La publicación por parte del Ministerio de Producción de un informe que asevera que sólo el 20% de la población paga impuestos y de esta forma “mantienen” al resto de la sociedad despertó una aguda polémica en las redes sociales en estos días. Para colmo, la ilustración que acompaña este supuesto dato no puede ser más prejuiciosa: los que pagan tienen traje, caritas dibujadas, son rubios. Los “mantenidos” son mayoritariamente morochos, sin caras, pobres.


Por supuesto que resulta indignante tamaña transparencia discriminatoria, que por cierto es bien ideológica y que como todo lo ideológico se expresa de múltiples modos, incluso “emergiendo” desde el inconsciente. Y por eso mismo la reacción de muchas/os argentinas y argentinos ofendidos no deja de ser una esperanza para aquellos que concebimos la sociedad de un modo radicalmente distinto.


Esta lucha por la hegemonía y por la construcción de un “sentido común” siempre resulta trascendental y hay que darla. Porque aquí hay una divisoria clara: los chetos que nos gobiernan quieren cristalizar en la sociedad sus ideas jerárquicas, donde los ricos “sufren” y los pobres son vagos.

Donde los CEOs se esfuerzan desde sus mansiones en Punta del Este y los pobres, los trabajadores, los docentes, los científicos, los pequeños comerciantes y las pymes se dedican a disfrutar y vivir una vida de lujos.

Dicho así: ¿no es francamente ridículo? Sin embargo, estas operaciones tienen un objetivo: hacernos creer que sus propios intereses son los intereses del conjunto, que el rol del Estado es garantizarles a ellos y sus empresas negocios y oportunidades y que se rompan los lazos sociales de solidaridad en nuestro pueblo. Quieren, precisamente, que nos enfrentemos por abajo, entre nosotros, y que nuestra sociedad se organice de modo tal que los ricos manden y los pobres obedezcan sin chistar.


Sin embargo, el árbol del dibujito al que prestamos atención al indignarnos no debe impedirnos ver el bosque de algo mucho más profundo.

Todo este andamiaje discursivo es profundamente mentiroso: culpabiliza a los trabajadores informales de su propia informalidad, pero ¿quién va a elegir trabajar sin aguinaldo, sin vacaciones pagas y además por mucha menos plata? Un trabajador registrado gana 22 mil pesos en promedio; uno informal tiempo completo apenas, poco más de 8500. Otro dato: los empleados registrados trabajan 48 horas semanales, los informales más de 55.


Y para quienes ponen el foco en “los planeros”: hoy la AUH apenas logra cubrir el 70% del valor de la canasta básica de un pibe. Reitero: sólo el setenta por ciento. Esto, en un país en donde el 20% más rico concentra más del 50% de los ingresos, es un escándalo de desigualdad. Porque además no hay un solo pobre en la Argentina que evada impuestos: todos sus magros ingresos son destinados al consumo, con lo cual tributan el 21% de IVA. Los evasores, los verdaderos evasores, son los ricos con sus offshore y sus más de 500 mil millones de dólares en el exterior.


Cuando en 1999 comencé a cursar sociología me motivaba estudiar y comprender la sociedad en la que vivía, pero fundamentalmente tenía la ilusión de cambiarla. Hoy, tantos años después, y con tantas crisis, avances y retrocesos, cada vez que recibo a los alumnos del CBC mantengo inalterable esas motivaciones: fortalecer el saber, el comprender y el compromiso para que la organización comunitaria y solidaria pueda triunfar contra este modelo cínico e insensible que el actual gobierno aspira a perpetuar. Si estamos juntos podemos. Es tiempo de unirnos.

*Daniel Menéndez, sociólogo, dirigente de Barrios de Pie y Somos.*