La vida de Isabel tiene altos y bajos; las subidas son los recuerdos donde la escena se impone en base a su protagonismo como “La extraña de las botas rosas”, la modelo de la publicidad de Coca-Cola del '69 en La República de los Niños, en Gonnet, basada en la canción de la banda La Joven Guardia. Pero, aquel rosa no tardó de pasar del blanco al negro.

"Conocía al tecladista Félix Pando –su mamá era amiga de la mía, que se conocían del barrio de Recoleta– y al bajista Enrique Masllorens", cuenta en "Extraña princesa. Autobiografía de Isabel Palacios", realizada junto a Alejandra  Herranz  y publicada por  Editorial Dunken. 

Esta sobrina nieta del político socialista Alfredo Palacios da testimonio en primera persona: "Soy portadora de HIV y capeo el sida que me aqueja desde 1998". 

¿Por qué una princesa extraña? "Cuando César murió, comencé muy fuerte con la cocaína. Había quedado viuda con 29 años de edad, con un hijo y sin saber muy bien qué hacer conmigo, con Cesítar y con mis circunstancias. La cocaína entró en mi vida
como si fuera una cosa sustitutiva en el afecto. Antes, César vendía al menudeo y yo tomaba de vez en cuando. El cantautor español Joaquín Sabina tiene una canción: “Princesa”, en la que me veo muy reflejada; “entre la cirrosis y la sobredosis andas siempre muñeca”, comienza su letra. Siempre estuve lejos de la cirrosis, sin embargo, creo que alcancé a coquetear con la sobredosis o, al
menos, a exponerme a los efectos más duros del consumo de drogas".

La Historia de “La Extraña de las Botas Rosas” un capìtulo del libro: "Hacia finales de los años 60, la Argentina era una gran efervescencia política, social, cultural, juvenil. El gobierno era militar y tenía por nombre el de “Revolución Argentina” y por líder al general del Ejército Juan Carlos Onganía, que el 28 de junio de 1966 había derrocado al radical Arturo Umberto Illia. La efervescencia avanzaba, imparable. Hacia 1969, la “paz militar” comenzó a deteriorarse e hicieron su aparición los primeros grupos de la guerrilla –más urbana que rural a gran escala– a la par que se producían estallidos sociales en varias provincias.

El 29 de mayo de 1969 se produjo el “Cordobazo”, que tuvo epicentro en la ciudad de Córdoba. Pero tres años antes del “Cordobazo” había tenido lugar otro episodio sonado: la llamada “Noche de los Bastones Largos”. Casi un mes después del golpe de Onganía se produjo el desalojo de cinco facultades de la UBA por parte de la entonces Dirección General de Orden Urbano. Aquellas facultades fueron ocupadas por estudiantes, profesores y graduados que se oponían a la intervención de las universidades, que estaban bajo las normas de la autonomía de su propia rectoría dada por la Reforma Universitaria de 1918. Uno de los promotores de esta resistencia universitaria fue el fallecido periodista Germán Sopeña, que llegó a ser Secretario de Redacción del diario La Nación.

La sociedad se encorsetaba y la censura se instalaba en cualquier tipo de manifestación, especialmente en las artísticas y culturales. Así fue como veíamos películas cortadas en el Ente de Calificación Cinematográfica donde los censores decidían por nosotros si éstas eran aptas para todo público o si eran para mayores de 14 ó 18 años. Así fue como los albergues transitorios y las boîtes eran allanados en aras de preservar la moralidad social: ahí estaba el comisario general de la Policía Federal Luis Margaride encabezando los operativos de allanamiento.

También había censura en la moda: nada de minifalda para las chicas ni de pelo largo para los chicos. Mi amigo Félix Pando, músico y productor musical, conserva entre sus papeles personales el certificado que le habían extendido a pedido suyo en Argentina Sono Film en ocasión del rodaje de la película “El extraño del pelo largo”, que dirigió Julio Porter en 1969 y que se estrenaría al año siguiente. En ese documento se dejaba constancia de que Félix se había dejado crecer el pelo “por necesidades de filmación” por un
periodo de 50 días (entre el 10 de septiembre y el 30 de octubre) para poder participar en el rodaje. De lo contrario, Félix podía ser detenido por la Policía Federal sólo por llevar el pelo largo. Hoy esto resulta increíble, pero en aquellos días así estaban las cosas.
Pero nosotros, los jóvenes de entonces, no teníamos miedo: teníamos la vida por delante. Así fue que con unos amigos emprendimos la aventura de hacer un comercial para televisión, para la empresa Coca-Cola. Este era mi mundo en 1969.

El del año de la llegada del hombre a la luna, que vi la transmisión por la tele en casa de Mamama mientras escuchábamos por la radio en onda corta el relato del periodista estadounidense sobre aquel “pequeño paso para el hombre, gran paso para la humanidad”. Aquel año 1969, yo tambiéniba a tener mi propio alunizaje en la realidad. Pero comienzo por el principio de esta historia. En ese entonces, yo solía frecuentar la Galería del Este, que estaba en la avenida Santa Fe entre Esmeralda y Suipacha. Aquí se daba cita toda la cultura joven porteña, en el bar de Mario Salcedo: “Yo abrí el bar en la Galería del Este en 1968, en ‘La manzana loca’ que la llamaban, porque ahí estaba el Instituto Di Tella. En Buenos Aires, todo pasó por ahí desde los 70 hasta los 90”. Salcedo es perfecto para trazar un fresco de época; de un tiempo brillante, que ya no volverá. “Enfrente del bar vivía Jorge Luis Borges, que firmaba ejemplares en la librería Ciudad y que solía venir con Adolfo Bioy Casares, a quien le copiábamos la ropa: fue el primero, que yo recuerde, en vestir de [Giorgio] Armani. Además, Bioy tenía un bulín cerca de donde yo vivía entonces, frente a la Plaza San Martín.

También estaba próxima la sede de Ediciones de la Urraca, que luego editaron la revista Humor Registrado la agencia de publicidad de Gowland; hasta el cineasta Luis Puenzo era un habitué del barrio. Todos los publicistas importantes de Buenos Aires pasaban por el bar. Y enfrente estaba ‘El Limbo’, que era de Federico Moura que entonces  hacía ropa y que conocía a los pibes de Soda Stéreo, que entonces eran casi unos adolescentes”.

Mario me hizo una revelación para esta biografía y yo, casi me muero: que Luis Alberto Spinetta, que también era amigo mío, se moría de amor por mí, pero yo no le daba ni la hora. Yo era una groupie total y él para mí era un ídolo: yo no era consciente de que él me miraba como mujer, siempre creí que me veía como una fan total de él, que no me perdía ni un concierto suyo; si hasta fui presa tres veces en los comienzos de Almendra y pedía en la comisaría que me dejaran pasar la noche allí, que si volvía a casa mi mamá me iba a recibir con un cachetazo por haber llegado tarde. Curiosamente, ha sido Spinetta, el Flaco, el único músico del rock nacional argentino al que yo seguí durante toda su carrera. Mario insistió: “Todos los músicos estaban detrás de Isabel; ella sabía mucho de música y era muy inteligente, además de que era una piba fantástica, muy linda”. Mario citó otro nombre célebre: Norberto Napolitano, Pappo, “que también era amigo de Isabel”. Me acuerdo de un episodio en casa de los padres de César Trotz: encerramos a Pappo en el baño para hacerle una broma y lo destrozó; la madre de César Trotz nos quería matar, pero entonces éramos jóvenes y nos permitíamos todo. (Durante la etapa de Pappo y Vitico en Riff, no me perdí ni uno de sus conciertos, siempre on stage.)

Yo ya estaba de novia con Juan José Alberdi, pero también tenía este otro mundo maravilloso de cultura, música e intelectualidad. Recuerdo que en el bar de Mario había como dos horarios distintos. Al mediodía iba un tipo de clientes. Y a las siete de la tarde bajaban al bar de Mario todos los directivos de las agencias de publicidad que estaban cerca de la Galería del Este: era
como una pasarela, el paso obligado para ser visto. Como reconoce Mario, “toda la vida pasaba por aquí”.


Lo que yo hacía era salir de mi zona de confort, el Barrio Norte, para cruzar la avenida 9 de Julio y adentrarme en aquello que para mí eran los arrabales, la periferia de mi centro. Entones, la juventud careta y la culta se daba cita en el bar de la Galería del Este: “Aquí Isabel venía con todas sus amigas: entre ellas, Mariana Magnasco, que era de la familia de los Magnasco que tenían fábrica de quesos y que luego se hizo actriz en Europa”. En otra esquina, cerca, había otro bar: el “Moderno”, al que iban más los filósofos.

Yo tenía dos o tres lugares predilectos; uno de ellos era “El Agujerito”, una disquería que traía música de afuera, importada.Para Mario, yo “era lo mejor, la piba más linda de Buenos Aires, de buena familia y muy rebelde; era tan libre que todo el mundo la quería”. Él conoció a mi hermano Eduardo y a papá de quienes, dijo, guarda un recuerdo muy lindo; como el que guarda de mí: “Isabel era una chica muy culta y sabía mucho de música; compraba los discos en ‘El Agujerito’, que era la catedral de la música”. De hecho, el primer disco de Almendra se vendió allí. Mario recuerda que “había una cola de doscientos metros para comprarlo; con el disco te daban un porrito, como un guiño a sus clientes”. Yo no tuve que hacer cola ni tampoco comprar al álbum: yo era chica favorita en “El Agujerito” y ese disco, me lo regalaron ellos.

Fue en “El Agujerito” donde conocí al director Luis Puenzo, que en aquel entonces era un estudiante de cine. Luis era genial. Un día me comentó que tenía un proyecto y yo le pregunté, intrigada, de qué se trataba. Me dijo que quería hacer una publicidad para televisión, para la empresa Coca-Cola. Pero que no era un aviso común, donde la persona promocionaba la marca, que era
como se estilaba en aquella época. Él quería que la publicidad de la marca fuera sugerida, a través de una historia; es decir, él quería hacer lo que hoy llamamos un videoclip. La cuenta de Coca-Cola la tenía la agencia de publicidad top McCannErickson, reconocida en todo el mundo. Luis no tenía cómo llegar a contactarla, entonces me pidió si podía hablar con papá, contándole lo que él quería hacer, cómo lo quería hacer y a ver qué pasaba, que papá tenía muchos contactos y relaciones. Hablé con papá y le conté la idea de Luis; a papá le gustó y le hizo el contacto con la gente de McCann. Luis fue, pero lo rebotaron: le dijeron que no había ningún director de cine ni ninguna modelo que pudiera filmar nada que fuera capaz de competir con lo que ellos filmaban en los Estados Unidos y que luego se emitía en todas las teles de América latina. Luis estaba tristísimo después de aquella reunión con la gente de la agencia. Entonces yo, un poco patotera y lanzada, le dije:
–Nada, lo hacemos nosotros.
–¿Con qué presupuesto, con qué gente? –quiso saber Luis.

Extraña princesa. Autobiografía de Isabel Palacios 

Es verdad: no teníamos nada, ni por dónde empezar. O sí. Él podía grabar en Súper 8, que tenía una cámara de este formato fílmico habitual entonces. Por la música, yo le dije que tenía unos músicos amigos a los que les podía preguntar; concretamente, a Félix Pando. A Félix yo lo había conocido en 1964, porque su mamá y la mía eran amigas del barrio de la Recoleta. Yo lo tenía registrado a Félix: sabía que tocaba teclados. Era Félix mi amigo músico en el circuito social en el que yo me movía; él vivía en la avenida Callao 1382 y yo, en Rodríguez Peña y la avenida del Libertador. Y Félix, como recuerda hoy, también me tenía registrada: “Isabel
ya era famosa en aquella época”. También era el tecladista y una de las voces solistas del grupo de música beat La Joven Guardia. Así que hablé con Félix, a quien le pareció piola el proyecto y lo habló con los demás integrantes del grupo: Roque Narvaja (guitarra y voz), Hiacho Lezica (batería) y Enrique Masllorens (bajo). Todos estuvimos de acuerdo y fuimos adelante con la idea de Luis. Así enfilamos hacia la República de los Niños, en la localidad bonaerense de Manuel B. Gonnet, sobre el Camino General Belgrano, a pocos kilómetros de la ciudad de La Plata. El predio, un parque temático, tiene todas las instituciones de una democracia
(real, teórica) y de una ciudad y sus alrededores: Parlamento, casa de Gobierno, palacio de Justicia, iglesia, puerto, teatro, aeropuerto, restaurantes, hoteles, granja con animales, lago artificial con un barco, tren… Como un país en chiquitito. Pero tras el golpe de Estado de 1955, todos aquellos programas de instrucción cívica que se habían implementado desde su creación, se abandonaron y sólo quedaron los juegos mecánicos, que no siempre funcionaron desde aquel año. De hecho, cuando nosotros fuimos a rodar la publicidad de Luis para presentar en Coca-Cola, todas las instalaciones estaban descuidadas, como el césped, que estaba crecido y tenía yuyos. Y en el predio no había nadie más que nosotros y los cuidadores, a quienes les tuvimos que pedir que pusieran en funcionamiento el tren.

A un sitio así, como de sueño o de cuento de hadas, llegamos nosotros un día de invierno de 1969 para rodar el comercial que me cambiaría la vida. El rodaje no fue fácil. Para empezar, yo era parte de la troupe de la aventura de Luis. Y, para poder ir con ellos hasta Gonnet, me tuvieron que sacar de la boîte “Áfrika”, en el Alvear Hotel, a las 7 de la mañana. La maquilladora que nos ayudó se quería morir al ver mis ojeras. Porque ya se había decidido  entre todos que la modelo protagonista del comercial iba a ser yo que, toda desfachatada, les dije que sí, que adelante. Luis puso su oficio y su idea, Félix y sus chicos la música y yo, el cuerpo y el vestuario a esa música que me precedió: que las botas de caña alta importadas de Francia eran mías, como así también el vestido tejido color lila que había comprado en la ya extintas Galerías Preciados de Madrid (hoy, El Corte Inglés136), que yo misma había acortado y que usaba siempre con cinturones. Así fue como nació “La Extraña de las Botas Rosas”, la contracara femenina de “El Extraño del Pelo Largo”, el megahit de La Joven Guardia.


La experiencia del rodaje fue divertidísima para todos, que ya éramos veintañeros y estábamos en una república de niños divirtiéndonos como chiquitos. La canción la compusieron Félix y Enrique. Pero Félix dice que, cuando la compusieron, fue en mí en quien él pensaba: aquella chica que iba caminando con ilusión, con sus botas puestas; rosas, como en una fantasía. “Ella buscaba el extraño / que en un sueño la besó”, dice uno de los versos de la canción. En el spot, el extraño era Roque Narvaja; pero el que me dio un beso, el único de los cuatro, que tenían todos ellos mucho arrastre entre las chicas, fue Félix. En aquella televisión en blanco y negro, analógica, de sólo cinco canales, todo el mundo se fascinó con el comercial de Luis que duraba un minuto: una historia en un marco y narrada en torno de una canción pegadiza. Yo creo que aquél fue el aviso que cambió la historia de la publicidad para televisión en la Argentina. Porque a partir del comercial de Luis para Coca-Cola todos los publicistas empezaron a grabar historias, como cuentos: todos querían imitar a Luis. (Muchos años después, en 1984, Luis rodaría el largometraje “La historia oficial”, sobre los hijos de desaparecidos, con la historia centrada en una nena que había sido apropiada por su papá de adopción y con su mamá adoptiva investigando sus propios pálpitos, sus propias intuiciones acerca del origen de la nena; en los Premios Óscar de 1985, esta película ganaría el premio a la mejor película extranjera: el primero de estos premios para el cine argentino.)

Hay canciones que son atemporales y hoy creo que el tema “La extraña de las botas rosas” pasó al imaginario colectivo argentino. Félix me hizo un pequeño homenaje en 2011 cuando me invitó a grabar aquella canción en  mi propia voz, a beneficio de los niños con cáncer en la Argentina: “Fue un homenaje hacia ella, de mi admiración hacia ella”. Para los chicos de La Joven Guardia, “La extraña de las botas rosas” fue todo un éxito: su segundo disco de oro, con más de un millón de copias vendidas de aquel simple de 45 revoluciones por minuto que se escuchaba en el tocadiscos y que ¡hasta tuvo una versión en la voz del Topo Gigio137! También “La extraña de las botas rosas” implicó más cosas para los chicos de La Joven Guardia. Todos ellos, en particular Roque, Félix y Enrique, no lo pasaron bien en aquellos tiempos de los sucesivos gobiernos de facto de Onganía, Levingston y Lanusse. Por el lado musical, eran acusados de hacer “música comercial” y, despectivamente, muchos se referían a ellos como “los comerciales”. En los tiempos de Onganía en particular y poco antes del la publicidad para CocaCola, los chicos grababan para el sello RCA Víctor, donde habían vuelto a reunir al grupo de rock nacional Los Gatos, esta vez con Pappo como guitarrista y un sonido algo más rockero. Como recuerda Félix: “Nosotros estábamos vetados en la discográfica: nos decían que no vendíamos”. Inclusive, la película de “El extraño del pelo largo” se hizo para promocionar la figura de Litto Nebbia, la primera voz de Los Gatos. Como el mismo Félix reconoce: “La película se basaba en una canción nuestra, de La Joven Guardia, pero a nosotros nos dieron unos papeles chiquititos y nos hacían decir tonterías. Por ejemplo, a mí me hicieron decir ‘vamos con la canción del mechudo’, cuando ‘mechudo’ era una palabra que no se usaba entonces”. Que por eso tuvieron muchas discusiones para que el nombre del grupo figurara en el afiche de la película que, en suma, parecía ser ajena a mis amigos. Además, en aquellos tiempos, como recuerda Félix, vestir moderno y
llevar el pelo largo estaba casi vetado: “Una vez nos llevaron a la Comisaría 17, la que está cerca del hotel Alvear. Nos detuvieron porque sí y nos sacó de allí el periodista Bernardo Neustadt que estaba de novio con una mujer conocida de nosotros”. Durante la filmación de “El extraño del pelo largo”, como apunté antes, Félix y los chicos de La Joven Guardia habían pedido un certificado personal en el que constara que cada uno de ellos tenía un permiso especial para llevar el pelo largo “por necesidades de filmación”, como constaba en el certificado expedido por la productora y distribuidora de la película.

Como bien reconoce hoy Félix, “estábamos hartos de que nos sopapearan por vestir así y por llevar el pelo como lo llevábamos”. Para él, se añadía un peligro extra: las admiradoras y sus ocasionales novios o festejantes. “Ellas nos perseguían pero también nos perseguían sus novios, sólo que ellos nos querían comer; y a veces nos tenían que sacar los bomberos de los conciertos, porque
no podíamos salir, como nos sucedió aquella vez en el Club de Almaceneros de Córdoba”, recuerda Félix, entre risas. Pocos años después sobrevendría el exilio para ellos: Roque se iría a España, Enrique se refugiaría en Mar del Plata y Félix emigraría a Alemania. Hiacho sería el único de los cuatro que se quedaría en Buenos Aires. Al manager del grupo, Marcelo Duhalde, también se le vería en el exterior: su hermano era el abogado Eduardo Luis Duhalde, que había sido socio de Rodolfo Ortega
Peña,
un abogado penalista y diputado peronista que sería asesinado el 31 de julio de 1974 por la Alianza Anticomunista Argentina, la Triple A, cuando salía de su estudio.

Hacia 1971, Enrique y Félix dejaron La Joven Guardia. En lugar de Enrique entró mi amigo Vitico. En una entrevista de 1981 en la revista de rock Pelo, Vitico recordó aquellos jóvenes años de música: “A mí, con La Joven Guardia me fue bien. Yo en ese tiempo estaba tocando con La Pesada del Rock and Roll. Cuando me llamaron de La Joven Guardia dudé porque no me gustaba su música, pero me pidieron que fuera a hacer un reemplazo por un fin de semana. Hice el reemplazo y tuve que abrir una cuenta en el banco,
cosa que no era común en aquella época. También Vitico dejó el país: “Después de La Joven Guardia, agarré toda la ‘mosca’ y mi guitarra y me fui a Europa. Yo pensé que iba a ser muy fácil todo, pero me equivoqué: allá te dan vuelta. Durante un año estuve haciendo una audición por semana gracias a avisos del Melody Maker. Después de un año de andar de aquí para allá con mi valijita y de rebotar en mil grupos por no saber el idioma y no poderme entender con los tipos, comencé a dominar el inglés. A partir de ahí empecé a conocer mucha gente”. Vitico regresaría a la Argentina en 1975. En mi vida, pasó de todo a partir de la explosión de “La extraña de las botas rosas”. De todo muy bueno, bueno, regular y malo. Es lindo sentirse popular, que los hombres se dan la vuelta al verte pasar, que te reconozcan por la calle, que hasta las mujeres te miren. O que las adolescentes quieran vestirse como vos, con la melena larga hasta la cintura y al viento, libre, con minifalda y unas botas de caña larga como las tuyas. Porque entonces todas las chicas querían ser como “La extraña de las botas rosas”. Sin quererlo ni buscarlo, me transformé en un icono de la chica de moda. Yo tenía 21-22 años y era muy linda, con una buena figura. Pero esa fama de golpe me golpeó, paradójicamente. Sentí como un acoso: me llamaban para hacer más publicidad en tele y en gráfica, para que fuera supermodelo, para que fuera actriz de televisión y de cine; hasta me ofrecían programas, profesores de canto, de baile, de actuación… El mundo entre mis manos. Pero también me llevó a plantearme qué quería ser en la vida, en mi vida, sin que pudiera resolverlo entonces.Eso, que después del impacto del comercial de Luis yo me sentí en shock.

Lo primero fue que todo el mundo me llamaba “La extraña de las botas rosas”: había dejado de ser “Palacitos” o aun Isabel o Isa. A mí, paradójicamente, eso no me gustaba nada: yo sentía que sabía hacer de todo y que todos me encasillaban como nada más que una modelo publicitaria. Me sentía ahogada con todo esto. Mi respuesta a tanto desborde fue asustarme y raparme, para protegerme del acoso; que yo no sabía ni quién era. Entonces, cada vez que me llamaban yo respondía:
–Ya no soy más “La Extraña de las Botas Rosas” ni tampoco tengo el pelo largo.
Así huí de los fotógrafos. Me borré, no quise saber nada de nada. Hoy cuando recuerdo este episodio de mi vida me viene a la mente la canción “La rubia tarada”, del grupo Sumo. Su cantante y líder, Luca Prodan, era pelado, calvo. Cuando la escucho, no puedo evitar pensar en la situación que describe:

“La rubia tarada, bronceada, aburrida
me dice: ‘¿Por qué te pelaste?’
¿Yo? Por el asco que me da tu sociedad.
Por el pelo de hoy, ¿cuánto gastaste?”

En cierto modo, aunque no me rapé al cien por cien, sí apliqué una brutal poda a mi pelo. Pero en mi caso no fue asco: fue más desconcierto y rebeldía. Al tiempo de haberme cortado el pelo en un estilo entre carré y a lo garçon, (habría pasado un año o así), ya otra vez con el pelo algo más largo, volví a la publicidad a través de la revista Para Ti. Y empecé la facultad de Psicología en la Universidad de Belgrano, en 1970. Y un año después la dejé, cuando me casé con César Báez, el Gato Báez.

El comercial para Coca Cola quedó en el olvido durante muchos años. Pero en 1998 tuvo su propia revancha: ganó un premio Clío, la más alta distinción del mundo de la publicidad. Hoy puede verse en la plataforma de vídeos de You Tube; y aunque está en blanco y negro, como de otro tiempo –lejano, pequeño– yo siento que sigue siendo un comercial moderno, bien hecho. Para mí, es una gran felicidad haber sido parte de él".