Los trabajadores de Télam completaron esta semana 17 días continuos de acampe y protesta frente a la Cámara Nacional de Apelaciones del Trabajo con la demanda de una solución a los 357 despidos sufridos en 2018, que precipitaron un extraño itinerario judicial, pletórico de suspicacias. Sin embargo, buena parte de la suerte de las decisiones judiciales pendientes sobre el conflicto sindical que ganó centralidad en la agenda mediática se mensura y define a más de 11 mil kilómetros del Palacio de Tribunales. Son las arboladas calles de Ginebra y el boato arraigado en la arquitectura del Vaticano –y no los derruidos despachos de Lavalle 1554- el paisaje que acompaña a los camaristas que se aprestan, finalmente, a precisar el desenlace de un conflicto en el que todos los jueces del Trabajo parecen haber salido lastimados.

Una leyenda negra antiperonista asegura que Julio Cortazar justificó su exilio europeo con esta frase: “Los tambores peronistas no me dejaban escuchar a Bartok”. Aunque no exista un registro verídico de aquel enunciado, bien puede ser el credo de algunos magistrados que, agobiados por los bombos en la puerta de la Cámara, apuraron el paso hacia Ezeiza.

La rutina ginebrina amansa cualquier temperamento. Nada mejor que aquella atmósfera para hallar la fórmula para empezar a clausurar un conflicto que, cada vez que se quiso archivar, resurgió con aires iracundos.

No le pido tanto a Dios

La primera escala del exilio fue el Vaticano. El martes de la semana pasada el papa Francisco, en off y en on, sentó posición sobre el uso del poder judicial con fines políticos. Las fotos se las llevaron Eugenio Zaffaroni, siempre seductor para los medios, e Inés Weinberg de Roca, presidente del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad, de estrecho diálogo con el macrismo; pero en aquella fuente también abrevaron, con toda discreción y omitidos en las gacetillas de prensa, dos jueces de la Cámara del Trabajo, Roberto Pompa –magistrado de la Sala IX - y Luis Raffaghelli -de la Sala VI-, conocedores del músculo judicial iuslaboralista.

Bajo el emblema “Derechos sociales y doctrina franciscana", una cumbre de jueces, promovida por el magistrado porteño Andrés Gallardo -acaso el fiel de la balanza más preciso en su caracterización de lo que pomposamente se llama “lawfare”-, los funcionarios judiciales escucharon el llamado del Papa en rechazo a una “intervención exógena (…) a través del uso indebido de los procedimientos legales”. El ejemplo de Télam no tardó en aparecer.

Tanto a Raffaghelli como a Pompa les tocó intervenir en varios expedientes de los trabajadores de Télam, pero al titular de la Sala VI acaso protagonizó un punto de giro definitivo en el conflicto: rechazó hace semanas, de modo lapidario, la excusación presentada por el primer juez de la causa de los trabajadores de la agencia, Enrique Arias Gibert, víctima de persistentes ataques por parte de la Casa Rosada y probablemente –aunque la letra de su resolución parece ir en otro sentido- le dio el espaldarazo necesario para retomar la causa, ya liberado de cuestionamientos.

Aquella voz de Raffaghelli, entonces una patriada casi solitaria, comenzó a tomar cuerpo y a ser replicada.

Ese síntoma alentó una salida al conflicto. Porque en la Cámara del Trabajo, aunque todos crean en Dios, nadie reza solo.

Los jueces y juezas de la Cámara del Trabajo y sus asesores en la Conferencia anual de la OIT, en Ginebra.
Los jueces y juezas de la Cámara del Trabajo y sus asesores en la Conferencia anual de la OIT, en Ginebra.

Simultáneas

En el ajedrez se conoce como “simultáneas” al evento en el que un jugador encara múltiples partidas, breves, con diferentes jugadores. En esa lógica funcionan los 6 mil delegados que asisten a la 108va. Asamblea Anual de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en Ginebra, Suiza. Allí se celebran los 100 años del organismo. Un sinfín de relaciones diplomáticas y juegos de poder se yuxtaponen; y las miserias domésticas conviven con los movimientos grandilocuentes del derecho internacional. Entre los seis mil visitantes sobresalen cinco jugadores de peso en la Cámara del Trabajo: Mario Fera (Sala IX), Silvia Pinto Varela (Sala IV), Diana Cañal (Sala III), Graciela Craig (Sala VI, titular de la Asociación Nacional de Jueces y Juezas del Trabajo) y el propio Arias Gibert. Ningún peón. Todos alfiles.

Para Arias Gibert, Ginebra no es la ciudad más cara del mundo sino un remanso que no tiene precio. Verdaderamente padeció la persecución del gobierno, que le promovió juicio político por haber fallado a favor de los trabajadores de Télam, el 22 de agosto de 2018. Alguna vez, en los albores del macrismo, había calificado la política judicial de la Casa Rosada como “policía del pensamiento”. Pero nunca sospechó que iba a ser la presa principal.

Hace dos semanas Gibert, que tenía las causas de Télam bajo tratamiento, las mandó a re-sortear. Se desentendió de nueve expedientes pero, en pocos días, cinco de ellos volvieron a su despacho, rechazados por los jueces de las Salas I, IX y X, con variados argumentos. Lo que a simple vista se exhibe como un revés, al mismo tiempo constituye aval explícito para que el presidente de la Sala V resuelva sin que ningún pícaro busque lo que no hay desde el Consejo de la Magistratura, donde ahora Miguel Angel Pichetto, de pronto oficialista, ocupa una posición incierta.

La paz ginebrina parece haber influido también en Silvia Pinto Varela, que fue a Suiza en busca de una cumbre que se propone trazar las coordenadas de un convenio a escala global sobre violencia laboral, una especie en la que alumbró algún reconocimiento académico y doctrinario. Pero lejos de ese relumbrón, la crisis de Télam empaña sus jornadas.

La Sala IV, que ella integra, se había mostrado particularmente enjundiosa cuando, en otro ciclo del conflicto de Télam, en los primeros días de 2019, las maniobras del abogado oficial, Juan José Etala, parecían inexpugnables. En aquellos días se desencadenó, como un aluvión, una secuencia de sentencias y decisiones procesales –algunas imperceptibles pero determinantes- todas adversas para los trabajadores de la agencia.

Pero aquel viento político se desvaneció y la opacidad nocturna de Ginebra invita a reflexionar en el encierro. Evalúa que a su regreso a Buenos Aires quizá se encuentre con una ola de pronunciamientos que insiste con la jurisdicción de la Sala V (Gibert) y un calendario electoral avanzado. A ningún juez le gusta –menos a su par de sala Héctor Guisado- bailar a destiempo.

Más distendida se muestra Diana Cañal. La Sala III, por cuestiones del azar, fue una de las menos contaminadas por el conflicto de Télam. Antes de subir al avión tuvo un encuentro con el presidente de la Cámara del Trabajo, Luis Catardo, y allí recibió –ante testigos - señales que la reconfortaron.

“Derecho sabemos todos, pero esto se trata de otra cosa”, repite Catardo cuando los antiguos empleados de la Cámara lo interpelan, sin disimular aires de maldad, por la encerrona de la causa Télam. A él le toca que la tarea de que el conflicto de la agencia pública, que es apenas uno sólo de los 70 mil expedientes anuales que pasan por la Cámara, no establezca un nubarrón institucional que lo deje a él mismo sin salida por desaciertos ajenos.

Para él no existe Ginebra.

Rayuela

En Lavalle 1554 no se oyen los cuarteros de cuerda de Bela Bartok. Los trabajadores de Télam se hacen sentir sin necesidad de violines, violas ni violonchellos. Y una bandera impacta: el Sindicato de Prensa de Buenos Aires desplegó un banner inmenso con la cara de cada uno de los 357 despedidos de Télam que se visualiza desde los despachos de los jueces. La justicia puede ser ciega, pero los trabajadores madrugan cada día y se empecinan en romper las vendas y mostrar qué hay una historia detrás de cada expediente. Télam no es la primera protesta que se monta frente a la Cámara del Trabajo ni tampoco la más numerosa, pero los antiguos camaristas no recuerdan otra tan incómoda.

Los trabajadores de Télam acampan todos los días frente a la Cámara del Trabajo. El 26 de junio se realizará un acto masivo.
Los trabajadores de Télam acampan todos los días frente a la Cámara del Trabajo. El 26 de junio se realizará un acto masivo.

La causa de Télam fue fragmentada en nueve partes a la luz de los pedidos del gobierno, que imaginaba 357 sentencias condenatorias que replicaran los primeros antecedentes de 2018. La jueza Gabriela Vázquez, que se reintegró a su cargo el 17 de noviembre –el conflicto de Télam ya había estallado- atacó de plano, apenas reasumió, aquella decisión reglamentaria de la Cámara del Trabajo, cocinada un par de semanas antes, que inició el despojo de los expedientes de Télam a la Sala V. Calificó de “llamativa” la maniobra y consideró natural la rebelión popular que ya se proyectaba en la puerta de la Cámara. Y rasuró los fundamentos jurídicos de la resolución, que anulaba la intervención de los jueces para determinar las conexidades y las convertía en un trámite administrativo, de corte oscurantista. El miércoles de esta semana recuperó aquellos argumentos, para remitir un expediente que le había llegado a la Sala I, y se respaldó en aquel voto originario de Raffaghelli, que exhumó los expedientes de Télam y encontró más de un acto en el que la Sala V había refrendado su jurisdicción.

A Gabriela Vázquez, la primera vez, sólo la escucharon. Pero –ahora- las palabras de la ex miembro del Consejo de la Magistratura, cargo al que accedió con complacencia peronista y fervor kirchnerista, penetran de otra forma a medida que la fórmula Fernández-Fernández consolida su espacio.

El frente de Télam y de la Cámara del Trabajo vestidos con la cara de los trabajadores despedidos.
El frente de Télam y de la Cámara del Trabajo vestidos con la cara de los trabajadores despedidos.

El miércoles 26 de junio se cumple un año exacto de los 357 despidos ordenados por Hernán Lombardi. Los jueces del Trabajo, que, más allá de cualquier coyuntura, nunca descuidaron el vínculo con las centrales sindicales, se enteraron - de primera mano- por dirigentes de las CTA y la CGT, que los trabajadores de Télam proyectan ese día un acto y una movilización de proporciones frente a la Cámara del Trabajo, con importantes respaldos.

A ninguno se le escapa que, si aquello finalmente ocurre, será leído como un acto de miopía política por parte de los magistrados. Nadie se ubica solo en ese lugar.

“La explicación es un error bien vestido”, decía Oliveira, el personaje de Cortazar en la novela Rayuela, editada en París, en 1963, años después del exilio que la leyenda imputa a la intransigencia de los tambores peronistas.

Los camaristas no quieren volver a dar explicaciones por el desaguisado de Télam. Menos saber del repiqueteo de los bombos. El reloj los apura.