El sencillo modo de contar y vivir el dolor en la esperanza
El sencillo modo de contar y vivir el dolor en la esperanza

Cuando un autor toma la iniciativa de contar una historia apelando a su propia historia, se mete en un problema muy complejo. La presión respecto de la identidad de los hechos, su textura y su ambigua relación con una realidad que pasa a ser otra en la narración, es enorme.

Mario Méndez, en su novela juvenil “El que no salta es un holandés”, se mete “en camisa de once varas” y sale fortalecido de esa experiencia en un libro que, con toda seguridad, dará de qué hablar.

Méndez explicó alguna vez cómo llegó a la literatura infantil: “Mi viejo me contaba cuentos, sobre todo dos, que repetía siempre iguales, y mi mamá me leía los cuentos de una revista maravillosa que se llamaba “Recreo infantil”, de la cual me quedaron un par de números (son del 70, más o menos)".

"Además tenía un libro de Fábulas, de tapa roja, que ahora leen mis hijas y que Sigmar sigue editando, y otros dos libros grandotes, también de Sigmar, que todavía tengo: “Las ardillitas mellizas” y “Caperucita Roja”. Y contó cuál eran sus clásicos: “… a partir de que empecé a leer solo mis padres me compraban los libros de la Colección Billiken, sobre todo adaptaciones de clásicos para chicos: “Sherlock Holmes”,” Tom Sawyer”, y también “El Quijote”, “Robinson Crusoe”, “Moby Dick”. Me gustaban muchísimo”, señala.

En ese punto de partida parece instalarse su literatura, sin perder el principio, hurgando en el camino hasta hallar nuevas respuestas a esa inquietud, ese escozor que no cesa, que lo emparenta con la palabra. Hay un mundo entonces en su mundo, un espacio al que hace referencia al plasmar su propia voz que denota un camino.

En “El que no salta es un holandés”, Pablo es un niño que hace de su camino a la adolescencia, un espacio donde debe lidiar con contingencias de quiebres profundos en tanto busca, a veces sin saberlo, sostener la trama de afectos que lo sostiene. A veces son asuntos personales, otras, los efectos exteriores de un tiempo feroz como lo fue el de los años de la dictadura militar que hirió al país e incidió sobre la vida de millones de personas.

La separación de sus padres le provoca vivir en dos espacios diferentes como distantes, Mar del Plata, con su madre en los veranos u ocasionalmente, en Temperley, con su padre y la certidumbre de que es posible morir, desaparecer o mutar de golpe en el silencio de muchos y el horror que es imposible de contener. En tanto, los cambios familiares, las parejas de sus padres, una hermana que llega y está distante, el salto a la escuela secundaria, lo marcan y lo conmueven.

En la secundaria conoce a Delicia Jansen, su amiga en el camino de los nuevos años, el amor no correspondido que es siempre esperanza, la desaparición de su hermano y la confrontación con los años de fuego en un mundo que lucha y que calla, que se anuda para luchar contra la injusticia, y teme que las sombras de la muerte, lo alcancen.

El marco de referencia que más gravita en la novela, es el mundial de fútbol que ganó la Argentina en 1978. Mientras que la madre de Delicia va a convertirse en una de las Madres de Plaza de Mayo ante la desaparición de su hijo, el fútbol abruma con su espíritu colectivo y su capacidad de encubrir las heridas.

En ese mundo, Méndez busca definir el carácter de sus personajes que son parte de sus propias vivencias pero no se queda en ese punto del camino. Logra un relato ágil, acaso sin estridencias aunque apelando a la profundidad a la que jamás se llega sin la complicidad del lector. Es ahí donde aparece una de las claves de su trabajo.

Su escenario es el pasado, pero el pasado en el arte de narrar es el ahora, un sentimiento que atraviesa a un lector en su acción. El ahora trae en el relato de Méndez esos sucedidos, en parte autobiográficos, que adquieren nuevos contenidos si los personajes que alucinaron su vida son los que el lector adoptó en su sensibilidad para significar su propia vida en el hecho de hacerse de ellos.

Delicia, Pablo, Elba Jansen, su hijo Pajarito, desaparecido, superan el tiempo de papel de la novela y danzan en la humanidad de quienes los toman, justamente por imperiosa humanidad, para intentar explicar el mundo, el país, el barrio y la casa, desde un sentimiento de olvido que regresa como una nueva herida.

La memoria tiene siempre una lealtad no escrita, hay que rescatarla entonces y se hace necesario hacer convivir lo que se considera una verdad con la imaginería que hace de los hechos un verosímil conmovedor. El escritor, como lo hace Mario Méndez, tiene que poner en el hoy al pasado, debe resolver lo intransitable en palabras, en episodios que generen una nueva representación. Dicen que la paradoja de la memoria y el recuerdo es la ubicuidad en tiempo y espacio; reescrituras de vivencias que solo el arte permite alcanzar.

No es posible desdeñar que lo autobiográfico hace a la comprensión histórica. Y si bien “El que no salta es un holandés” está destinado a lectores juveniles, la literatura lo lleva a una anchura que, sin abandonar ese renglón etáreo, la afirma en un campo más amplio, y nos lleva a reflexionar que toda memoria del olvido es, en cierto modo, un amanecer entre páginas que ya son de otros, y Méndez bien pudo haber apostado a ese encuentro.

Méndez ha publicado más de cuarenta libros, las novelas van por las veinte. La lista se inició con “El monstruo de las Frambuesas”, “El monstruo del arroyo” (publicada en Paraguay, Chile, México y Uruguay), “Cabo Fantasma” (que logró el premio Fantasía de Narrativa en 1998, publicada en Bolivia), “Pedro y los lobos” (que publicó Alfaguara de Bolivia), “El vuelo del dragón”, “El regreso de los dragones”, “El regreso de los innombrables”, “El tesoro subterráneo”, “Brujas en el bosque”, “Los secretos del domingo”, “Los buscadores del Tuyú” y “El viejo de la biblioteca”.

Sus cuentos superan los cincuenta, y “El partido”, obtuvo la mención en el concurso Amnistía te cuenta tus derechos, de Amnistía Internacional Argentina). Mario explica lo que significa el libro, la literatura en su vida: “Yo vivo con los libros, de los libros y en cierto sentido, para los libros. Doy clases en Edición, doy talleres de cine y literatura, escribo, entrevisto escritores.

Estoy rodeado. ”Un modo de definir que en la escritura, quien la ejerce solo puede ingresar en ella porque luego, en el ejercicio de ese raro oficio que no deja lugar a posibles fugas, queda encerrado por sus lianas como si solamente en ellas, a través de ellas, pudiese liberarse aunque siempre en un universo del que jamás podrá salir. Libro a libro, palabra a palabra, ese parece ser el desafío de un escritor. Y Mario Méndez lo acepta. Su respuesta hoy se llama “El que no salta es un holandés”.

*Periodista, escritor, autor de “Guardia de Hierro. De Perón a Bergoglio”, “Rescoldo” (poesía). Es inminente la aparición de su nuevo libro “Historia Política de la Sociedad Rural” (Ediciones Octubre.)