Hace un mes, la ciudad de La Plata era el escenario del horror jamás imaginado. Su precioso trazado cruzado por el agua impiadosa que nadie quiso o supo anunciar se convirtió en sinónimo de muerte. Y desde entonces, quienes viven en sus calles ya no son los mismos. No en vano, cada vez que el cielo se viste de gris, la angustia los gana a miles y miles de platenses que se encomiendan a quien sea para que no sea más que un temor infundado.

Hace un mes que los que vivimos en esta hermosa ciudad ya no somos los mismos. No hay chance alguna de serlo. Quienes no tenemos un muerto en la familia, tenemos un amigo que perdió todo, un conocido que la pasó mal, un allegado que aún sufre la consecuencia de semejante tragedia.

Hace un mes, La Plata era lluvia, oscuridad, grito, noche, angustia, pedido de socorro, silencio, llanto, incredulidad, desesperación, dolor, agua, olor, pérdida, muerte, solidaridad. También mentira e inacción.

Hace un mes, la ciudad se daba cuenta de que no todo es un cordón pintado, una plaza prolija y mucho marketing mediático. La arrasadora fuerza del agua sólo se detuvo por imperio de la misma naturaleza y de ningún modo porque el hombre, sobre todo aquel que ostenta la calidad distintiva de dirigente, previó.

Hace un mes, La Plata tenía sus calles inundadas, sus casas devastadas y su ilusión defenestrada. El olor a muerte se instalaba entre nosotros generando el inmenso dolor de los propios afectados y la incredulidad del resto.

Hace un mes, la capital provincial tenía un intendente que mentía y dirigentes cómplices que lo avalaban, demostrando que sería muy difícil creerles cuando horas después hablarían de un error de comunicación.

Hace un mes, este hermoso paisaje de casas bajas que fue cambiado sin ton ni son por la locura de construir hacia arriba sin más planificación que el negocio inmobiliario, tenía una clase dirigente que miraba sin entender, se aislaba de sus votantes y repartía culpas hacia cualquier lado.

Hace un mes, la ciudad tenía un volcán solidario que contrarrestaba la inacción del Estado. Tenía miles de voluntarios en sus calles dispuestos a dar una mano. Y tenía a miles de militantes dándole sentido a la política a contrapelo de la crítica que sólo le da espacio a la antipolítica.

Hace un mes, La Plata vivía su tragedia más dolorosa en su centenaria historia. Esa noche que marcaría, de manera cruel, una antes y un después.

Hace un mes era el momento de celulares sin sentido, de teléfonos inocuos, de temores crecientes, de agua hasta la cintura para tratar de ver a alguien, de porfiada lucha por encontrar una calle en la que tuviera sentido tener un auto, de querer comunicarse como fuera y no lograrlo jamás.

Hace un mes nacía el temor que se renueva cada vez que el informe meteorológico anuncia aunque más no fuera una tenue llovizna.

Hace un mes, la desconfianza se instaló de manera definitiva entre tilos y diagonales, a la espera de un mea culpa que nunca llegó.

Desde hace un mes, La Plata ya no es la que era. Hay tristeza en la mirada de sus habitantes y hay ganas de dejarse arrastrar por las ganas de volver a creer sin todavía lograrlo. Hay incredulidad en las declaraciones forzadas, pactadas, medidas y vacías de contenido. Hay bronca por la invisibilización de determinados personajes. Hay dolor acumulado que nadie sabe si se irá.

Desde hace un mes, también, hay muertos que gritan su necesidad de justicia. Los oficiales, los declarados, pero también los que fueron hundidos en el silencio de las corporaciones poderosas que actuaron con toda su fuerza.

Hace un mes, la tragedia se instaló y no nos deja zafar, nos sigue aferrando con sus brazos fuertes para que cada vez que nos miremos a la cara nos confunda el temor.

Hace un mes. Sí, un mes. Demasiado poco tiempo para que cada quien camine como si nada hubiera pasado.