La más política de las drogas
La más política de las drogas
El misoprostol fue desde su descubrimiento una herramienta que, propagándose de boca en boca, pudo a desplazar métodos medievales como el perejil para abortar. Sí, abortar. Digámoslo una y mil veces sin eufemismos. Yo aborté, tú abortas, ellas abortan.
 
Todas y todes abortamos en promedio dos veces en la vida y el silencio y los eufemismos solo nos valieron más opresión.  
 
El misoprostol, esas pastillas subterráneas que abruptamente redujeron de manera drástica las tasas de mortalidad materna y que fueron antes hallazgo de la picardía popular que de las industrias farmacológicas. Misoprostol que supimos tener en Argentina a $452 en Precios Cuidados, por voluntad política y bajo control institucional y que ahora sobrepasa los $6.500 sin regulaciones y sin embargo sigue siendo el método más efectivo, menos invasivo y el recomendado para los abortos seguros. 
 
¿Por qué hay tanto oscurantismo alrededor de nuestros abortos a pesar que más de la mitad de la población mundial lo hace, lo hizo o lo hará? Porque es una declaración de desacato a lo que el patriarcado espera de nosotras: que cumplamos de manera efectiva nuestro fin último de vida que es reproducir la especie, “ser mamá”. Porque es una declaración de autonomía de cuerpos que por lo general son vistos como objeto de consumo o como propiedad masculina.
 
Es un afirmar que “yo decido” contra un universo milenariamente construido en clave machista que se empecina en reafirmar, por un lado, que lo único que podes poseer es un hijo, y por otro, que siempre la decisión sobre tu vida la tendrán otros. Con O,  el Estado, el médico, el cura, o el varón más cercano que se adjudica momentáneamente la chapa de “padre” pero que luego huye cuando le llega el CBU para depositar la cuota alimentaria. 
 
Por eso una y otra vez seguimos diciendo “misoprostol”, porque incluso cantar “aborto legal en el hospital” sigue siendo una trampa, en donde detrás del reclamo directo de una política pública que abra los hospitales a nuestros derechos debidos también se esconde la subordinación de que sea un proceso supervisado, patologizado, dramatizado y quirúrgico que asegure una experiencia disciplinante que no quieras repetir. Porque el patriarcado disciplina ante todo nuestros cuerpos. 
 
¿Por qué pedimos aborto en el hospital, pero no producción pública de misoprostol? 
 
Si hay algo que hemos aprendido tanto de las militancias feministas, como las LGBT son las estrategias de oponer orgullo y visibilidad a aquello que desde siempre fue socializado como vergonzoso, oscuro, vivido con culpa y toneladas de drama: el aborto estuvo en el closet durante siglos.
 
Por eso salimos a decir que nosotras abortamos. No interrumpimos nada, abortamos por decisión política y comprensión histórica todo aquello que no deseemos. 
 
Durante 2018 hubo un hito en nuestro país: un millón de pibas solo en la Ciudad de Buenos Aires y miles más a lo largo del país prendieron fuego ese closet y pusieron el cuerpo en la calle para salir a pelear por un derecho que saben que es suyo. Pusieron sobre la mesa y despenalizaron socialmente una realidad y sin embargo, no fue suficiente. 
 
Esto nos da la pauta de que por más de que este gobierno se esconda detrás de todo el pinkwashing, por más que lo enuncie como un debate “democrático”, por más que incluso haya una Fabiana Tuñez bien paga que abogue por el “feminista menos pensado”, jamás podríamos tener una ley que nos permita abortar de manera legal, segura y gratuita.
 
Y le agregamos autónoma. Porque ninguna ley que requiera anclaje territorial puede ser garantizada sin estructura, sin presupuesto, sin Ministerio de Salud y, sobre todo, sin voluntad política. Porque ningún gobierno que considere que la salud de los y las argentinas no merece el rango de ministerio podría tener entre sus prioridades los derechos reproductivos de quienes hambrea en cada rincón. 
 
Y también sabemos, a la luz de la historia, que sólo el peronismo es aquella vía pragmática que puede dar cauce no solo al aborto legal, sino a todas las demandas feministas. No hay otra vía política conocida que pueda conjugar los intereses populares con una vocación de ampliación de derechos. Fue el gobierno anterior el que dotó no solo de herramientas simbólicas a una generación, sino el que crió generaciones más libres por los mismos derechos que otorgó. Es casi capicúa. Pero también es una promesa.
 
Andrea Conde es legisladora porteña y Presidenta de la Comisión de Mujer, Infancia, Adolescencia y Juventud.