Avisame cuando llegues
Avisame cuando llegues

“Avisame cuando llegues”

“Compartime la ubicación así te chequeo”

“Chicas, llegaron todas ok?”

Las conversaciones con amigas terminan todas así desde hace mucho, sino desde siempre. Normalizamos vivir en un estado de terror permanente y generamos nuestros propios mecanismos de cuidado ante la falta de políticas públicas que combatan no solo la violencia de género sino también la cultura de la violación.

Del 7 al 15 de abril fue la Semana Internacional contra el Acoso Callejero, un tipo de violencia que parece no terminar nunca de erradicarse y que entre sus estrategias confunde: una y mil veces repetimos, no es un piropo, es violencia directa sobre nuestros cuerpos y el primer escalón en un espiral que solo escala hasta terminar en un baldío. Tan solo el azar dependiendo de cuan hijo sano del patriarcado sea tu agresor previene la fatalidad.

Encuesta tras encuesta, desde el punto geográfico en que lo mires, el resultado es el mismo. Las cifras nunca son menores al 90%, y por lo general redondean entre el 99%, o el 100% de las mujeres y niñas: todas ellas reciben acoso callejero diario. El mal llamado “piropo” es violencia.

Podemos citar decenas de estudios y encuestas en todo el país. El resultado es siempre el mismo: un 99% de las mujeres entrevistadas confirmó haber recibido gritos o silbidos de desconocidos en la calle. De todas ellas, un 96% indicó que eso no le gusta y un 78 % considera que son una forma de violencia y acoso.

Cuando es tan absoluta y contundente la respuesta: ¿Por qué insisten, varones?

Porque, lejos de ser “una jodita”, lo que subyace en verdad es que es una manera más de explicitar una correlación de fuerzas (patriarcado): lo que excita al respecto no es el objeto en sí, sino el ejercicio de dominación en donde la víctima no puede o no debe contestar y de esta manera ejercer sobre la presa elegida al azar una porción de poder.

El poder excita, sí, y ostentarlo socialmente es el fin último. Ostentar poder no solo frente a otras potenciales víctimas sino frente a los pares, que en complicidad machista y mediante ese chivo expiatorio, la mujer que pasa caminando por la calle, reafirman su estatus. En realidad, es el ejercicio de excitarse grupalmente entre varones y de esta manera pertenecer.

Desde que somos chicas se nos enseña a dejarlo pasar, a que cuanto más lo ignores mejor es, y sin embargo eso es simplemente acordar con el régimen que te necesita sumisa. El mismo régimen que jamás enseña a los varones a no gritar, a no violar, a respetar el deseo y las libertades de ellas, pero que a la víctima le mide el largo de la pollera para ver si lo “merecía” por “buscona”. El silencio es rápidamente interpretado como un “sí” en los agresores y de ahí en adelante, suerte hermana.

Nos cansamos de explicar que no, no es un chiste. De responder encuestas contando que desde los 12 años los tipos te manosean, gritan, babean, te apoyan. Eso que piensan un chistecito de 5 segundos en la pasada, para nosotras es un loop eterno, esquina tras esquina, de crueldad ininterrumpida que te recuerda que tu cuerpo no es tuyo, sino un bien del cual cualquiera opina y dispone.

Exactamente esa es la función del piropo, según nos lo cuenta Rita Segato: el cuerpo de las mujeres se convierte en el soporte privilegiado para escribir y emitir el mensaje violento y aleccionador de quienes detentan el poder en una sociedad machista hacia los más débiles, para recordarles quiénes mandan y quiénes son los que deben someterse.

¿Te funcionó alguna vez que esa chica a la cual le gritaste cosas se haya sentido halagada, agradecida, haya girado de manera grácil sobre sus zapatos y te haya dado el número de teléfono para que la llames?

No.

El denominador común es el estado de terror permanente y la sensación de peligro cuando salimos a la calle. Es tal que en la Ciudad ya tenemos una ley que sanciona el acoso callejero. Pero una ley no alcanza, lo que tenemos que luchar por cambiar de raíz son las prácticas de todos los días, y cuestionar incluso aquéllas que parecen inocentes o bienintencionadas.

* Andrea Conde es Legisladora Porteña y Presidenta de la Comisión de Mujer, Infancia, Adolescencia y Juventud.