En los últimos años, pocas jornadas deben haber sido tan largas para los argentinos como las del 19 y 20 de diciembre de 2001. Las noticias de saqueos a supermercados llegaban a través de imágenes que se transmitían por televisión y la crisis económica azotaba a las familias. Frente a la movilización popular, el presidente De la Rúa decretó el estado de sitio. Pero el pueblo no acató y esa misma noche salió con toda su desesperación a la calle.

La Plaza de Mayo se convirtió, en pocas horas, en el epicentro del reclamo, donde el “que se vayan todos” resonó con fuerte indignación. Pero, como suele suceder, las fuerzas de seguridad no estuvieron a la altura, y la represión no tardó en llegar. El resultado fueron 39 personas fallecidas por la policía –durante las dos jornadas- entre ellos, 9 menores. 

El corralito financiero que impuso el por entonces ministro de economía, Domingo Cavallo, dejó en la lona a cientos de familias de clase media, que veían cómo sus ahorros se esfumaban, y salieron a la calle a reclamar junto a los sectores populares. Así nacieron los “caceroleros”, mientras los saqueos continuaban produciéndose en distintos puntos del país. Muchos comerciantes desesperados ante la pérdida de su mercadería, decidieron bajar las persianas. Y la imagen de un hombre con rasgos orientales llorando, se multiplicó en las señales de televisión.

Las protestas se extendieron durante la madrugada del 20 de diciembre, frente a la casa del Ministro de Economía Domingo Cavallo, que más tarde anunciaba su renuncia. A pesar del estado de sitio decretado por De la Rúa, las calles de Buenos Aires y de otras ciudades del país se llenaron manifestantes. Había enfrentamientos en Córdoba, La Plata y la gente llegó a cortar el puente en Corrientes, mientras el conurbano era un nudo de tensión. 

En la mañana del 20 de diciembre todavía quedaban unos pocos manifestantes en Plaza de Mayo, entre los que principalmente se encontraban oficinistas, empleados, amas de casa, niños, y comenzaron a arribar miembros de organizaciones políticas.

La Casa Rosada, que por entonces no se encontraba vallada, comenzó a ser protegida a partir del mediodía y la represión continuó durante la jornada del 20 de diciembre, pero la gente siguió en la plaza, manifestando su disconformidad ante una situación económica y social que resultaba insostenible. Al parecer, el presidente De la Rúa no hacía la misma lectura de los hechos, y mediante un discurso transmitido por Cadena Nacional durante la tarde, anunciaba que no renunciaría a la presidencia e instaba a la oposición y otros sectores a dialogar abiertamente.

Pero la solicitud del por entonces mandatario se diluyó: tres horas después, De la Rúa, renunciaba a su mandato y en una imagen que quedará para siempre en la retina de los argentinos, abandonó la Casa Rosada en un helicóptero que sobrevoló por encima de los miles y miles de ciudadanos que se habían acercado a la plaza para pedir “que se vayan todos”.