Los pañuelos de las Madres de la Plaza no se manchan
Los pañuelos de las Madres de la Plaza no se manchan

La marcha del jueves 13 no puede reducirse sólo a la expresión del odio visceral que las políticas impulsadas desde 2003 por el kirchnerismo despiertan en los más bajos instintos de un sector de la sociedad. Fueron múltiples los factores que impulsaron a miles de "vecinos" a salir a las calles a gritar contra un gobierno por el que no se sienten representados. La lista de consignas fue tan amplia como difusa, como bien explica Roberto Caballero en su análisis.

Pero de una observación más detallada de esa comunión de conceptos voceados en la manifestación emerge un alarmante desprecio por las instituciones por ese coro enojado y ciertamente destituyente que se desplegó en mayor medida en la zona norte de la ciudad y en algunos centros urbanos del interior del país. Una movilización presentada por la prensa tradicional como un acontecimiento espontáneo; cobertura, además, en la que se destacó la organización tejida en las redes sociales como mera virtud de "los indignados" argentinos, obviando la eficacia de los dispositivos comunicacionales hegemónicos que, si cuentan con la capacidad de definir gustos y deseos de consumo de millones de ciudadanos, por qué no dispondrían de un potencial para construir estados de ánimos, incluido, por supuesto, el malhumor social. Es paradojal cómo los propios comunicadores denostan a la militancia K en las redes sociales como usinas de manipulación política, mientras destacan la espontaneidad organizativa en ese mismo soporte cuando quienes se convocan o autoconvocan son militantes del antikirchnerismo.

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