Las elecciones que acaba de ganar Hugo Chávez han tenido gran repercusión en la Argentina, no porque las situaciones de estos dos países sean equivalentes o predominen las semejanzas ocasionales, sino porque existe un mismo dilema en torno a la relación entre el Estado y la sociedad. Los críticos de Chávez afirman que ha "dividido" a la sociedad venezolana. Lógicamente, cavar hondonadas entre dos porciones parejas del cuerpo social –aunque una representa a los estratos postergados y la otra a los sectores más acomodados–, no es el motivo de la política. Luego de los cómputos, el propio Chávez y su contrincante saludaron a quienes no los votaron. Hay un solo cuerpo nacional en disputa, y ese saludo cruzado garantiza que la disputa, aunque plebiscitaria, se realiza en los dominios de la democracia electoral, el fiel vástago de las deliberaciones de la opinión colectiva.
Chávez es un demócrata de gran singularidad; está entre la Carta de Jamaica de Bolívar y las nociones de hegemonía de Antonio Gramsci. ¿Algo para criticar? El motivo de la política, en Chávez, es crear mayorías democráticas en acción, por lo tanto son mayorías pedagógicas. Ellas refundan el pluralismo e interpelan a los votantes adversos para sumarlos a las nuevas pluralidades en construcción.
Ni en Venezuela ni en la Argentina hay una "teoría decisionista" del Estado. Hay sí una recolocación del Estado que reasume sus competencias para devolverle a las sociedades un nuevo pluralismo social. ¿Cómo así? ¿No es una crítica habitual decir que la bipartición de la opinión colectiva es un rasgo autoritario de los dos gobiernos, más allá de sus diferencias? Es que el pluralismo que reinaba en nuestros países, que suele mimetizarse con una fácil apelación republicana entendida como mero intercambio de prestaciones de consumo, pone sobre el Estado la regencia de otro estado de tutoría aparentemente neutral. Se trata del complejo comunicacional-multimedial que genera un ideal ciudadano basado en las pulsaciones del viejo individualismo posesivo, transfigurado ahora en cotizaciones de conciencias cercadas por pánicos mercantilizados. Se trata del republicanismo mediático, adverso al republicanismo social. Hay pluralismos que inmunizan a los grandes poderes mundiales de cualquier incómoda irrupción social. Pero los pluralismos inmunizatorios de lo popular no constituyen pluralismo, sino que conforman una homogeneidad compulsiva con fachada pluralista. El triunfo de Chávez significa el reexamen a fondo de esta grave anomalía.
Chávez ha dado su nombre a un misceláneo proceso de masas que en los hechos se apresta a restituir las virtudes de una nueva sociedad plural, con sus plataformas de justicia, calidades colectivas de consumo, distribuciones rentísticas y simbólicas, en sus planos más elevados de significación. No hay pluralidad sin patrocinio del Estado, pero de uno que emane del colectivo social hasta casi roussonianamente.
Chávez, el socialista, es asimismo un bolivarista roussoniano; que canta boleros y es admirador del baladista Alí Primera. Un Estado como el que proclama está compelido a generar y autogenerarse en una nueva sociedad, a autoinhibirse definitivamente como Estado absoluto, para comenzar a ser el Estado de una multivariada sociedad justa regida por sus propias deliberaciones. Es la vieja utopía del Estado libertario. Por eso han votado las gentes mayoritarias de Venezuela en esta hora latinoamericana. No se ganan en otro país las elecciones que siempre deben ganarse en el país propio. Pero el eco de esta gran jornada democrática resuena en las calles argentinas.