Pinturas desde la humanidad
Pinturas desde la humanidad

Hay que saber mirar muy profundo, para hallar en el múltiple universo que nos rodea las imágenes capaces de develar el alma secreta de las cosas, o las íntimas pulsiones que nos animan.

También hay que conocer a fondo el oficio de la pintura, para poder traducir con precisión aquellas imágenes.

Pero una vez conquistado todo eso, hay que poder asomarse a ciertas inasibles magias, para que florezca el “encanto”, esa cualidad que (según Oscar Wilde) distingue inconfundiblemente al arte.

Y es precisamente el encanto lo primero que viene a nuestro encuentro cuando nos acercamos a las obras de Silvina Benguria.

Misteriosas y encantadoras son sus embarcaciones sumergidas en humos y nieblas multicolores. Idílicas las atmósferas de las que emergen entrañables “monstruos” antediluvianos.

Y sobre todo encantadores, los seres y situaciones profundamente humanos con los que irremediablemente empatizamos.

Porque esos seres parecieran reflejar nuestros sueños y avatares, nuestras glorias y pequeñas miserias. Son frágiles y a la vez poderosos; circunstanciales, pero con un potente hálito de atemporalidad que los anima.

Son a la vez vulgares y muy distinguidos. Son, acaso, un vasto autorretrato de la humanidad, en el que por supuesto, no falta la ironía ni el humor.

No la ironía capaz de herir a un semejante, sino el elegante ejercicio espiritual que en la paradoja y el absurdo halla las
claves de una comunicación auténtica y profunda.

Y por eso, de alguna forma (de todas las formas), adivinamos que “somos” los personajes que Benguria retrata.

En su Prometeo encadenado, Esquilo presenta a dioses que aluden a los humanos llamándolos “los efímeros”.Y seguramente porque nos sabemos efímeros, es que entre otras cosas dimos con el arte, que cuando encuentra miradas como la de Silvina Benguria, nos ilusiona con cierta encantadora fragancia de eternidad.

*El autor es Pintor boquense. Director del Museo de Bellas Artes Benito Quinquela Martín.