No existe paso productivo que no deje su huella. Por eso, el desafío de las empresas es mitigar al máximo posible su huella de carbono, es decir la cantidad de emisión a la atmósfera de dióxido de carbono, el cual es uno de los gases de efecto invernadero (GEIs) que más contribuyen al calentamiento global.

Tal como sucede con otras acciones de responsabilidad social empresaria, la necesidad de implementar un plan de sustentabilidad para todo el ciclo de vida del producto –producción, distribución y disposición final– no sólo se relaciona con el cuidado del medio ambiente, sino también con el futuro mismo de la compañía, tanto por las crecientes exigencias de gobiernos y consumidores, como por la competitividad derivada de menores costos por procesos productivos ecoeficientes.

“Hasta hace poco los mercados y consumidores requerían precio y calidad. Pero hoy nos exigen la excelencia de los procesos, y los indicadores de huella de carbono apuntan a informar cómo se produce un bien o un servicio”, dice a FORBES Sebastián Bigorito, director ejecutivo del Consejo Empresario Argentino para el Desarrollo Sostenible. Para Bigorito, la producción mundial está yendo además hacia una economía baja en carbono, donde se “desenergiza la economía y se descarboniza la energía”.

Desde que en 2009 la ONU celebró la 15° Conferencia Internacional sobre el Cambio Climático (COP 15), donde gobiernos de todo el mundo se comprometieron a limitar el calentamiento global a un índice no mayor a 2 °C para 2050, cada vez son más los países que desarrollan legislaciones al respecto, con el fin de que los consumidores puedan discriminar entre productos con huella de carbono neutra o baja, y aquellos contaminantes. Francia es el país que más ha avanzado en este sentido, mediante su ley Grenelle II, sancionada en 2010, cuyo artículo 85 impulsa el etiquetado en los productos con información relativa a la huella que dejan los productos, packaging, y distribución. Pero también Estados Unidos, Inglaterra, Japón y el gobierno de Quebec dieron pasos importantes en ese sentido.

Esta nueva realidad repercute en empresas del mundo entero, tanto por la imposición de las casas matrices a sus filiales en el exterior, como por la necesidad, en el caso de las empresas locales exportadoras, de adaptar su producto final a las exigencias de distintos gobiernos y de multinacionales con globalizadas cadenas de valor.

En la Argentina, al igual que sucede en otros países en vías de desarrollo, la huella de carbono per cápita es aún bastante baja. Con 5,71 toneladas anuales de dióxido de carbono por habitante, el país se encuentra lejos de los peores índices, como los del Reino Unido, de 11,81 toneladas, o EE. UU., con 20 toneladas. Esta puede ser una de las razones por las regulaciones públicas son aún bastantes laxas, pero la tendencia indica que, al igual que sucede en Chile y Brasil, que han reducido significativamente sus emisiones durante los últimos años, las normativas se endurezcan en el futuro cercano.

Así, las empresas nacionales van tomando conciencia de este nuevo escenario. Una encuesta realizada a fines del pasado año por la consultora ComunicaRSE, a más de 100 líderes de opinión de diversos sectores, arrojó como resultado que los principales temas que impactarán en la agenda futura, serán las cadenas de valor (42%) y la cuestión medioambiental (41%) donde la mitigación de la huella de carbono tiene un papel preponderante. Y la Tercer Encuesta sobre Desarrollo Sostenible en el sector privado en la Argentina (PWC) arrojó que para un 32% de las 52 empresas que participaron, la respuesta a la creciente demanda en el mercado internacional de indicadores de sostenibilidad, como la huella de carbono, es un factor de diferenciación frente a competidores y productos sustitutos. E incluso, un 13% afirmó que es también una posible oportunidad de acceso a nuevos mercados.

El Banco Galicia fue uno de los pioneros en trabajar sobre su huella. María Alejandra González, coordinadora de Estrategia Ambiental de la entidad, asegura que comenzaron midiendo las emisiones generadas por la actividad de su torre corporativa y edificios centrales, pero desde el año pasado llevan adelante un proyecto de ampliación de la medición de la huella de carbono corporativa al incluir información referida a las emisiones directas e indirectas de toda la actividad de la entidad, incorporando a las sucursales y otros inmuebles. González señala que se trabajó en diversas acciones de concientización sobre los empleados, “para lo cual se desarrolló un calculador digital, disponible en medituhuella.com, y se invitó a los colaboradores a medir su huella y a conocer cómo reducirla”.

Pero además de las exigencias de gobiernos y consumidores por contar con productos con huella de carbono neutra y del buen marketing que puede derivarse de la incorporación de esta práctica de RSE, también es un hecho que aquellas empresas que están adoptando sistemas ecoeficientes logran además eficientizar su gasto energético de producción, maximizando así la competitividad de sus costos. Y es que en tiempos de alzas en los costos de las fuentes energéticas, la renovación de maquinarias, el uso de energías limpias como la solar, el teletrabajo o el reciclado de parte de la producción, entre otros factores, pueden significar una sensible reducción en los costos de los productos finales.

Logística La Serenísima, del Grupo Danone, implementó en su centro de distribución de Almirante Brown un sistema para tratar efluentes que emula los procesos físicos, químicos y biológicos de los pantanos secos. “El sistema permite absorber dióxido de carbono al tiempo que libera oxígeno, como sucede con el crecimiento vegetal, lo cual es una gran ventaja, ya que prácticamente no consume energía eléctrica, y su mantenimiento es fundamentalmente de jardinería”, detalla Paula Abalde, gerente de Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable de la compañía. Este proyecto se encuentra dentro de un ambicioso plan para reducir su huella de carbono. Según Abalde, los productos Danone provienen de la naturaleza, por lo que el compromiso de mantener un medioambiente sano es fundamental para el logro de la misión corporativa. “Así, desde 2008 redujimos en un 35% sus emisiones de carbono. Pero esto es sólo el comienzo”, afirma.

Para empezar a modificar sus procedimientos, durante el año pasado, Nestlé Argentina eligió trabajar sobre uno de sus productos emblemas, el cacao Nesquik. “En base a análisis de huella de carbono, Nestlé comenzó un plan de gestión sustentable y optimización de los recursos, mediante una planificación de mitigación y compensación, que permitió una reducción de 120,4 toneladas de dióxido de carbono. Pero buscamos seguir contribuyendo al cuidado del medio ambiente, continuando con otros productos emblemas de la compañía”, aseguran Ramón Chávez, director de Asuntos Públicos de Nestlé.

Para comenzar a implementar acciones de mitigación de las emisiones, las empresas cuentan con un amplio abanico de guías que les permiten dar los primeros pasos en esta dirección, ayudándolas a cuantificar la cantidad de gases de efecto invernadero con que contribuyen a la contaminación, detectar los puntos críticos dentro de la cadena de valor, optimizar la relación con las partes interesadas, conocer las regulaciones relacionadas con la administración de los GEI y promover diseños, estrategias y planes de acción. Entre los mismos, se cuentan el ISO 14064, que pronto lanzará su nueva versión, la 14067; el PAS 2050, de Carbon Trust; el GHG Protocol, del WRI; y el WBSCD.

Todo este proceso, puede derivar en etiquetas para los productos que se comercializan al exterior. Según el informe citado, el 67% de los empresarios argentinos considera que al exportar sus productos o servicios, contar con una etiqueta con criterios ambientales como las que indican la huella de carbono, es cada vez más necesario para las cadenas de valor internacionales.

Luis Ulla, director ejecutivo del Instituto Argentino de Responsabilidad Social Empresaria, cree que urge medir los impactos de la huella de carbono, para poder luego gestionarlos. “Si sabemos cuánto carbono emitimos, también podemos saber de cuánta capacidad de absorción del mismo deberíamos disponer; y así cuantos árboles deberían ser plantados para el desempeño de esta función”, dice. Es que, cuando se habla de compensar la huella de carbono, se está haciendo referencia al aire limpio que tendrán las próximas generaciones. “Ésta es una oportunidad imperiosa, a la par que noble, de hacerlo con la más eficaz de las fundamentaciones”, concluye Ulla.