiento, para alcanzar cambios en las profundidades del hombre.

Kruspskaia, Lenin y los cabarés


Noguez no hizo sino repasar los testimonios sobre la vida de Lenin en la Europa de la primera guerra mundial, y hallar menciones a sus movimientos. Así aparece, que entre 1901 y 1902 en Zurich, el revolucionario no dejó de observar en directo, la vida cultural de la ciudad. “Encontramos el modo, de divertirnos a gusto en la época del carnaval, dejándonos llevar por la extraordinaria alegría de vivir que todos sentían”, describió Kruspskaia en “Mi vida con Lenin”. Ella revelaría que para conocer la vida de los obreros en Londres, Lenin iba a los bares de los barrios suburbanos y cuenta que a él, le gustaba el canto. “Recuerdo que en París vivimos un período en el que nos encaprichamos con la canción revolucionaria francesa. Vladimir Ilich conoció a Montéhus, un talentoso compositor e intérprete de canciones revolucionarias”. “Montéhus, revelará luego, vino una vez a cantar a una de nuestras veladas rusas”.

El propio Lenin, según su hermano Dimitri, contó que gustaba cantar solo o en colectivo y hacia 1890, solía cantar acompañado en piano por su hermana Olga y posteriormente lo hacía con Kruspskaïa. Tenía una afición por concurrir a fábricas, cafés y zonas de los suburbios.
En la fachada de Spiegelgasse 14 se leyó luego que Lenin había vivido en ese solar entre el 21 de febrero de 1916, al 2 de abril de 1917. Al respecto hay diferentes ponencias pero lo cierto es que su presencia sería parte de una época en Zurich. No está claro si inauguró el Voltaire en 5 de febrero de 1916 pero se ha registrado que el 8 de febrero participó en un acto político en Berna, adonde pudo haber viajado en el ferrocarril. Noguez alcanza a observar con testimonios de época, que es posible que Lenin y el poeta rumano Tristán Tzara, pudieron conocerse en una jornada del Voltaire, el 2 de febrero de 1916 donde el ruso fue descripto como un hombre de baja estatura y rasgos orientales. El ajedrez habría sido uno de los lugares comunes de aquellos hombres.


Hubo un tiempo de ideas tormentosas, de artes en la incertidumbre. Se suele abundar en consideración sobre Tzara respecto de su nihilismo, la negación de sí mismo que exhibía como una carta de presentación revulsiva, y acaso extrema. Se puede ensayar que la fuerza de su repulsa imaginaba la energía de aquello a lo que resistía desde el arte y, en esos términos, su rechazo era generación de un arte nuevo, que no negociaba los términos de su sensibilidad. Hugo Ball procuraba definir al movimiento señalando que “El poema quiere poner de manifiesto el enmarañamiento del hombre en el proceso mecánico. De forma típicamente abreviada, muestra el conflicto de la voz humana con un mundo que la amenaza, devora y aniquila, y cuyo ritmo y cadena de ruidos son ineludibles”.

De lo primitivo al crimen


Aún hoy es dificultoso responder acerca de cómo Lenin podía aceptar del dadaísmo, era reunión de intereses sobre los primitivo, la antropología para llegar al crimen desde donde parecían proclamar tal vez desde el psicoanálisis naciente, un universo de deseos sin límites. Se alucinaba entre Tzara y los dadaístas sobre una supuesta “dictadura del espíritu” ante la militarización de las conciencias. Así para mostrarse al mundo, rescataron al marqués de Sade (rescataban de sus dichos: “El crimen es la más alta expresión de la sensibilidad”), la etapa subrayada por Robespierre en la Revolución Francesa y hasta Jack el Destripador. Así fue que en ese año, 1916, George Groz, que pertenecía al movimiento, dio a conocer imágenes de violación y de muerte que movilizaba a la sociedad. Groz expuso a una mujer que aparecía descuartizada en su cama. Se veía un gramáfono junto a ella, y un hacha mientras que en una habitación contigua, el criminal lavaba sus manos. El crimen, es posible reconstruir en el dadaísmo, era el crimen de la guerra puesto a sensibilizar la vida cotidiana. No hay asesinos en una sociedad sino existe un proyecto encubierto de conformar una sociedad de criminales, ingobernable y sangrienta, semejante a la que se hunde en una guerra.


París tuvo siempre en el arte, un aliado para plantar su resistencia al orden burgués y por eso, los ámbitos de arte –artistas y quienes acudían a su sombra- se sentían profundamente motivados por sus conceptos del hacer del arte. En marzo de 1920, Dadá planteaba su fin cuando Francis Picabia, que pertenecía al movimiento, sacudió la ciudad y mucho más allá con su documento “Manifiesto caníbal”. El 27 de marzo de eses año, en el Teatro de la Maison de l’Oeuvre, se leyó el manifiesto que publicaría la revista “Cannibale”. “Silbad, gritad, rompedme la cara y después ¿qué? Os diré además que sois tontos”, clamaba en un alegato provocador. La negación era la negación del espectáculo caníbal de la guerra con la que el mundo burgués alucinaba resolver sus dramáticos enigmas de destrucción absoluta en pos del poder del dinero, la producción y la usura. El nazismo sería su respuesta más cabal y la proyección del nazismo actual en la tecnología, su idealización religiosa más perturbadora. Incluso, ante el riesgo de las conversiones traumáticas y perversas, planteaban con rigor de arte, al modo de videntes, su inconformismo: “Los verdaderos dadaístas están contra Dadá”, proclamaban.

Lenin es Lenin


Es posible que el plástico rumano Marcel Janco, haya dicho un 5 de febrero de 1916, en referencia al Cabaret Voltaire que “Entre el espeso humo, el ruido de las declamaciones o de una canción popular, hubo apariciones súbitas, como la de la impresionante figura de mongol de Lenin”, ese exiliado al que beneficiaba el carácter neutral de Suiza en la contienda que el viejo mundo pretendía trasladar al conjunto del planeta. Esa noche, se abría a Europa y el mundo, el dadaísmo, ente asistentes revolucionarios, amantes del arte, plásticos, poetas, miembros de los servicios de inteligencia (la Spiegelgasse de Zurich no podía faltar), desertores y diletantes. Se bebía abundante cerveza, se comían salchichones típicos y Lenin estudiaba la Europa hundida en la desesperación de la guerra, y trataba con los incipientes dadaístas el lugar del artista en la sociedad de clases. Resulta curioso pero durante décadas, ese hecho fue soslayado por falta de conocimiento, por la pereza intelectual que siempre ronda las certezas y las evita. Así mientras se publicaba en Madrid en 2009 “Lenin dadá”, una traducción del escritor Dominique Noguez (“Lenin Dadá”, Editorial Península), que establecía que fue en 1916 cuando Lenin se vinculó a los dadaístas en el Café Voltaire. “Esta extraordinaria coincidencia parece que pasó inicialmente desapercibida”, contó Noguez que describe a un revolucionario habitué de los cabarets, aficionado a la bebida e incluso, en su versión, ligado al mismo nacimiento de la idea y el nombre del movimiento.


Hay que considerar que todo testimonio, periodístico, literario, toda reconstrucción histórica, no entra en los terrenos de la verdad, una alusión clásica de periodistas que rondan la soberbia o, en la buena fe, la falta de conocimiento. Lo posible, que es único, es la verosimilitud porque se reconstruyen hechos y no se resignifica un real, un imposible que pretenden materializar políticos, diletantes, pícaros y en gran medida, periodistas. La calidad de una reconstrucción hace verosímil asumir una caracterización. Noguez expresa algo en calidad de primera vez, en términos de novedad, al religar sucesos para construir un relato que suene creíble.
Tzara había plasmado en el manifiesto dadaísta que “Hay una gran tarea destructiva, negativa por hacer”, Lenin lo comprendía. Tal vez apuraba una ginebra, un trago de buena cerveza de Zurich, e imaginaba que la respuesta ante la destrucción de humanidad que imponía la guerra, era aquella gran tarea destructiva, negativa, por hacer.


Noguez sugiere desde su reconstrucción en busca de lo verosímil, que el término Dadá surgió de la inventiva de Lenin. Tristán Tzara solía repetir que al recorrer las páginas de un diccionario, dio con el término y quedó prendado de su significación o de lo podía extraer de una imagen casi naif para una causa pretensiosa y repelente. Richard Huelsenbeck, escritor alemán, negaba esas versiones y sostenía que junto con Hugo Ball, tomaron el término de “la palabra infantil” que se empleaba para identificar a un caballo. Noguez hace un juego en el que fechas e hipótesis dan contra un muro y apela al pintor alemán, joven del dadaísmo naciente, quien plantea que Dadá “tenía evidentes vínculos con esa afirmación tan alegre del '¡da, da!' eslavo” que Noguez atribuyó a Lenin.
Noguez, contradictorio, critico de Lenin, y posiblemente un tanto superficial al considerar los lazos del revolucionario con el movimiento artístico, logró sin embargo, colocarlo en el centro de la escena y hasta hacerlo uno de sus mentores más destacados. No resulta difícil de creer su construida verosimilitud cuando es posible reconstruir a Lenin en Zurich y en el Cabaret Voltaire. Luego, que lo niegue y desde allí procure desmerecer los contenidos del dadaísmo, constituye un moralismo sin fe y una digresión sin mayor interés a la hora de hacer una relectura de lo que significó. Es un asunto menor, una señora de buen pasar, enojada con un grupo de muchachos que mete ruido en noches de alcohol y exposición artística en un callejón de Zurich.


Dadá y cuatro autores


Lo cierto es que hubo cuatro autores mencionados en el hallazgo de “Dadá” originarios del núcleo inicial del Cabaret Voltaire. El propio Tzara escribió en 2019 a Jacques Riviere reivindicando la paternidad del término, “Me permito comunicarlos que hace tres años propuso para el título de una revista la palabra DADÁ”. Dos años después agregaba: “He intentado introducir una palabra desprovista de significado: Dadá”. Revelaba que estaba en Suiza con amigos cuando tomó y diccionario y señaló con el dedo una de sus páginas. “La noche nos envolvía cuando una mano verde colocó su fealdad en la página del Larousse, designando precisamente Dadá; mi elección estaba hecha”. Hans Arp expresaría en El Tirol el 6 de agosto de 1921: “Yo declaro que el 8 de febrero de 1916 a las 6 de la tarde; yo estaba presente con mis 12 hijos cuando Tzara pronunció por primera vez esa palabra…”. El episodio se situó en el café Terrasse de Zurich.


Luego, Noguez hallará en una biblioteca, que un poema atribuido a Tzara; aparecía en unos manuscritos, escrito con la letra de Lenin, lo cual lo colocaría en la vanguardia, sugiriendo a los jóvenes escritores, la medida de su movimiento. Hallará también en esos manuscritos, lo que definirá como un autorretrato de Lenin. Afirma entonces que “podríamos afirmar que existe una tendencia hacia el leninismo en el movimiento Dadá, en general, y en Tzara, en particular”. Establece que en abril de 1920, Huelsenbeck y Hausmann, difunden en sus conferencias las consignas comunistas y pasado 1922, tanto Grosz, Heartfield y otros, se afilian al partido comunista alemán. El propio Tzara se afilió en 1947, terminada la segunda guerra, al comunismo francés.


De ser así hay una pregunta muy sencilla: ¿por qué mantuvo Tzara en secreto su vinculación con Lenin?”. No hay respuesta. Nouguez explicará además, que en las imágenes de “Alucinación parcial. Seis imágenes de Lenin sobre un piano” representará para Dalí, las apariciones del líder político junto a cada uno de los seis miembros de la ‘Orquesta Voltaire”. Supone que Tzara proveyó a Dalí la historia del Voltaire hacia 1930 y cree que si hubo un “Dadá leniniano, también hubo un Lenin dadá”. Hugo Ball había definido que al “dadaísta le gusta lo extraordinario e incluso lo absurdo. Sabe que su propia vida se expresa en la contradicción…”. Lo sabio de tales afirmaciones estaba dado por el carácter movimientista de la propuesta, su aire de apertura y su inclemencia a la hora de expresarse contra un régimen político que estaba destruyendo un continente. Michel Giroud había intentado profetizar al exponer que la contradicción es la energía motriz, “fuerza pedagógica sin resolución dialéctica”.


Si James Joyce vivió con su familia en el tercer piso de la calle Kreutzstrasse, 19, desde 15 de octubre de 1915 al 31 de marzo de 1916, sepultado por deudas, mientras se difundían su cuentos “Dublineses”, publicados en Estados Unidos, así Zurich era un centro del mundo desde la rebelión artística. En su diario “La huida del tiempo”, Hugo Ball, reflexiona sobre el nacimiento y la muerte del dadáismo. "Éste es nuestro Cándido contra los tiempos", describió al Voltaire y expresó que “Los dadaístas representaron los trastornos del exilio en formas casi solipsistas (“Tristan Tzara”, pseudónimo de Sami Rosentock, expresa en rumano “triste en el país”), pero también formaron una comunidad de artistas comprometidos con la política internacionalista y los lenguajes universales”, tal vez anticipando el horizonte de algunos de sus mentores aunque, como en el caso de Lenin, se mantuvieran hasta estos días, en las sombras.


Antes de los días de la revolución, el líder ensayó lo artístico en Zurich y «Con el pseudónimo de Señor Dolganeff, Lenin fue organizador de varias veladas. En una de ellas, entusiasmado por su propia obra y bajo los efectos del alcohol, se puso a gritar: "¡Da, da!", que en ruso, significa "Sí, sí", narró Noguez. Al paso de los días, y en otros puntos del calendario, la historia se recoge sobre sí mismo y deja caer nuevos capítulos referido a las peripecias del hombre cuando asume en el arte, la forma de una rebelión que hace a los principios su dignidad.

*Alejandro C. Tarruella escribió “Guardia de Hierro. De Perón a Bergoglio”, “Envar Cacho El Kadri. El guerrillero que dejó las armas”. En en abril próximo, editorial Octubre publica su nuevo libro: "Historia política de la Sociedad Rural" con prólogo de Mario Rapoport.