La palabra devaluada
La palabra devaluada

Cuando Mauricio Macri llevó adelante la campaña electoral para promocionar su candidatura a presidente de la Nación, uno de los ejes centrales que desplegó fue el de la inflación ¿Cómo no hacerlo en un país como el nuestro, en el cual su historia inflacionaria es tan dolorosa y la variación de precios se mantiene latente, como amenaza permanente para la sociedad? Pero el ahora presidente, en el 2015, fue muy lejos con sus afirmaciones: “La inflación es la demostración de tu incapacidad para gobernar” “Si la inflación no baja va a ser culpa mía”, hasta llegó a decir que la inflación era lo más fácil de resolver. Sólo tardaría unos días. Luego vino la realidad de su gobierno y las consecuencias que sus irresponsabilidades trajeron para las mayorías de este país. Realidad dura, terrible, porque la inflación se lleva la comida de nuestros pibes, la inflación se lleva el salario de los trabajadores y trabajadoras.


Este gobierno, dice enmarcarse en una corriente de pensamiento económico denominada liberalismo, que cree que el organizador de la economía es el mercado. Cuando el estado se mete, hace lío, según sus premisas. Por eso, es que Marcos Peña afirmó hace una semana en el congreso nacional que no estaban de acuerdo con el control de precios. Pero una semana después “Pasaron Cosas”.
“La cosas” pasaron así: había un programa de precios cuidados vigente, que actualizó el listado y los precios en enero de este año con fecha de finalización el 6 de mayo. Eran 560 precios acordados. Pero como el gobierno proclama liberalismo y ortodoxia, vació los equipos destinados a controlar que ese programa funcionara y los supermercados sacaron a la mayoría de esos productos, aumentaron sin parar y todo se descontroló. Luego, el gobierno, se dio cuenta que había que ganar las elecciones y que no podía parar los excesivos aumentos y las inescrupulosas acciones de empresas monopólicas que controlan la producción y distribución de alimentos básicos. El caso paradigmático y que denunciamos en la justicia fue el de la empresa Mastellone S.A. que desabasteció la zona metropolitana de su leche de segunda marca y aumentó su leche de primera marca lucrando con el hambre del pueblo.


Ante este escenario desbordado comenzaron a hacer anuncios absurdos, desarticulados, se pelearon entre ellos, debatieron mediante declaraciones a la prensa. Finalmente, Macri armó un spot increíble, en el cual le explicaba a una vecina en su casa las medidas: nadie entendió si era un anuncio “oficial” un spot de campaña o ambos, todo junto, mezclado, horrible. Al rato una conferencia de prensa con funcionarios del gabinete nacional vino a aclarar las famosas medidas, que ya todos conocíamos:


Prestarle plata de los jubilados (¡porque son fondos de la Anses!) a los jubilados para que paguen sus deudas con más intereses que antes, establecer un acuerdo sin control por parte de nadie, sólo la palabra de algunas empresas para que no aumenten hasta fin de año 60 “productos esenciales” y alguna medida cosmética que debería resolver los graves problemas de las pymes al no cobrarles una comisión por depositar en efectivo.


Según nuestro indicador de precios (IBP) entre diciembre de 2015 y marzo de 2019, los alimentos básicos aumentaron un 165,14%. Ello significa que el valor de la Canasta Básica de alimentos subió de $4.036,48 a $10.702,29. Mientras que la Canasta Básica Total, que establece la Línea de Pobreza, pasó de valer $9.768,27 a $26.541,69 para una familia tipo. Un incremento de 171.71%. Por otra parte, hubo productos de primera necesidad que aumentaron muy por encima: la harina aumentó un 252,94%, el aceite 243,75%, el pan un 200% y la leche 185,71%, la carne picada aumentó un 190,32%, el pollo 172,73% y la nalga 160%. La contracara de esos aumentos son los datos oficiales del INDEC, que nos informan que el porcentaje de hogares por debajo de la línea de pobreza es del 23,4%; estos comprenden el 32,0% de las personas. Dentro de este conjunto se distingue un 4,8% de hogares indigentes que incluyen el 6,7% de las personas. Con 12.950.000 pobres en Argentina, 1 de cada 3 habitantes sumidos en esta situación.


Es decir, los 60 “productos esenciales” son una venda para una hemorragia.


Crecen los problemas alimentarios, lo dicen las estadísticas, la realidad, nuestros comedores, las diferentes personas que día a día, con compromiso y paciencia, emparchan esa realidad que el estado deja librado al azar, a merced de las grandes empresas monopólicas que tanto resguarda con las leyes del mercado.


A la realidad no se la esconde, no se la tapa. La realidad persiste, surge, se visibiliza. No se tapa el sol con las manos: en nuestro país volvió el hambre. Volvió el hambre a nuestros barrios, volvieron las colas de pibes y familias a nuestros comedores, la tristeza de la olla vacía en la casa y las panzas ruidosas de nuestros niñxs.


La palabra devaluada de un gobierno que dijo que venía a cambiar todo, y no mejoró nada. La palabra devaluada de un presidente que monta un espectáculo lamentable, queriendo expresar aquello que no es: un mandatario preocupado por generar cercanía con su pueblo. A la cercanía se la construye con empatía y pateando los barrios, con políticas públicas certeras y acertadas que mejoren la vida de la población, no con falsos timbreos escenificados, no con Durán Barba.


El equipo económico que queda es una sucursal del Fondo Monetario Internacional. Ese equipo, que iba a ser el mejor de los últimos cincuenta años, hizo todo mal. Se le desmadraron las variables económicas, endeudamiento, descontrol de precios, tasas de interés insostenibles, y a eso responden con impericia, con comunicación berreta, con las medidas que ellos mismos llamaron populistas como el control de precios, pero encima lo hacen mal. Y hambre crece en la calle. Hambre en los barrios, hambre en los pibes.
La moneda devaluada, la palabra devaluada, la verdad devaluada.


Sólo nos queda comenzar de nuevo, como ya supimos hacer otras veces en nuestra historia. Con democracia genuina y ampliada. Con participación social y compromiso político: para transformar las realidades que nos duelen. Para poner platos de comida en la mesa de las escuelas y que nuestros pibes vuelvan a tener lo que merecen: un futuro posible, una vida digna.

*Daniel Menéndez, sociólogo, dirigente de Barrios de Pie y Somos.