La confusión que pasó a ser materia para la belleza
La confusión que pasó a ser materia para la belleza

El libro y la batalla


“Cuando uno abre un libro, se encuentra ya al final de un largo camino. Un camino que empezó con un autor cuyo primer reto fue imaginar a los lectores que pasarían sus páginas aún por escribir.”, expresa Kevin Birmingham, al abrir “El libro más peligroso. James Joyce y la batalla por Ulises”.

Sucede que en las obras de valor, quien lee queda siempre a la espera de las páginas faltantes que, por lo general, no serán escritas jamás. Es su propia inventiva lanzada al vacío por esa rara conjunción autor-lector, la que le genera una ilusión que no tiene límites.

Sucede, como en esta obra, que el arte es la más clara conjunción estelar donde se reúnen, de modo imperfecto, posible e imposible y su daño es la obsesión del arte de la palabra que se repondrá, como tal vez proponía Aristóteles en su “Poética”, en la exposición abierta, el compartir y la amistad.

El autor se propone, sin dudas, provocar, y no le cuesta trabajo hacerlo, sin que esto menoscabe su rol de difusor –un matiz en su notable aporte-, por Joyce logró provocar al mundo, escandalizarlo, no ya como propiciador de un discutible insulto a las presumidas buenas costumbres, sino desde su aporte universal a la palabra. Y como José Hernández, vaya digresión, toma del pueblo su voz, su estilo, sus costumbres, y la lumbre posible que atrapa de su vida cotidiana, y lo lanza como un revulsivo transformador en procura de alcanzar una reacción profunda e indubitable, en aquella mujer, en aquel hombres, que yacía adormecido en la cuesta del acostumbramiento burgués sea cual fuere su residencia. La riqueza, la pobreza, la indigencia y acaso, uno de sus peores rostros, la indiferencia.


Estremecer, conmover


Por eso, como un lanzamiento desde una catapulta que retrotrae los términos de su lenguaje, y lanza hacia el pasado su piedra que no acepta por un instante, la discusión, la censura moral se empeña en difundir la obra con la que Joyce se propone hacer estremecer el universo de la palabra. Y lo que alcance a su huella. Así lo expone Kevin Birmingham, en la introducción de “El libro más peligroso. James Joyce y la batalla por Ulises”.

“La censura era la tiranía de los estándares culturales instaurados, y los regímenes censores de Estados Unidos y Gran Bretaña dependían de una difusa red funcionarial respaldada por estatutos morales de mediados del siglo xix. Las leyes contra vicios como la obscenidad habían sido concebidas como herramienta de control de las poblaciones urbanas, y las principales responsables de implementarlas eran organizaciones semioficiales de moralistas voluntariosos que florecieron debido a que las ciudades crecían con más rapidez de la que los gobiernos podían asumir. Metrópolis como Londres y Nueva York preservaron su tenue orden social sirviéndose en gran medida de sociedades para la “supresión” de diversas lacras: la mendicidad, la prostitución, el vagabundeo, el opio, la crueldad contra niños y animales. Una de las más exitosas fue la Sociedad Londinense para la Supresión del Vicio (LSSV por sus siglas en inglés), que ayudó a redactar las leyes contra la obscenidad cuyo cumplimiento supervisaba”.

Y luego se toma de los conceptos de Ezra Pound, el loco que yacía cuerdo en los manicomios con que el estado norteamericano pretendía silenciar su literatura, y los aspectos políticos discutibles del autor bien pudieron ser nada más que un modo de provocar al poder, en particular a los poderosos, asumiendo una personalidad correspondiente a un personaje que hiciera estremecer las raíces de lo absoluto de un ejercicio que presumía ser una totalidad con aires de silencio sin oxígeno, a una altura de la civilización en la que pretendía. Así, tal vez, generaba, un arte para conmover y transformar. Pound nunca se anduvo con chiquitas a la hora de la literatura.

Expone entonces Kevin Birmingham: “Ezra Pound despotricó así en “The Egoist”: “Si no podemos escribir obras, novelas, poemas o cualquier otra forma concebible de literatura con el mismo privilegio y libertades que el científico, sin contar al menos con la oportunidad de verismo del científico, ¿a dónde demontres hemos llegado y qué sentido tiene en tal caso hacer cualquier cosa, cualquier cosa?”.

Pound seguía clamando contra la Ley Comstock a finales de los años veinte, cuando escribió al presidente del Tribunal Supremo, William Howard Taft, solicitando su ayuda para anular un estatuto promulgado, insistía él, por “una asamblea de babuinos e imbéciles”. Parte de lo que hacía de la Ley Comstock algo tan odioso era que recalcaba hasta qué punto los renegados e iconoclastas como Pound dependían del Servicio Postal para subsistir”.

El autor es doctor en Historia recibido en la Universidad de Harvard, buen destino si se toma en esa casa por la literatura ante la vasta profusión de embacaudores de la política que ha producido, el caso es alguno de los Bush que adhirió a la masonería y la caza de calaveras para satisfacer sus insufribles necesidades de notoriedad sin destino. Recordemos que sus sectas tomaron la calavera de Pancho Villa o los restos de Gerónimo para sus ceremonias de jóvenes aburridos de castas intocables. Así, Kevin Birmingham narró de un modo cercano a la novela, escritura por momentos llana, por momentos informada pero siempre con la mira – la vista imperturbable ante el objetivo- al lector al que teme, respeta y se dispone a conquistar.


La visión como revisión

De ese modo, Birmingham detalla cuánto sucedió en la escritura del “Ulises”, al que no todos han leído en su totalidad –una de las provocaciones con visos de eternidad que promovió el inquieto Joyce, implacable sin dudas- a la que le devino una respuesta inconsciente por parte de los editores, las dificultades angustiantes que sufrió antes de lograr publicar la novela.

Joyce, cuenta, escribió durante la primera gran guerra europea –a la que llaman mundial por ese afán eurocentrista que denuncia el decadente espacio occidental del planeta-. Joyce padecía glaucomas y por lo tanto, pérdida de visión lo que tal vez ahondaba desde el arte en el complejo oficio de la escritura, una percepción diferente, aguda y afiliada, de los términos que comprendían su idioma de base.

El esdcritor manejaba de modo desprolijo, por qué no soberbio y descuidado su dinero, y desadministraba lo que debía utilizar con esmero y efectividad –ese detalle chino de la realidad-, lo cual lo llevó a salir en búsqueda de mecenas, a veces una suerte de usureros que cobran sus intereses en arte, a diferencia de los avarilentos, que suelen ser muy veloces, y se cobran en pobreza más sometimiento su vil intercambio.

Joyce remarcó allí una enseñanza universal: todo mecenas merece siempre un atisbo de sana desconfianza. La cosa, insiste el autor, pasaba por superar la barrera de la alimentación de su familia. Debía, como en eras pretéritas, conseguir el alimento sumando a ello, la desconfianza de su esposa, que, al parecer, no entendía ni jota la ecuación que producía el intentar escribir una obra universal en momentos cuando no tenía a su alcance, los elementos que le acercar a la familia su subsistencia en la sociedad de su tiempo.

Paradójicamente, allí, cada uno tenía un poco de razón y no es menos cierto también, que Joyce decidió tomarla toda para él porque, se ha repetido la enseñanza, una obra de ese calibre requiere casi siempre del ejercicio de ciertas injusticias que la posteridad recontará como sucede en este espacio.


Escritura y porvenir, si existen


Como se suele subrayar, hay en Joyce y el “Ulises”, una amalgama entre escritura, proceso de publicación del libro, trámite y rechazos –esto en particular como una reacción masiva a su instalación como obra única, no en vano la vulgaridad y el chantaje chanta, se imponen hoy en la lógica de mercado-, luego, su reconocimiento que es fruto de una larga marcha como si se tratara de atravesar un territorio desolado, entre fiordos intransitables y arbustos espinosos sostenidos por una insufrible huella de arena. Se cuentan en ese avisaje previo al cruce del desierto, quemas de ejemplares, asistencias atribuladas a la justicia para impedir que su mensaje literario y artístico arrojase sus vientos al rostro atribulado de los indiferentes. No faltó el episodio de un impedimiento por parte de la justicia norteamericana para que llegara a sus costas.

Y como el whisky de la Costa Mosquito con el que soñaba enriquecer Faulkner, “Ulises” negocio con los contrabandistas y atravesó las aguas del Atlántico para instalarse en Boston, Nueva York y California, y no faltaron los difusores anónimos, animosos y promotores, que piratearon sus ediciones para que el público de ese país no perdiera aquellas páginas. No hay que olvidar que la flema británica no se desentendió de Joyce y lo prohibió como si de pronto, Londres de apariencia indiferente y costumbres drásticas, hiciera un ensayo localizado de la inquisición que calificó la obra de pornográfica. Así que, superados en forma parcial los días de la censura sin tregua, por la vía legal aclárese para evitar imperfectas versiones, la editorial española Pop Ediciones, pasó al castellano el ensayo que algunos observan como una suerte de novela de aventuras, que consiste en narrar con pasión y saber de oficio, que alcanza su cenit al publicarse para un público amplio, exigente y que se convierte en un “boca a boca” que no se desentiende del fervor.

Un censor moralista de los Estados Unidos, posible precursor de McCarthy y ese enfermizo anticomunismo bajo el aliento del intratable Hoover del FBI, Anthony Comstock, se la tomó con la literatura. Cuentan que lo desanimaban el sexo, anticonceptivos y abortos, de manera que se tornó en analista burocrático oficial de la literatura. A eso se refería el autor del libro. Al parecer, el censor celebraba la quema de no menos de 15 toneladas de ejemplares de todo signo. Si bien murió en 1915, para mejorar los sentimientos de sus perseguidos al menos por un instante, se presume que su legado alcanzó al “Ulises”. A aquella censura sin motivo ni razón, tuvo que superar Joyce, una matriz insolente con el arte de la escritura, un antecedente de los Videla que quemaron gran parte de las obras del Centro Editor de América Latina en la dictadura, y también casi la totalidad de lo publicado por la Biblioteca Constancio Vigil de Rosario, que incluyó toda la obra completa de Juanele Ortiz.

En la década de 1930, “década infame” en Argentina, la editorial norteamericana Random House (que lanzó a Faulkner entre otros), llevó a juicio el caso “Ulises” y luego de hacer una nueva caracterización del “Ulises”, realizó un cambio radical en la caracterización de la obra. Como se sabe, no siempre los jueces tienen idea del arte y la literatura, no todos profundizan la escritura y alcanzan la altura jujeña de un Héctor Tizón, que llegó a ser el máximo jefe de la Justicia en Jujuy. Hay un detalle, “Ulises” no fue jamás un libro para la pura comprensión del lector porque exigió siempre un compromiso abierto, una especie de pacto de sangre al que solo acceden los cómplices. Ese fue en parte su problema histórico, su destino insumiso.

En Inglaterra, la novela sería tachada deleyes utilizadas para reprimir la pornografía. Allí, Harriet S. Weaver, una mujer soltera de airevictoriano, con dineros familiares no mensurados pero importantes, se convirtió en mecenas de James Joyce. Lo mantuvo económicamente, buscó un editor y luego, ante los traspiés de época, procuró hacer conocer su obra en una revista literaria de su propiedad. En España se tradujeron diez páginas en la revista “Nos” en 1926 y se conoció hace unos pocos años, 1970 por ediciones Lumen, la edición completa con traducción argentina. Sería en Argentina donde en 1945, cuando la irrupción de Perón como líder político, cuando la tradujo José Salas Subirat. Hay una traducción más cercana en el tiempo, de Rolando Costa Picazo, un norteamericano ligado a la embajada de su país en Buenos Aires, que realizó un trabajo semejante hace unos años.

En enero de 1925, Jorge Luis Borges, hizo conocer en la revista “Proa”, “Ulises” de Joyce, una reseña en la que explica que se expresa “con la vaga intensidad que hubo en los viajadores antiguos, al describir la tierra que era nueva frente a su asombro errante”, aunque reconoce“no haber desbrozado las setecientas páginas que lo integran”, drama común a muchos escritores y críticos. Borges reveló que en los años 40 fue invitado a formar parte de una comisión de anglicistas para definir una traducción de la novela, pero luego de casi un año de trabajar la idea, semana a semana la decisión se vio interrumpida por la inesperada publicación de la traducción que encaró Salas Subirat.

Fue así que el “Ulises” se conoció, revela el autor, en revistas que publicaban fragmentos por entregas distribuidas por lo general, a través del correo que facilitaba los costos. No sucedía como en nuestros días con el correo Macri, que lleva sin seguridad obras, cartas o lo que sea, a precio dólar. Hubo tiempos mejores de mejores costos con prácticas de censura más severas. Si bien esto no está contenido en el libro del comentario, es innecesario declarar que toda obra de valía, llama a la reflexión y la debida asociación. De eso se trata.

Parte de lo que se cuenta en esta nota, que intenta promover la lectura de una obra inquietante y viva, se encuentra en “El libro más peligroso. James Joyce y la batalla por Ulises” de Kevin Birmingham.

Por eso,este por último, es un llamando a leerlo aunque sea incierto conseguirlo en Buenos Aires, advirtiendo sus rasgos provocativos que llaman a descubrir o redescubrir a un escritor al que le caben muchas instancias, siempre en el arte grande, y nunca en la indiferencia.

“Después de Ulises –expresa el autor-, la experimentación modernista dejó de ser marginal. Ahora era esencial. La confusión pasó a ser materia para la belleza en vez de semilla del caos, y aquella estética peculiar que emergía de un sentido más versátil del orden parecía traer consigo una nueva era”. Lo cual puede ser también, una incitación a la lectura y así, a compartir un universo que, aunque pequeño en lo relativo, puede ser inmensurable en los horizontes de la creación.

Alejandro Tarruela es Periodista, escritor, autor de “Guardia de Hierro. De Perón a Bergoglio”, “Rescoldo” (poesía). Es inminente la aparición de su nuevo libro “Historia Política de la Sociedad Rural” (Ediciones Octubre.)