En sus primeras horas de vida, el pibe de Sarandí le hizo frente a un invierno de temperaturas bajo cero y a los vaivenes de un embarazo complicado: el parto se adelantó más de la cuenta y llegó al mundo el 3 de junio de 1987. Si era nena sus padres la llamarían Mariana. La enfermera que lo cuidaba en la clínica Itoiz había dado a luz a un bebé, también sietemesino. Con la experiencia a cuestas, la trabajadora de la salud trató de despejar los temores de la flamante mamá, a quien le aseguró: “Este nene va a andar bien, le voy a poner Esteban en la pulserita, como mi hijo”. El niño apenas arañaba los dos kilos de peso, por eso tuvo que permanecer en una incubadora durante siete días. Estuvo al borde de la muerte. “Tenía que poner el despertador para darle la mamadera; no se despertaba porque no tenía fuerza”, recuerda su madre. Un mes de cuidados en la casa familiar, resguardado al abrigo de una habitación calefaccionada con estufas de cuarzo, lo ayudaron a salir adelante. Con el tiempo fue ganando peso. Aunque no había dado los primeros pasos, Mariano Esteban Ferreyra ya mostraba una vida marcada por la entrega y la obstinación del que no abandona el barco.

Un enjambre de autos corre presuroso sobre las dos manos de la avenida Mitre. A metros del viaducto, los alumnos del Simón Bolívar salen del colegio y se mezclan en las paradas de colectivos con otros pasajeros. En las paredes no hay pintadas que recuerden al joven militante del Partido Obrero. Ricardo, padre de Mariano, ya se fue a su trabajo en un hipermercado de Sarandí. A cuatro días de conocerse la sentencia en el juicio oral por el asesinato de su hijo, Beatriz Rial recibe a Veintitrés en la intimidad de su casa para conversar sobre sus sentimientos y los recuerdos que atesora de Mariano. De entrada, señala que los primeros días del juicio fueron “bastante bravos” porque se encontró cara a cara con los acusados del crimen de Barracas.

Durante las audiencias pasaron videos del ataque perpetrado en ese barrio porteño por la patota de ferroviarios contra la columna de tercerizados y militantes de izquierda. “Algunos eran más fuertes que los transmitidos por televisión. Es como que uno se va acostumbrando a las imágenes, lamentablemente es así”, concede Beatriz, movilizada aún por cada testimonio de los compañeros de Mariano y de los testigos de la patota. Durante el juicio, recuerda, un testigo presentado por la defensa de Pedraza deslizó que la familia del joven militante no sólo perseguía un fin político, sino también económico. “Todavía tengo fe en la Justicia, sé que no todos van a tener cadena perpetua, vamos a ver qué pasa el viernes”, reconoce con esperanza la mamá de Mariano, que asistió a cada audiencia –con calor o frío– acompañada por Rocío, la más chica de los hermanos Ferreyra.

Sobre la celeridad en la investigación y su posterior elevación a juicio oral, asegura que eso fue fruto de un interés de la sociedad, que se mostró conmovida e interesada por la causa. “La gente está cansada de que siempre pasen cosas, la Justicia es terrible, no pueden dejarlos sin condena porque se va a armar mucho lío. A mí me interesa mucho más que le den perpetua a (José) Pedraza y a (Juan Carlos) Fernández para que no haya tanta impunidad”, espera la mujer. Resalta, además, que las campañas del Partido Obrero y de otras fuerzas políticas fueron importantes para apuntalar el caso.

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