La muerte de Sergio Zacaríaz por frío a dos cuadras de la Legislatura Porteña y a cuatro de la Casa Rosada, en el distrito con más recursos de todo el país, puso en foco de la peor manera el drama creciente de las personas en situación de calle en la Ciudad de Buenos Aires.

Pero este hombre de 53 años no murió de frío. Murió de desidia, de negligencia, de total insensibilidad. De total insensibilidad de un gobierno que, al día siguiente del hecho, salió a decir que en realidad son personas de provincia, “sin bártulos”, que en realidad hay gente que prefiere dormir en la calle porque tiene problemas psiquiátricos. Pero que, en realidad, gasta quince mil pesos por maceta para el microcentro mientras miles de personas van cayendo en la pobreza, en la indigencia, en la necesidad de buscar en la basura para sobrevivir de lo que otros tiran. Y ahí sí los ven. Y les ponen candado.

La muerte de Zacaríaz no es una fatalidad. Es consecuencia del accionar de un gobierno que parte de premisas tan crueles. Que niega lo que está a la vista de cualquiera que camine las calles todos los días cuando no puede esquivar la pregunta, pero si puede, la esquiva. Porque en el fondo, la pobreza le es indiferente. Porque para este gobierno ocupar el Estado no es otra cosa que abrir nuevas posibilidades de negocios para ellos y sus socios. Históricamente, la Ciudad poseía un buen sistema de atención y contención para la gente en situación de calle. Se empezó a deteriorar a partir de la asunción de Macri como jefe de gobierno, en 2007.

El censo que realiza hoy el gobierno porteño asume que la dimensión de situación de calle tiene que ver únicamente con las personas que viven físicamente ahí, excluyendo a familias y personas que pernoctan en hogares y hoteles pero que entran y salen de calle permanentemente, niños y adolescentes que trabajan y viven de y en la calle, recicladores urbanos que están largas jornadas de su vida sobreviviendo en calle y familias desalojadas violentamente por ser ocupantes irregulares de viviendas, entre otros. De esta manera, solo toman como parámetro a las personas que se encontraban en el espacio público el día de elaboración del censo.

Pero la realidad no miente y el Sol no se puede tapar más con la mano. Los números de la pobreza y la indigencia en la Ciudad crecieron exponencialmente durante el gobierno de Rodríguez Larreta. Entre 2015 y 2018, se duplicó el número de indigentes en la Ciudad, rozando el estremecedor número de 200 mil personas. Y no porque Rodríguez Larreta sea peor jefe de Gobierno que Macri, sino porque durante ese tiempo Macri fue presidente y se duplicó tanto a nivel nacional como local la política de barrer la pobreza debajo de la alfombra, de negarla, de echarle la culpa a otros, de no hacerse cargo.

Las consecuencias están a la vista. La clase media no llega a fin de mes, la pobreza crece, la indigencia aumenta y las personas en situación de calle no resisten. Y si bien es destacable que haya hoy tantas personas y organizaciones ensayando soluciones solidarias para ayudar a quienes tienen que dormir en la calle durante esta ola de frío, no debemos perder de vista que la ayuda más valiosa será tomar la decisión en octubre de desterrar al macrismo del gobierno como punto de partida para construir una Ciudad más justa, más sensible y donde quepamos todos y todas.