El proceso electoral en los Estados Unidos es muy particular. A diferencia de muchos otros países democráticos en los que cada persona es un voto, en Estados Unidos el sistema es por colegio electoral. Es decir que los ciudadanos facultados para votar, votan a los delegados del estado en el que viven, y el candidato que resulte ganador se queda con todos los delegados de ese estado. En la historia reciente, por ejemplo, Al Gore en el año 2000 superó a George Bush por casi dos millones de votos y sin embargo perdió la presidencia porque cayó en el estado de La Florida por casi 700 votos, y de esa manera Bush se alzó con los 29 delegados y se quedó con la Casa Blanca. Hay quienes sugieren que el sistema de electores no es abarcativamente democrático, pero sin embargo hace que estados con menos población o electores, como Alaska, Ohio o Colorado, se transforman en estados importantes a la hora de elegir un presidente.

Nuevas encuestas, luego del primer debate presidencial, muestran a Mitt Romney alcanzando los 275 electores y al presidente Obama con 263. Recordemos que para ser presidente hacen falta 270 electores sobre un total de 538.

Al día de la fecha, Mitt Romney se alzaría con 7 de los así llamados “swing states”, aquellos estados que no son ni demócratas ni republicanos y que son los que suelen definir el resultado de una elección.

El presupuesto enviado al Congreso por el presidente estima para el 2012 un déficit de 1,1 trillones de dólares, siendo el cuarto año consecutivo que el déficit supera el trillón de dólares.

Haya lejos y hace tiempo, en plena campaña en el año 2008 contra el candidato republicano John McCain, el ahora presidente Barack Obama había prometido cortar el déficit por la mitad para mediados de su primer mandato. Una de tantas promesas del presidente incumplidas. Cerrar el centro de detención de Guantánamo, una amplia reforma de las leyes migratorias, la eliminación de subsidios a las compañías petroleras, modificaciones en el sistema de impuestos, y la imposición de limitaciones a la contaminación por carbono, son parte de las promesas incumplidas, varias de ellas por la férrea oposición del Congreso.

En los últimos cuatro años Barack Obama ayudó con sus malas decisiones y su catastrófico plan de salud universal, por el que dejó sin cobertura a más de 30 millones de personas. Gastando dinero de forma desmesurada y desproporcionada, el presidente Obama tiene el déficit más alto de la historia norteamericana, con casi 23 millones de ciudadanos rebuscándoselas para conseguir empleo y casi el 47% de pobreza.

La deuda norteamericana crece a razón de 100 mil millones de dólares por mes, y aun así no logra encontrar la fórmula del éxito.

Se presume que al final de su primer mandato, la deuda récord norteamericana esté cercana a los 6 trillones de dólares. Es decir que si se aplicara bien ese dinero le podría dar trabajo y viviendas a unas 30 millones de personas con casas de 200 mil dólares cada una.

De más está decir que, a mi entender, es una de las peores presidencias desde George Bush padre.

Cada día más, los Estados Unidos están dejando de ser una potencia económica a nivel mundial y asemejándose más y más a España, Grecia, Italia, Francia.

Diría que casi por el bien del crecimiento mundial, es hora de un cambio de mando en el seno del gobierno norteamericano. Quedó más que claro, en el primer debate presidencial, la forma apabullante en la que Mitt Romney le hizo notar al presidente lo poco que entiende de economía. Casi repitiendo la historia, cuando en el año ’91 Clinton le dijo al entonces presidente Bush: “Es la economía, estúpido”.

Si bien los últimos resultados de empleo le dan una mejora a los Estados Unidos, la cifra sigue siendo alarmante, 114.000 nuevos empleos. A este ritmo de crecimiento llevaría 16 años para que los norteamericanos desempleados encuentren un trabajo.

Son muchos los fracasos en materia económica, de salud, energética, etc., de malas decisiones que fue tomando Obama, las que llevaron a que los Estados Unidos, siendo rico en petróleo, gas, teniendo las reservas más importantes del mundo en minería y carbón, tenga que cuasi arrodillarse frente a Arabia Saudita mendigando energía. Eso es porque el gobierno de Obama carece de un plan proactivo en materia energética.

Mirándolo desde la comodidad de Buenos Aires, los problemas de Washington parecen ser los mismos pero a la inversa de los que nos aquejaban a los argentinos allá por el 2001, si no cambian de modelo van a una bancarrota del gobierno central.

La capacidad de oratoria del mandatario estadounidense es extraordinaria, como también lo es la forma en la que hipoteca el futuro de millones de norteamericanos, sin un plan real de gobierno.

Casi diría que por el bien de la principal economía del mundo, de los países que de alguna manera dependemos del hemisferio occidental y por el bien de Israel, el próximo presidente sea Mitt Romney y no Barack Obama. Cuatro años de este presidente resultaron más que suficientes para ver caer en debacle la posición dominante norteamericana.

Cuando de elegir al presidente norteamericano se trata (y estamos tal vez mal acostumbrados a intentar imitarlos en cuanto a lo que a democracia se refiere), no todos los votos son tenidos en cuenta de la misma manera. Así, por ejemplo, alguien que votara en Wyoming contaría matemáticamente por el sistema de colegio electoral 3 veces y media como alguien que vota en Ohio.

La pregunta entonces es ¿por qué? Y la respuesta es sencilla: Wyoming tiene 139.000 votantes elegibles (recordemos que el voto no es obligatorio) y tienen que estar registrados para votar, tener más de 18 años y no estar en prisión. En Ohio se necesitan 476.000 votos para conseguir a ese elector que luego va al colegio electoral.

Así es como la democracia por excelencia del siglo XXI se remonta al siglo XVIII y donde las matemáticas cumplen un rol fundamental y un compromiso político: el colegio electoral.

De esta manera, los candidatos a la presidencia suelen gastar los millones y millones de dólares que recaudan en los así llamados “swing states”, que por lo general son 11, y no prestan tanta atención a los otros 39 estados, que por lo general suelen votar demócratas o republicanos independientemente del candidato.

En esta elección en particular, son 9 los estados que pueden definir la elección y adonde el presidente Obama como su contrincante Romney se están jugando el todo por el todo: Ohio, Florida, Colorado, New Hampshire, Iowa, Nevada, North Carolina y Wisconsin. Estos 9 estados tienen 44,1 millones de personas capacitadas para votar, y representan el 20% aproximadamente del padrón electoral. Sobre un total de casi 215 millones de votantes, 4 de cada 5 votantes básicamente no son tenidos en cuenta a la hora de votar.

A la hora de elegir, la Constitución de los Estados Unidos es la que legisla acerca del número de electores que cada estado tiene dependiendo de cuántos diputados tiene dicho estado en el Congreso, aun los más pequeños tienen un mínimo de tres delegados.

No hay dudas de que el sistema es anticuado e inadecuado. Tiene poco de democrático y bastante de perverso. Es un sistema absurdo en el cual no tiene importancia el voto de la mayoría sino el voto de tan sólo unos 538 delegados.

Si miramos para el norte, no caben dudas de que los países “desarrollados” han cometido más errores que aciertos en los últimos años del siglo pasado y principios de este.

Mientras el mundo esta cuasi paralizado por las protestas en Europa, el desempleo en Italia, España, Grecia, y las elecciones en los Estados Unidos, mientras estamos inmersos en un mundo caótico que tiende más a una anarquía organizada, nosotros los argentinos que supimos dejar atrás la década infame de los ’90, miramos absortos cómo mujeres con tapados de piel que probablemente jamás hayan cocinado en sus vidas, salen a la calle a protestar con cacerolas tal vez por imitar una moda de antaño, cuando De la Rúa dejaba la Casa Rosada en helicóptero y el desempleo en la Argentina era similar al de los países del hemisferio norte. Muchas cosas se han hecho en este último tiempo, muchas más quedan por hacer. Como argentinos, tengamos la grandeza de reconocer nuestros errores, pero también de aplaudir nuestros aciertos, que distan mucho de los manejos financieros del FMI.