Es decir, que la elección del presidente de Venezuela despierte interés –y hasta pasión– en la Argentina. Es que ahora pensamos en términos de Patria Grande. Y nada menos que los argentinos, a quienes la colonización cultural y la falta de masividad indígena –exterminio roquista de por medio– nos llevó a mirar siempre más la "civilización" europea que la "barbarie" indoamericana. 

Pero lo central es lo que está en juego: la continuidad de la autonomía política de la región. Alba, Unasur y Celac en lugar de OEA. Está en juego la recuperación del Estado, el compromiso con los más humildes de nuestras sociedades. 
 
El hecho de ser Venezuela el país con mayores reservas petrolíferas del mundo exacerba, por un lado, la virulencia de las operaciones conspirativas del poder de todo tipo. Por el otro, la pasión de un pueblo y la capilaridad de un movimiento político como el fundado por Hugo Chávez, dispuesto a defender y profundizar lo logrado, con la misma convicción que cuando su líder estaba presente físicamente. 
 
Esta semana, estuvo reunida en Rosario la crema de la derecha iberoamericana, encabezada por el ex presidente de España José María Aznar y el literato peruano Mario Vargas Llosa. ¿Por qué aludo a esta reunión? Porque hoy la derecha está obligada a coordinar políticas opositoras, y lo hace aglutinando su propuesta por la negativa en torno de tres ejes de manual: la corrupción, la inflación y la inseguridad. Pero, básicamente, porque ya no cuentan con las directivas de un solo centro de decisión mundial. En los ochenta era el eje Reagan-Thatcher y en los noventa el Consenso de Washington. Pero hoy, la crisis europea, el fracaso militar de los EE UU en Asia y la aparición de nuevos actores en la economía internacional obligan a esta derecha subdesarrollada a autoabastecerse de doctrina. 
 
Y la otra dificultad que tienen es la sintonía de los gobiernos populares de la región y su alta legitimidad popular. Con Brasil en los BRICS, con Venezuela liderando la política petrolera de los países emergentes, con un Ecuador pujante y un presidente legitimado para encarar una reforma de la propiedad agrícola, con un Chile que –de ganar Bachelet– podría debilitar la Línea del Pacífico, con una Bolivia cuyo Estado conduce cada vez más palancas estratégicas para su desarrollo, con Argentina profundizando la cooperación Sur-Sur con economías complementarias de Asia y África, y liderando la lucha contra los fondos buitre, la región está disminuyendo la pobreza y creando nuevos actores productivos. Y nuestros pueblos están vivos y animados.  
 
Para potenciar toda esta vitalidad, Nicolás Maduro debe ganar con claridad los comicios de hoy, y los latinoamericanos tenemos que entenderlo como una victoria propia.