Si fueran niños que asesinan por ser niños sería un escándalo inaudito, si de pronto hubiera un genocidio de empresarios, el país ardería en pánico. Pero simplemente asesinan mujeres como sucedió el fin de semana pasado, con un intervalo de doce horas.
¿Qué significan esas doce horas en el medio? ¿Una espera pasiva? ¿Aceptar una fatalidad? Como si el número cada vez más elevado de femicidios tuviera una matriz natural, como si esta precipitación de morbo sobre nuestros cuerpos que nos arrasa no fuera más que otra lluvia, o un fenómeno meteorológico impredecible.

Se llaman femicidios a aquellos homicidios que tiene como causal ser, ser mujer lesbiana, o mujer trans-travesti. El patriarcado cobra con cuerpos ciertas existencias o feminizadas o disidentes con las que puede hacerse su propia fiesta de perversión y después descartarlos para decir a la Justicia como Néstor Garay, el asesino de Navila, que había “enterrado un perro”.

Hay un tipo legal particular destinado a caracterizar estos homicidios porque habla de la raíz en la cual se origina: una sociedad patriarcal, machista. La idea de violar y asesinar mujeres, lesbianas o travestis-trans no se origina en cada uno de los agresores de manera independiente y alternativa sino que es una matriz social instalada desde el momento en que tenés 5 años y te dicen “los que se pelean se aman” o que entre amigos festejan acosar chicas en boliches o veredas.

Las estadísticas a partir de observatorios creados a estudiar las distintas violencias de género, arrojan números que si bien no son reveladores (porque quienes portamos estas identidades lo vivimos todos los días) si son clarificadores. Por lo general uno de dos femicidios se cometen en la casa de la víctima, que suele ser la vivienda familiar, y un 63% lo comete la pareja o ex pareja, que siempre es un varón.

Desde la Legislatura presentamos hace ya tiempo -y sin que se nos escuche- el proyecto de ley de ayuda económica para que las mujeres puedan salir de los hogares de sus agresores. Un cuarto de los números que hasta ahora arroja el observatorio Ahora que sí nos ven, 233 femicidios cometidos desde enero hasta agosto, son casos previamente denunciados a los cuales se aplican medidas tibias que nunca son suficientes.

Las doce horas que hubo en el medio entre los femicidios de Vanesa, Navila, Cecilia y Cielo o las horas que haya en adelante entre un asesinato y el otro tienen que ser de aplicación de políticas públicas que combatan ferozmente este flagelo, porque le cabe un solo nombre: genocidio. Con $11 por mujer que es el presupuesto destinado a la erradicación de la violencia a nivel nacional y el 0.08% del presupuesto en la Ciudad, lo que se puede comprar es apenas un caramelo. Y no hay foto con cartelito de #NiUnaMenos que valga si no hacés de eso coherencia estatal.

* Andrea Conde es legisladora porteña y Presidenta de la Comisión de Mujer, Infancia, Adolescencia y Juventud