Sara interpretaba, como siempre con simpleza y con acierto, el sueño de quienes quisimos y queremos homenajear a nuestros compañeros y compañeras. Ganarle a la muerte con la vida. Desterrar el odio y el horror genocidas. Conmemorar desde la alegría, el amor y la participación. Festejar la vida con el recuerdo de quienes fueron encerrados, asesinados y desaparecidos por soñar y por luchar para cumplir esos sueños de justicia.

Por eso, en la Casa de la Memoria y de la Vida se recuperan los cimientos de la ex Mansión Seré, al mismo tiempo que hay encuentros, homenajes, charlas, a la par de que se organizan colonias de vacaciones, actividades deportivas y recreativas y festivales de música, en un espacio abierto en el que la comunidad disfruta, recuerda y construye futuro.

Felizmente, ese primer espacio recuperado no fue el único ni el último, y se sumó a otros en el país gracias al impulso impresionante que tuvieron las políticas de Derechos Humanos a partir del gobierno de Néstor Kirchner. Lugares oscuros y herméticos, escenarios de la tortura y de la muerte, cuevas de secuestradores y asesinos, sedes siniestras de un plan sistemático y estratégico de desaparición y aniquilamiento de militantes populares, empezaron a abrirse en este siglo a los ojos de todos y de todas. Pero no sólo para que los transitemos como meros espectadores del horror pasado. Están abiertos para que los habitemos, para que los llenemos de vida, para que los conozcamos, para que los ocupemos, para que vayamos con nuestros hijos, para que recorramos sus patios y sus parques. Y sobre todo para que nos encontremos con otros y disfrutemos juntos de esos encuentros. Porque la vida, y todo lo que ella significa, es nuestra; y el mejor modo de homenajear a las compañeras y compañeros detenidos, torturados y asesinados en esos espacios fue y seguirá siendo desde el compromiso, desde la búsqueda de la memoria, la verdad y la justicia, y con la alegría y la pasión militante de conjugar en plural la historia, el presente y el futuro.