foto: Latfem
foto: Latfem

En uno de esos pocos ratos libres vi la serie “Years and Years”, donde se plantea la distopía de un mundo que, sin muchas diferencias al actual salvo en puntuales avances tecnológicos, presenta una geopolítica virada hacia la extrema derecha que conjuga los peores vicios de la actualidad. El personaje de Emma Thompson, asimilable a Trump y Bolsonaro, pone en escena ridiculizado por una falta total de empatía y sutileza para exponer racismo, aporofobia, xenofobia y otras tantas fobias que más que miedos son bajezas.

Lo traigo porque me quedé pensando toda la semana, al principio un poco angustiada para no mentir, si evidentemente este mundo de ultraderechización extrema era inevitable. Si veremos con ojos cansados y profundo hastío cómo nos roban cada garantía, cada pedacito de bienestar hasta empujarnos al límite de lo humano. ¡Justo estas semanas de debacle de la economía!

Lo cierto es que la realidad, como siempre, muestra otro costado. Que las épocas en las que las sociedades se vieron más asfixiadas por sistemas político-económicos fueron caldo de cultivo para generar nuevos marcos a través de los cuales analizarnos, tejes desde donde sostenernos, pero sobre todo fueron el momento exacto en que caen viejas estructuras que delatan la violencia y crueldad de la que se alimentaron. Y creo que en la década pasada en nuestra querida Latinoamérica se empezaron a bosquejar nuevos modelos sociales y alternativos.

Sí, entre líneas hablo del agotamiento del capitalismo como un sistema gastado tanto política como culturalmente, pero también hablo del fin de la mentira de los liberalismos como ese conjunto de medidas o “recetas” que prometían éxito. En toda la región cae el velo, no sin haber causado todo tipo de estragos. En Argentina este velo cae, no sin haber matado de frío este invierno a decenas de personas, no sin cientos de muertes por gatillo fácil debido a una policía macrista desatada y desesperada, no sin dejarnos esa marca en cada une. Sin embargo, cae.

El fin del neoliberalismo, el fin del macrismo en Argentina es también el agotamiento de sus discursos. Es pararse de cara a la sociedad sin disfraces, sin Big Data, sin TN que dé una mano, a rendir cuentas de que nunca hubo voluntad de pobreza cero, más bien un crecimiento de 20 puntos de la misma. El fin del macrismo tan estrepitoso delata que no solo hay un desgaste personal, partidario de Cambiemos sino modelo de país agotado, que incluso en la crisis más inminente vuelve a las medidas heterodoxas (el uso de restricciones monetarias) que siempre criticaron en gobiernos populares.

El desafío será entonces pensar lo que viene, el nuevo modelo. Construir una alternativa sustentable en el tiempo tanto económica como políticamente bajo la premisa de responder a una correcta caracterización de esta nueva época. Lo que existe versus lo que deseamos colectivamente y diseñar juntes el cómo llegaremos ahí teniendo en cuenta la multiplicidad de factores que nos componen.

Parece una tarea titánica, pero la historia de quienes somos les argentines una vez más sorprende al repasar cuántas veces ya lo hicimos y como fruto de estos contextos surgieron grandes ejemplos de organización y resistencia que transformaron para siempre nuestra realidad tanto como trabajadores y trabajadoras y como ciudadanes.

La caída del modelo neoliberal tras un abrumador 52% habla del agotamiento también de una forma de construir poder y de trazar al Estado y sus dimensiones. Por ende también habla del agotamiento de su socio más solidario: el patriarcado como método también de acumulación.

Lo que no me deja duda es que la espina dorsal de ese nuevo modelo no solo tiene que ser el feminismo popular sino que tiene que ser explícito y entendido de esa manera. Hablo del feminismo como lógica que ha conquistado cada espacio.

La práctica es antiquísima, desde María Remedios del Valle, pasando por Mariquita Sánchez de Thompson, las muchachas de Evita y la mismísima Eva, hasta llegar a ese cruce increíble entre las Madres de Plaza de Mayo y Lohana Berkins, está en cada una de nuestras aristas identitarias. El feminismo argentino se ha reconstruido no solo como sujeto político, aunque atomizado, sino como práctica política en sí misma.

Hoy las calles, las plazas, las camas han sido recuperadas en clave feminista, en el trato empático, justicialista hasta para el goce. Es el feminismo popular que en las esquinas de los barrios sostuvo las ollas estos cuatro años y que de ninguna manera ahora puede existir política, lógica, superestructura ni modelo que lo excluya.

Pero además, que se diga. Que volver mejores es volver feministas como decisión y construcción política.

* Andrea Conde es legisladora porteña y Presidenta de la Comisión de Mujer, Infancia, Adolescencia y Juventud