Cuando todo es violencia
Cuando todo es violencia

Cuando todo es violencia, nada es violencia ¿Qué herramientas inventaremos para poder nombrarlas y combatirlas? Es violento cuando equiparamos la violencia de la hegemonía con la violencia de les oprimides, o la violencia del Estado con aquellos que algunes llaman “violento” por insurrecto, como las protestas civiles. La “violencia de género al revés” no existe, pero sí existe en nosotres (en todes) la introyección de la violencia como forma de ejercicio o disputa del poder ¿Es lo mismo escrachar lesbianas que pibes cis? ¿Es el punitivismo el fin de la violencia o solo la reproduce? ¿Es violento que cuando alguien pide que le llames de una manera le llames de otra?

Son innumerables los casos de violencia que aparecen cotidianamente en nuestro ecosistema en un amplio degradé que puede comenzar en la palabra o incluso en un silencio, hasta terminar en la muerte o prolongarse en lo simbólico. Vivimos en una sociedad machista en donde los machos, por definición, establecen entre ellos y con lo que los rodea relaciones violentas para con casi todo en pos de dominar, subyugar o disciplinar a aquella otredad que considera inferior. Desde el fascismo de destruir culturas enteras por considerarlas menos o directamente por la amenaza que resulta “un otro”, pasando por depredar todo recurso a su paso, hasta llegar a la unidad mínima capitalista: la violencia doméstica o familiar. Recordemos que el 80% de los abusos infantiles proviene del seno familiar, así como también algunas prácticas de crianza que todavía incluyen cinturonazos y golpes.

Lo que se vuelve fundamental entonces es justamente poner en discusión ese degradé que nos permita diferenciar tipos y metodologías de la violencia, porque como decíamos antes, si todo es violencia, termina siendo imposible erradicarlas. Primero poder decirlas, reconocerlas en el entorno, en nosotres y en les otres para empezar a trabajar sobre ella. Diferenciar lo que requiere que intervenga el ámbito judicial por considerarse un delito, de lo que requiere que intervenga alguna institución o bien crear un ámbito colectivo que le ponga freno.

Más allá de reconocer a la cultura occidental como machista y por consiguiente violenta, lo que si debemos afirmar es que los cuerpos que la reciben son siempre los mismos. Los sujetos violentados son los feminizados y esto es una realidad estadística. Se llama patriarcado y su tipo específico de violencia es la violencia de género.

El avance del feminismo en estos años, sobre todo en el orden simbólico y en especial en materia de leyes sancionadas en el período 2003–2015 trazó sobre los derechos de las mujeres (y en menor medida de disidencias) un mapa de las violencias que nos han reconfigurado la manera de mirar o de vivir algunas de ellas.

En Argentina tenemos ley de prevención y erradicación de la violencia de género desde 2009, la misma comprende diferentes tipologías desde su expresión física, psicológica, sexual, económica, simbólica hasta la última que el pasado miércoles se incorporó gracias al proyecto de la senadora Nancy González: la violencia política.

Desde Evita hasta Cristina, desde las compañeras revolucionarias, hasta las que sostienen las ollas populares en los barrios, por las Hermanas Mirabal por quienes hoy recordamos este día, por las revolucionarias que vendrán este 25 de noviembre, debemos no solo blandir las banderas de nuestras compañeras sino reafirmar que frente al genocidio patriarcal nos sostenemos juntas. Nunca más invisibilizar estas violencias, nunca menos que la lucha.

* Andrea Conde es legisladora porteña y Presidenta de la Comisión de Mujer, Infancia, Adolescencia y Juventud