Fernando Báez Sosa
Fernando Báez Sosa

Hay crímenes que nos marcan, que nos sacuden del halo de normalidad que cruza nuestras vidas para problematizarlo todo una vez más. El de Fernando Báez Sosa fue, sin duda, uno de esos casos: machismo, clasismo y racismos fueron las hipótesis principales sobre las cuales se reflexionó pública y privadamente, en la tele, en las redes pero también en los encuentros familiares o de amigos/as. ¿Cómo hacer para que no se vuelva a repetir? ¿Cómo marcar un antes y un después?

María Soledad Morales, Natalia Melmann, Ariel Malvino son sólo alguno de los nombres de jóvenes víctimas que se convirtieron en símbolos y sus casos en banderas para todos los argentinos y argentinas. Sin ir más lejos, hace menos de cuatro años, el femicidio de Lucía Pérez conmovió por completo a la sociedad y fue el puntapié del primer paro nacional de mujeres; el de Micaela García daba origen a la sanción de una ley que establece la capacitación obligatoria en género y violencia contra las mujeres para los funcionarios y las funcionarias de todos los poderes del Estado, cualquiera sea su nivel y jerarquía; y el de María Benítez a la Ley Brisa que brinda una ayuda económica a los y las hijas que perdieron a sus madres en casos de femicidios. En las antípodas, el caso de Axel Blumberg promovió un paquete de leyes “de mano dura”, que lejos de disuadir el delito, acababan criminalizando a los sectores más vulnerados de la sociedad promoviendo la mano dura y el consecuente gatillo fácil.

A veces la búsqueda de respuestas se eclipsa por discursos de odio, venganza y exclusión. Uno de los desafíos es precisamente no terminar esa búsqueda en el punitivismo. No es suficiente la condena si no hay reparación, y para ello debemos apostar al cambio cultural profundo. Ese “nunca más” que es la forma que aprendimos como sociedad de ponerle un límite a la crueldad y construir desde un paradigma de derechos humanos nuevos estándares para la convivencia social. No alcanza con lograr justicia sobre el hecho concreto, necesitamos erradicar las condiciones que lo hicieron posible, necesitamos transformar las desigualdades
que habilitaron el horror.

Lo que el asesinato de Fernando Báez puso de manifiesto fue una serie de patrones, tendencias y comportamientos que están autorizados y naturalizados en determinados círculos y ambientes. El rugby, el consumo de alcohol, la pertenencia a un grupo socio económico privilegiado entran en el debate como atenuantes y/o agravantes de lo que en el fondo se vislumbra como explicación a todo: la violencia machista y patriarcal que es un pilar fundamental del mandato de la masculinidad hegemónica. Los asesinos de Fernando aprendieron a construir sus masculinidades en ese paradigma. La pedagogía de la crueldad fue implacable con ellos. Eso no les quita responsabilidad, pero tampoco exime a los espacios que los formaron en esos patrones.

No hay una sola respuesta a la pregunta inicial sobre cómo evitar que un crimen de estas características se vuelva a repetir, pero sí hay una incontrastable y muy necesaria: la Educación Sexual Integral (ESI). La ESI es la mejor herramienta para trabajar contenidos que permitan a todas las personas construir su identidad en condiciones de igualdad, progresivamente, cuestionando o generando una mirada autónoma y alternativa a los mandatos pre-establecidos por género desde los procesos de socialización más primarios. La
ESI, además, propiciará el empoderamiento de niñxs y adolescentes para entablar relaciones sociales y sexuales basadas en el respeto, analizar cómo sus decisiones afectan su propio bienestar y el de otras personas y comprender cómo proteger sus derechos a lo largo de su vida y velar por ellos. Es una tarea indelegable del Estado garantizar esta herramienta y como sociedad tenemos la responsabilidad y el desafío de generar las condiciones para que otros mundos posibles sean realidad para las feminidades y las masculinidades.

Repensar los mandatos de la masculinidad hegemónica y generar alternativas centradas en los derechos humanos también involucra al deporte y otras actividades sociales. Por eso, es fundamental ampliar los contenidos de la educación sexual integral más allá del ámbito escolar, a espacios de educación no formal como son los clubes deportivos, sociedades de fomento y otros espacios comunitarios, según los ejes aprobados por unanimidad por el Consejo Federal de Educación en 2018: cuidar el cuerpo y la salud, valorar la afectividad, garantizar la equidad de género, respetar la diversidad, ejercer nuestros derechos. ¿No es acaso el aprendizaje del deporte una oportunidad para ampliar ese proceso de enseñanza de ESI?

Avanzar en este sentido requiere construir consensos para seguir profundizando el trabajo que viene llevando adelante el Programa Nacional de ESI a partir de la reflexión crítica del modelo de masculinidad que fomenta las desigualdades entre las personas. Además, esta labor implica la responsabilidad de generar respuestas institucionales al machismo, central en al abordaje de múltiples violencias. Rescatar la importancia de la autonomía y el respeto en lugar de la competitividad y la autosuficiencia que históricamente han ocupado un lugar central en la definición del actual modelo de vinculación masculina. El debate público que abre crímenes como el de Fernando no debiera terminar cuando acaba su repercusión mediática. Es una oportunidad que tenemos de dar un paso adelante como sociedad, de reparar el horror trabajando sobre los cimientos mismos de las violencias.

* Andrea Conde es politóloga, exlegisladora porteña, militante feminista y dirigente de Avanza